Eric Kahler, “El significado de la historia”

“En realidad toda la cuestión del “significado de la historia” ha surgido de un concepto popular equivocado del término historia. Esta expresión ha acabado por designar el complejo del pasado conocido del hombre, en tanto que -como hemos visto y seguiremos viendo- la historia en su sentido propio no está en modo alguno restringida al pasado, o siquiera caracterizada por él. No es un mero complejo de acontecimientos establecidos, ningún museo de objetos muertos. La historia es una cosa viva, está con nosotros y en nosotros en cada momento de nuestras vidas. No sólo la persona informada sino todo el mundo, en todo lo que hace, se está moviendo constantemente en la historia. En su vida interior la historia se mueve de manera arquetípica. En su vida exterior política, económica, tecnológica, cuando vota, firma un contrato, guía un automóvil, mira la televisión, está continuamente manipulando conceptos e instituciones arraigados en la historia. Para actuar y planear necesita el sólido fundamento de la memoria sedimentaria formada durante su vida, es decir su identidad personal, pero más allá sería incapaz de seguir su vida cotidiana en la sociedad moderna sin el trasfondo de una memoria comunal, sin el sentido de su identidad nacional o humana, que es historia”.

 

ERIC KAHLER, “¿Qué es la historia?”, Fondo de Cultura Económica, Santiago, 1993, p.23

Fernand Braudel, “Sobre la larga duración”

“Creo en la realidad de una historia particularmente lenta de las civilizaciones en sus profundidades abismales, en sus rasgos estructurales y geográficos. Claro que las civilizaciones son mortales en sus floraciones más preciosas; claro que brillan, y luego se apagan, para volver a florecer bajo otras formas, pero esas rupturas son más raras, más espaciadas de lo que se piensa. Y sobre todo, no destruyen todo por igual. Quiero decir que en tal o cual área de civilización, el contenido social puede renovarse dos o tres veces casi por completo sin alcanzar ciertos rasgos profundos y estructurales que seguirán distinguiéndola fuertemente de las civilizaciones vecinas. Por otra parte, más lenta aún que la historia de las civilizaciones, casi inmóvil, existe una historia de los hombres en sus relaciones estrechas con la tierra que los sustenta y nutre: es un diálogo que no deja de repetirse, que se repite para durar, que puede cambiar y cambia en la superficie, pero prosigue, tenaz, como si estuviera fuera del alcance y la mordedura del tiempo”.

 

FERNAND BRAUDEL, “Position de l’histoire en 1950”, lección inaugural en el Collège de France, 1950, retomado en Écrits sur l’histoire, París, 1969, pp.15-38 (p.24)

Michel Vovelle, “Las mentalidades, campo privilegio de la larga duración”

“Como historiador de las mentalidades, soy –asumiendo mis responsabilidades– de quienes consideran que este campo, lejos de contraponerse a la historia social, no es más que su expresión más aguda, su resultado final: nivel en que las pertenencias se inscriben en actitudes y representaciones colectivas. Cierto que sobre la base de fuertes presunciones, ese tercer nivel ha podido estimarse el de las “prisiones de la larga duración” (Braudel) o de las “resistencias” (Labrousse); y se han interrogado acerca de la “fuerza de inercia” de las estructuras mentales. En un primer acercamiento, parece que estas aventuras sólo pueden tratarse en la amplitud de las duraciones seculares en las cuales se despliegan: al menos para una historiografía que parece haber olvidado que una de las obras maestras en la prehistoria de lo que puede llamarse la historia de las mentalidades antes de ser tal, fue El gran miedo de G. Lefebvre, reconstitución casi policial de una ola de pánico que atravesó la Francia rural e, indirectamente, echó abajo el antiguo régimen agrario en menos de tres semanas. Pero de seguro que tanto la historia de las culturas como la de las actitudes colectivas, hicieron sus incursiones más luminosas en el tiempo largo de la sociedad tradicional de Antiguo Régimen. En el corpus de la muy larga duración de los pequeños libritos azules de la biblioteca de Troyes –retomados ne varietur durante siglos–, Robert Mandrou pudo desprender los rasgos de la cultura popular de la Francia del siglo XVIII muy ampliamente elaborada. La aventura de esta literatura de pacotilla se despliega con cambios a veces ínfimos, desde el alba de la edad moderna hasta su muerte a mediados del siglo XIX. En verdad, en ese primer nivel de la historia de las mentalidades –el de la historia de las culturas– no podrían esquivarse algunas cuestiones previas. Como –simplificando– la de un tiempo desdoblado, la de las culturas populares, campo de la inercia de las tradiciones…, la de las culturas “de élite”, como suele decirse, asiento de la innovación y las provocaciones… Cultura popular, cultura de élite: otra dialéctica mayor, tema de interrogaciones actuales”.

 

MICHEL VOVELLE, “La historia y la larga duración”, Clío, núm. 177, 2009, pp.272-273

Héctor Herrera Cajas, “El presente, tiempo de la acción”

“En este momento, podríamos preguntarnos: ¿Quiere decir esto que la actitud histórica, dado que la actitud histórica es esta presencia que corresponde al momento presente, es un ser entre un pasado y un futuro, un pasado que puedo cotizar como recuerdo y un futuro que puedo valorizar como esperanza? ¿Es ese nuestro contenido histórico: Ser entre el recuerdo y la esperanza? Pero, ¿y dónde queda la acción? Es por eso que, en estas relaciones  temporales debemos encontrar algunas características propias también de la acción histórica, que no sean tan inefables como esta relación: recuerdo y esperanza. Veo la historia como un proceso queda testimonio de resoluciones y decisiones, de tal manera que, donde encontremos constancia de resoluciones o decisiones podemos asegurar que está la historia. Pero es evidente que detrás y otras está el hombre, un hombre capaz de tomar resoluciones y de actuar  de acuerdo con sus decisiones; Un hombre bien personalizado, sujeto y es por eso que quiero considerar ahora la acción en esta relación directa con el hombre, como sujeto de la historia, y ver otros tipos que se dan, y que se suponen acciones históricas, pero que si las analizamos  nos daremos cuenta que, en ellas, no podemos encontrar esta preponderancia de las resoluciones y las decisiones y que, por lo tanto, de podemos predicar una actitud histórica propiamente tal. Pensemos por ejemplo, en acciones que corresponden al campo de la que pueden ser mecánicamente explicadas; cuya explicación podemos encontrarla  en el campo de la biología, de la sociología, de la Economía,… etc.; Estas acciones, a veces, cobran gran importancia dentro del curso de la historia, pero tendríamos que preguntamos ¿son ellas fundamental mente historia? En cuanto se remiten a otra explicación que no sea la de las resoluciones o decisiones, afirmó categóricamente que no constituyen la historia.Tomemos el caso  de la bola de nieve; la bola de nieve parte, va creciendo, en que si le tomamos una instantánea, evidentemente tiene ciertas características que le asemejan al presente; es una gran avalancha que se viene encima; dentro de ella, hay una gran complejidad, desde la complejidad molecular hasta todo lo que trae comprometido en su curso vertiginoso. Podríamos pensar que, a veces, la presenta también así, como una bola de nieve, sujeta a una inapelable y que, por lo tanto, podemos explicar, recurriendo a esa legalidad, cómo aconteció que esta bola de nieve comenzó a n tomando la magnitud con que ahora la encontramos. Y, en cuanto le conviene ese tipo de explicación no hay allí historia; su curso era inevitable sin ninguna novedad, fuera de las que podían también haber sido previstas Pero una auténtica, originaria, espontánea, personal novedad, que dudo de decisiones repentinas, que a veces hay que tomar, o de resoluciones  tranquilas y meditadas, que a veces se pueden tomar, nada podrá encontrar en estos acontecimientos mal llamados históricos pueden explicarse recurriendo a una legalidad ajena al campo de la historia. Este ejemplo  trasladado al campo de la historia, permite preguntar ¿Toda acción, o el acumular acción a la acción, es de suyo histórica? ¿Podríamos  encontrar sentido a la acción que sólo se acumula a la acción? Evidentemente que no reside allí el sentido de la historia, aun cuando adquiera aparentemente un volumen descomunal, como el que de nieve un momento antes de detenerse y deshacerse. En cambio, muchas veces, nos damos cuenta que la acción puede ser mero actuar por presencia, es decir, una acción donde no donde hay sólo presencia, o bien una acción que puede ser aún la de la acción y esa no-acción tiene más importancia en la historia engañosa acción de gran volumen que puede ser pura apariencia como hemos dicho  nos movemos en un mundo lleno de apariencias  de  acciones que no están enraizadas en la historia, que no tienen ningún  compromiso con el pasado ni con el futuro, que se agotan presente, de acciones que no tienen sentido dentro de la historia de toda dimensión y, por lo tanto, de contenido histórico”.

 

HÉCTOR HERRERA CAJAS, “El presente, tiempo de la acción”, Mapocho, núm. 1, Santiago, 1963, pp.279-284