P. Thompson, Los orígenes de la ley negra. Un episodio de la historia criminal inglesa, Siglo XXI (Buenos Aires, 2010)

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P. Thompson, Los orígenes de la ley negra. Un episodio de la historia criminal inglesa, Buenos Aires, Siglo XXI, 2010, 414 págs.

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Por Mariana Cecilia Fernández *

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Los orígenes de la ley negra, de Edward Palmer Thompson, surge de la elaboración de distintos estudios inspirados en el marxismo que buscan alejarse de la perspectiva estructural, centrada el peso de las relaciones económicas, para poner el foco en la materialidad de la cultura y de las relaciones sociales. En un escenario de discusión centrado en la antinomia entre la base y el nivel superestructural, la contribución del concepto de hegemonía de Antonio Gramsci proporcionará a Thompson una herramienta de análisis potente para explorar los procesos de disputa y negociación en torno a la ley penal en el terreno social y cultural. La resignificación de los supuestos del materialismo mecanicista le permitirá así consolidar un proyecto intelectual fuertemente comprometido en un área vacante para las investigaciones de tradición marxista.

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Su libro reconstruye el marco de aparición de una ley dirigida a personas “armadas con espadas, armas de fuego u otras armas ofensivas, y con las caras pintadas de negro” acusadas de efectuar delitos contra la propiedad en el parque de Windsor y otros bosques aledaños pertenecientes a la realeza inglesa. Una ley sin antecedentes inmediatos aprobada en Inglaterra hacia 1723 por unanimidad, que determinó la caza de ciervos, liebres y conejos, así como también la pesca, la destrucción de estanques y la tala de árboles jóvenes como crímenes con pena capital.

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Para consignar brevemente los interrogantes que impulsan el estudio, se puede señalar: ¿Qué elementos convergieron en el establecimiento de la ley? ¿Qué intereses estaban en lucha? ¿Cómo se articularon las resistencias? ¿De qué modo operó la ley sobre los “Negros” al entrar en vigencia? Cuestiones que, a falta de registros sobre los procesos judiciales, el autor afrontará por medio de un corpus constituido por fuentes periodísticas, judiciales, gubernamentales, fiduciarias y algunas cartas y anotaciones de los personajes involucrados. Más allá de los problemas para contextualizar las acciones de los Negros con los que Thompson tuvo que lidiar, los documentos le sirven como puerta de ingreso al momento de la sanción de una ley revestida de violencia y conflictividad.

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El autor parte de la idea según la cual la implantación de la Ley Negra durante el proceso de transición al capitalismo en Inglaterra compuso una amenaza no meramente económica sino también a los «usos consuetudinarios» transferidos y reactualizados generación tras generación en el campo de la cultura popular. Mediante la reconstrucción de los datos históricos Thompson irá sacando conjeturas interpretativas sobre la potencialidad política del comportamiento de los Negros en su oposición a la gentry, funcionarios eclesiásticos y de la administración gubernamental en conexión con los guardabosques y otros funcionarios de la «burocracia forestal». Y, finalmente reflexionará sobre los alcances y repercusiones de la ley, como parte del código penal del siglo XVIII.

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El trabajo se inicia mediante la descripción de los sentidos arrogados por los Negros al proceso de emergencia de la ley y con el transcurso de los capítulos trepa hasta llegar a la idea que de ellos se hacían los sectores de poder. Así, “parado en un borde muy estrecho, viendo subir las mareas” (p. 280), va delineando Thompson el progreso y la forma de operar de la Ley Negra mediante el empleo de un enfoque microsociológico que se busca distanciar de abordajes cuantitativos, fundados en el anonimato y el relegamiento de la dimensión contextual. En ese sentido, su investigación “también es una respuesta a pensadores universales, que se impacientan con todo lo que no sea longue dureé, que no se dejan conmover por los carros cargados de víctimas rumbo a Tyburn si los comparan con los índices de mortalidad infantil” (p. 290).

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La ambigüedad con que se hallaba redactada la ley llevó a que si bien en un principio los perseguidos eran aquellos a quienes se adjudicaba la caza y el robo de ciervos, los procesos penales se extendieran hacia alrededor de 50 delitos más. A grado tal que, poco tiempo después de la sanción, el sólo hecho de llevar la cara pintada con hollín o portar un arma letal podía constituir en sí mismo un crimen capital. Si de algo no cabía duda era que la tipificación establecida por el del Derecho penal constituía un mecanismo alcanzado por los sectores hegemónicos (la gentry, los funcionarios eclesiásticos y de la administración gubernamental en conexión con los guardabosques y otros funcionarios de la “burocracia forestal”) para asegurar los privilegios y utilidades de la explotación natural.

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En ese sentido, Thompson señala que los reinantes Whigs, liderados por Robert Wapole, asentaban su poder sobre la base de un sistema de beneficios políticos y económicos por medio del cual adoptaban cargos públicos y, de ese modo, obtenían autorización para explotar los bosques de la corona, sin sujetarse aún a las normativas y formas de racionalidad del capitalismo comercial. De aquí que los Negros les representaran un obstáculo a sus ganancias, en nombre de las cuales estos “grandes predadores” defendían el respeto a las leyes que protegían sus prerrogativas en torno a la administración forestal:

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Los grandes intereses comerciales (fueran mercantiles o financieros) dependían de los favores políticos y militares y podían pagarse a precios muy altos. La alta gentry, los especuladores y los políticos eran hombres de inmensa riqueza, cuya fortuna se elevaba como los Andes sobre las frondosas selvas de la pobreza del hombre común. El estatus y la influencia exigían un ostentoso despliegue, una prueba visible de la riqueza y el poder: Blenheim, Caversham, Cannons, Stowe, Houghton. Los parques de ciervos eran parte de ese despliegue (p. 214).

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Pero, además de estar al servicio de la hegemonía existente, dice Thompson, la ley significaba algo más. Si desde un enfoque estructuralista rígido el procedimiento mediante el cual se designa como delictivos aquellos actos que atentan contra la propiedad privada se entiende como una herramienta superestructural del dominio de clase, es preciso admitir parte de la crítica marxista-estructural respecto de las funciones clasistas y mistificadoras de la ley a modo de evitar caer en una mirada reduccionista y determinista de la historia social y cultural:“Si suponemos que la ley no es sino una manera pomposa y mistificadora de registrar y ejecutar el poder de clase, no necesitamos perder el tiempo estudiando su historia y sus formas. Una ley sería muy semejante a cualquier otra, y todas, desde el punto de vista del dominado, serían Negras. Es porque la ley importa, por lo que nos hemos tomado el trabajo de contar esta historia” (2010: 290. Subrayado en |el original).

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Tal como se puntea en la primera parte del libro, si el establecimiento de lo que constituye un delito por los sectores de poder delimita el campo de acción pero no determina en forma automática la consciencia y el comportamiento social, lo que estaba en juego en el proceso fundacional de la Ley Negra no era sólo la utilización de la tierra y sus recursos naturales por los “Negros”, generalmente integrantes de los sectores medios de la estructura rural, sino conflictos políticos entre distintas fracciones pertenecientes a un mismo sector social (el gobierno de los Hanover y los nobles Whigs, dependientes de la corona) cuyo saldo ponía en riesgo la «economía moral» de la comunidad. Lo que la Ley Negra venía a desafiar eran los usos y formas consuetudinarias heredadas por la vecindad de los bosques de Windsor y Hampshire “de la tradición directa de hermandades o asociaciones secretas de cazadores clandestinos en las áreas forestales” (p. 61), en nombre de la cual las luchas adoptaron un carácter no meramente económico sino también moral:

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El recurso de los cazadores clandestinos a una fuerza mejor organizada podría considerarse retributivo y menos preocupado por la carne de ciervo como tal que por el ciervo en tanto símbolo (y agente) de una autoridad que amenazaba su economía, sus cosechas y sus derechos agrarios según el uso y la costumbre. Estos Negros no son en absoluto bandidos sociales (en el sentido de Hobsbawm) ni tampoco rebeldes rurales, pero comparten algunas características de ambos tipos. Son habitantes del bosque armados, que imponen la definición de derechos a los que ‘la gente de campo’ se había habituado, y que también resisten las parquizaciones privadas que usurpan sus tierras cultivadas, su leña para combustible y sus pasturas (p. 68).

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En relación a una sucesión de acciones armadas sucedidas en el parque de Windsor bajo la bandera del “Rey Juan”, un personaje mítico que lideraba iniciativas de “venganza popular”, Thompson reconoce que no todos los Negros formaban parte de estas “hermandades”, no obstante lo cual, se dirigían hacia los mismos contrincantes en miras de idénticos objetivos. Este abordaje no sólo se aleja de los enfoques estructuralistas clásicos sino también de las corrientes historiográficas liberales, que “presentan al siglo XVIII como una sociedad de consenso, regida por los parámetros del paternalismo y la deferencia, y gobernada por un ‘imperio de la ley’ que aspiraba (aun imperfectamente) a la imparcialidad” (p. 283).

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Si el estructuralismo yerra en apuntalar un sujeto pasivo derivado de sus condiciones de existencia y oprimido por una ley que, en tanto reflejo de las relaciones de clase, distorsiona la realidad; el liberalismo inglés formula a la ley como expresión de los intereses del pueblo en su conjunto, asimilando experiencias y valores divididos que sirven al mantenimiento de las relaciones de desigualdad. Distanciándose de ambos enfoques, Thompson concibe a la ley como la tipificación de una práctica social «real» que media entre la dominación y la agencia histórica y emerge como resultado de la conflictividad.

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De aquí que no se la pueda pensar como perteneciente a la clase dominante sino al conjunto heterogéneo de sectores que integran el orden social, ya sea para legitimarlo como para contribuirlo a cercenar. Lo que, en este punto, Thompson trata de eliminar es la idea de que existen dos universos separados (el de la economía y el de la moral). Como ilustra hacia el final del libro, que los límites políticos de la ley Negra conlleven las marcas de la desigualdad no implica suponer que dominantes y dominados difieran en el terreno de la lucha.

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Si las clases devienen de la sedimentación de experiencias y subjetividades en conflicto, las experiencias de resistencia de los “Negros” también tienen lugar en el plano legal: “En el patíbulo los reos se quejaban, ‘en sus últimas palabras antes de morir’, si sentían que en algunos aspectos de las debidas formas de la ley no habían sido respetadas” (p. 290). Lo cual, permite constatar que la ley no pertenecía a una clase por sobre otra sino que se constituía más bien sobre la base de un mosaico de elementos en «común» en el campo de la legalidad:

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Mientras fue posible, los dominados –si encontraban dinero y abogado-pelearon por sus derechos por medios legales, ocasionalmente los copyholders o enfiteutas, apoyándose en los precedentes jurídicos del siglo XVI, pudieron ganar algún caso. Cuando ya no fue posible continuar la lucha legal, la gente todavía tenía una sensación de daño a sus derechos: los propietarios habían obtenido su poder por medios legítimos (p. 282).

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Si se advierte que para persistir el poder necesita forjarse no sólo en el campo jurídico sino fundamentalmente en la experiencia «real», resulta incomprensible rehusarse a estudiar cómo durante la emergencia del capitalismo en Inglaterra la lucha por la conservación de derechos extra-jurídicos entablada en la arena legal expresaba valores y normas con efectos normativos de hecho, vigentes “desde tiempos inmemoriales” en la cultura popular. Pues, si es cierto que en la trama legal se arraiga muchas veces el conformismo de las clases subalternas con su respectivo lugar y función social, la ley Negra se convirtió en “un foro genuino dentro del cual se resolvían ciertos tipos de conflictos de clase” (p. 283) mediante una disputa que no se centraba en la propiedad privada, protegida por la ley, sino más bien en las “definiciones alternativas de los derechos de propiedad: para el terrateniente, el cercamiento; para los aldeanos sin tierras propias, los derechos comunales; para los funcionarios forestales, los ‘derechos preservados’ para los ciervos; para los habitantes del bosque, el derecho a extraer turba” (p. 281).

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Lo que a Thompson le interesa estudiar es el modo en que la ley se constituía en un lugar para la reivindicación de “derechos” que se oponían a la lógica del capital: no en un sentido “progresista” sino en defensa de la vida tradicional: “La mayoría de los seres humanos tienen un fuerte sentido de justicia, por lo menos en lo que atañe a sus propios intereses. Si la ley es evidentemente parcial e injusta, no podrá enmascarar nada, ni legitimar nada, ni contribuir en nada a ninguna hegemonía de clase” (p. 284). En este punto, que tanta polémica suscitó particularmente en lo que hace a la idea de «rebeldía tradicional» formulada por Thompson en Costumbres en común (1990) y la lectura de la ley Negra como conquista de derechos, lo que el autor quiere destacar son fundamentalmente dos cuestiones.

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En primer lugar, que en tanto no se estudie la materialidad de las relaciones morales compartidas, en su desigualdad y multiplicidad, no acontecerá el sujeto histórico capaz de descubrir el carácter de clase de la ley penal. La efectividad de esta última no podría ser tal si no se hallara ya en “la base misma de las relaciones productivas” (p. 282) y, recíprocamente, les permitiera operar. Pero además reside en el cúmulo de reglas amparadas por la comunidad, que indujo a los Negros a desatar “un curso de acción que a su vez los conduciría a un conflicto más acendrado… con ‘la ley’” (Ídem).

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En segundo lugar, Thompson arguye hacia el final del trabajo que la ley en ocasiones puede ser útil para limitar los abusos de poder por parte de los sectores dominantes aunque esto no siempre tenga lugar. Porque no es igual el poder extrajurídico que el poder legal. En el primer caso, la violencia es absoluta e indiferenciada y en el segundo, delimitada y diferencial. Pues, además de estar limitada por la ley, la clase dominante cree en las normas y la retórica de la justicia tanto como para permitir la lucha de clases en el campo legal: “hasta los dominantes tienen necesidad de legitimar su poder, de moralizar sus funciones, de sentirse útiles y justos” (p. 285). Tal como muestra su estudio, incluso el gobierno llegó a ser derrotado en los tribunales de justicia. Aunque, paradójicamente, la derrota contribuyera a asentar la legitimidad del procedimiento penal y refrenar la acción revolucionaria: “Pero, invirtiendo la paradoja, esas mismas ocasiones contribuyeron a imponer todavía más controles institucionales al poder” (p. 286). Conclusión que se aleja de la concepción de la ley como instrumento de la clase dominante, esbozada en Albion’s Fatal Tree: Crime and Society in Eighteenth-Century England (1976).

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Desecharlo no sería más que un acto ingenuo y petulante tal como los que en ocasiones efectúan las organizaciones de la izquierda tradicional, renunciando a analizar las luchas populares en el campo de la justicia penal: “Sólo cuando seguimos lo intrincado de su funcionamiento podemos mostrar lo que valía, cómo fue distorsionada, cómo sus valores proclamados fueron falseados en la práctica” (p. 290). Pues, si algo lleva a Thompson a estudiar los orígenes de la ley Negra, es su compromiso con las clases relegadas por la historiografía social del conocimiento y la visibilidad ante el prejuicio de suponerlas en las antípodas de las revolución social.

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Rastrear el modo en que los Negros desafiaban al poder concibiendo al robo de ciervos no sólo como un delito contra la propiedad sino como un agravio moral, conlleva la ventaja de señalar las contradicciones y complejidades que implica la resistencia popular. Sin caer en una concepción paternalista ni en la percepción «de época» (hegemónica) que otros autores sostuvieron al estudiar el mismo tema, Thompson busca subrayar que si bien no estaban organizados estratégicamente para tomar las riendas del poder, estos sujetos marginados por la mayor parte de la historiografía social merecen atención puesto que resistieron a la Ley Negra “respaldados por las normas de su propia comunidad forestal” (p. 209). Su investigación indaga cómo el status de los propietarios incidía en la justicia penal, al tiempo que denuncia la criminalización que implicó el establecimiento de la Ley Negra, apuntando a recuperar una cultura «en común» desvanecida desde la cual se resistía, en el contexto pre-capitalista, a las formas legales impulsadas “desde arriba” en el plano consuetudinario y de la costumbre popular.

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A modo de cierre, se puede señalar la importancia de esta investigación para pensar hoy qué significa y las formas de acción que empuja la cuestión criminal, así como el modo en que su elucidación depende del forcejeo que se libre entre el terreno de las prácticas populares y el ámbito de la ley penal: ¿Cómo se expresan los usos alternativos al castigo legal, actualmente? ¿Conserva la pena su destinatario principal? ¿En qué medida las resistencias populares desgarran el poder en un escenario donde la hegemonía del capitalismo no pareciera tambalear? ¿Hasta qué punto descubrir la historia de “los de abajo” y su vinculación con la perspectiva oficial puede contribuir, recíprocamente, al conocimiento y al cambio social? ¿En qué sentido el desarrollo de estudios en ciencias sociales sobre las formas consuetudinarias de resistencia popular sigue siendo hoy un desafío a afrontar?

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* Mariana Cecilia Fernández es Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires y Becaria Doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Contacto: mcf.mariana@gmail.com

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Paul Willis, “Aprendiendo a trabajar. Cómo los chicos de la clase obrera consiguen trabajos de clase obrera”, Akal (Madrid, 1988)

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Paul Willis, “Aprendiendo a trabajar. Cómo los chicos de la clase obrera consiguen trabajos de clase obrera”, Akal, Madrid, 1988, 232 págs.

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Por Alejandro Damián Rodríguez*

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Aprendiendo a trabajar, de Paul Willis, fue publicado por primera vez en 1977. A pesar de los más de treinta años transcurridos, el libro conserva una excepcional vigencia. Su lectura es recomendable, por un lado, para docentes interesados en el análisis de las relaciones al interior de la escuela -sobre todo para los de los niveles medios y altos- y, por el otro, para investigadores dedicados a estudiar la reproducción social de las sociedades modernas. Aprendiendo a trabajar no es un simple manual para entender “la vida en el aula”. Por el contrario, la pregunta central de la obra es mucho más profunda y se encuentra expresada en el título: ¿Cómo los chicos de clase obrera consiguen trabajos de clase obrera?

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Este libro es producto de una investigación llevada adelante por el autor en un barrio obrero inglés, ficticiamente denominado Hammertown, de alrededor de 60.000 habitantes. El trabajo se centró en estudiar a los jóvenes del barrio que estaban cursando los últimos años de escuela, a la par que comenzaban a hacer sus primeras experiencias laborales.

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Aprendiendo a trabajar constituye un aporte sustancial para la comprensión de la reproducción social en las sociedades modernas. Su importancia radica en que ofrece una interpretación de la vida en la escuela que evita, por un lado, la mirada de las biografía individuales de quienes recorren sus aulas, así como tampoco reduce, por el otro lado, la escuela a la mecánica estructural de los aparatos ideológicos de estado -en sentido althusseriano- que junto a la familia y otras instituciones “clásicas” funcionan para garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo.

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La obra se estructura en dos partes y un apéndice final. En la primera parte se encuentra la etnografía “en crudo” y, por lo tanto, allí están también los significados y sentidos más ricos. La segunda parte, en cambio, está dedica al análisis de la etnografía, mientras que el apéndice final es un agregado donde se recogen las apreciaciones de varios de los “sujetos de estudio”, después de haber leído algunos de los materiales que finalmente compusieron la obra.

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En la primera parte de la obra se presenta una división fundamental entre dos tipos de alumnos: los “pringaos” y los “colegas”. Los primeros son los sujetos que se adaptan de forma pasiva a las normas de la escuela, en cambio, los segundos son los que no se conforman con lo que la escuela tiene previsto para ellos y elaboran estrategias de acción propias. El trabajo de Willis está centrado en explorar la cosmovisión de los “colegas”, más que estudiar a los “pringaos”, ya que los primeros son quienes van a elaborar la cultura contra-escolar. Existen diversos elementos de esa contra-cultura; sin embargo, la oposición a la autoridad es, según Willis, “la dimensión más explícita, más evidente y básica”. La contra-cultura también se expresa a través del modo en que se recorre la escuela, la constante apariencia de estar “haciendo nada” o la vestimenta. A través de estas prácticas, los “colegas” se distancian de las normas imperantes en la escuela. A la utilización del uniforme escolar, ellos proponen vestimentas que los “representan”, a la prohibición de fumar, ellos responden fumando. De esta manera, se distancian de los “pringaos” que reproducen de manera conformista las reglas que la escuela pretende imponer. Así también, se auto-sitúan por encima de los “pringaos”, creen ser más “experimentados” que ellos en distintas materias, pero sobre todo en “la vida misma”.

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Otro de los elementos de la cultura contra-escolar refiere a la diferencia entre lo formal y lo informal. El ámbito formal es el de la institución escolar, donde existen estructuras espaciales y temporales que ordenan el ámbito, así como jerarquías entre los actores que indican quienes dan órdenes en el espacio -las autoridades- y quienes las obedecen -los alumnos-. A la cultura escolar, los “colegas” le confrontan la informalidad de su grupo. Mientras que la matriz escolar piensa al alumno individualmente, los colegas anteponen el grupo al individuo. Justamente, su unidad reside en la solidaridad y en la imposibilidad de concebirse de forma individual: no existen los “colegas” separadamente, existen “los colegas” como conjunto. Asimismo, la informalidad del grupo reside en la inexistencia de normas, reglas y/o sanciones institucionales.

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Para entender la cultura contra-escolar también hay que prestar atención a las actitudes de los “colegas” frente a la violencia, el sexo opuesto y el “otro” -estereotipado en el extranjero-. Respecto de las actitudes violentas, los “colegas” diferencian entre lo que es “aburrido” y lo que es “emocionante”. Dentro de la primera categoría se encuentra prácticamente todo lo que la institución escolar propone, en cambio, dentro de lo “emocionante” se ubica el “desafiar a la ley, quebrarla”. La violencia, lejos de representar tan solo la anomia o la desviación social, contribuye a construir la identidad de los “colegas”, así como regula el “honor” dentro del grupo. Respecto de la actitud de los “colegas” frente a las mujeres, ellos diferencian entre dos tipos: las “fáciles” y las “potenciales novias”. Si bien una “potencial novia” debe ser deseada sexualmente por todos, también debe ser no “experimentada” en la “materia”, caso contrario, quedaría reducida a la categoría de “fácil”. Esta división de roles y representaciones sexuales es reproducida también por las chicas de la escuela. Sobre la actitud de los “colegas” frente al “otro” extranjero que también transita la escuela, se observan actitudes claramente racistas. En la escuela confluyen grupos étnicos blancos, asiáticos e hindúes. La actitud frente a las dos minorías es de total rechazo, basado exclusivamente en el color diferente de la piel.

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La pregunta excluyente es: ¿De dónde surgen los elementos que caracterizan a la cultura contra-escolar? Según el autor, y fundamentado en el trabajo de campo que realizó en las fábricas donde los “colegas” asisten después de clases, la cultura contra-escolar se nutre de los principios de la “cultura de fábrica”. De la misma manera que en la escuela, en la fábrica, el grupo informal es la unidad básica de la cultura obrera. Frente a las normas patronales, los obreros plantean estrategias para trabajar según sus tiempos. Asimismo, poseen representaciones muy parecidas a las de los “colegas” respecto al sexo opuesto, la masculinidad, la violencia o el honor.

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Aunque esta primera parte del libro es de índole descriptiva, existen algunas categorías conceptuales importantes. En este sentido se inscriben los conceptos de diferenciación e integración. Mientras que el primero alude al proceso por el cual la cultura obrera se manifiesta dentro de una institución formal como la escuela o la fábrica y, al mismo tiempo, se diferencia por las reinterpretaciones que los actores realizan según sus propios intereses, la noción de integración refiere al proceso mediante el cual diversos elementos informales de la cultura contra-institucional son integrados al paradigma formal de la escuela o la fábrica.

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Las actitudes de los “colegas” respecto al trabajo los conduce a rechazar frontalmente la escuela y todo lo que ella involucra, desde la orientación profesional hasta los títulos, así como creen que el trabajo manual es siempre preferido al intelectual. Es solo “una manera de ganarse la vida” sostienen, por lo que carece de sentido esforzarse, ya que de todas maneras terminarán trabajando en la fábrica, donde de poco les servirá lo aprendido en la escuela. Todas estas representaciones son forzadas por el entorno familiar y obrero, permitiendo la idealización del trabajo manual y de la fábrica, denostando el trabajo intelectual asociado a la figura del docente, que representan modelos lejanos no válidos que no saben “nada de la vida”.

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La segunda parte de la obra es de mayor envergadura teórica; intenta buscar una explicación a todo lo descrito en el apartado anterior, ya sea el rechazo de los “colegas” a la institución escolar, o la aparición de una cultura contra-escolar que termina por reproducir la fuerza de trabajo al guiar a los “colegas” a la fábrica. Willis utiliza dos conceptos para interpretar la cuestión: penetración y limitación. La primera categoría refiere a los impulsos de parte de los miembros de una determinada cultura que, si bien poseen un carácter emancipador, son inarticuladamente expresados. Estos impulsos intentan penetrar las condiciones materiales de existencia de los miembros de la cultura y conducirían a una mejor compresión de su situación de clase dominada. Las principales penetraciones en este caso son el rechazo de los “colegas” a los títulos o la educación formal, la noción de trabajo-mercancía cambiada por un salario y la no diferenciación entre trabajos. Potencialmente, las penetraciones culturales de la contra-cultura podrían poner en tela de juicio todo el esquema escolar, ya que introducen la crítica en puntos clave: la idea de esforzarse por un título, o el hecho de que la formación escolar carece de sentido, ya que, de todas formas, tanto “pringaos” como “colegas” van a terminar en las fábricas.

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Respecto de las limitaciones, se trata de elementos de la contra-cultura que tienden a desorganizar y deprimir la potencialidad revolucionaria de las penetraciones. El autor menciona como ejemplo las divisiones culturales de la contra-cultura escolar -que se nutren de la (contra) cultura obrera- referidas a la separación del trabajo manual y el trabajo mental o intelectual, que a su vez refuerza la división entre lo masculino y lo femenino. Mientras que los trabajos masculinos son todos aquellos manuales y de fuerza, los femeninos son los más “dóciles”. Esta división revela también una separación de roles sexuales dentro del núcleo familiar: el hombre trabaja por un salario en la fábrica; la mujer encuentra su lugar dentro del hogar. Otra de las limitaciones que actúa sobre la potencialidad de las penetraciones de la contra-cultura refiere a la división racial. Muchas veces, los inmigrantes realizan trabajos “duros”, al igual que los “colegas”, incluso más pesados que el de ellos, por lo que podrían ser percibidos como pares. Sin embargo, la respuesta es el rechazo hacia este tipo de labores por desagradables o indignas. Esta limitación racial de la contra-cultura impide percibir el carácter dominado que une tanto a “colegas” como a inmigrantes en el sistema escolar. Como resultado, lo que se produce, según Willis, son “penetraciones parciales”, producto de la mezcla entre los impulsos revolucionarios de la contra-cultura y los elementos limitantes culturales, que también pertenecen a ella.

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A modo de cierre, el autor presenta dos conceptos que deben ser analizados en relación a la influencia de la ideología: confirmación y dislocación. Willis propone el servicio de orientación profesional de la escuela como un espacio en el cual la ideología surte efectos. En este espacio de preparación pre-laboral, muchas de las limitaciones de la contra-cultura obrera, entre ellas la división sexual de roles o la separación entre trabajo manual e intelectual, son confirmadas y/o reforzadas mediante un trabajo ideológico que es llevado adelante, por ejemplo, a través de la proyección de películas. Respecto al proceso de dislocación, Willis sostiene que los efectos de la ideología, también ejemplificados a través del servicio de orientación profesional, desarticulan las penetraciones culturales de la contra-cultura. Así, las penetraciones del grupo relacionadas con la noción de trabajo son descentradas mediante la sobreexposición a una variedad de trabajos existentes que terminan siendo funcionales para representar la similitud con el trabajo “en si”. Y lo más importante del proceso de dislocación es que al resaltar el carácter individual del trabajo termina minando la solidaridad en que se basa el grupo de “colegas”.

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Por último, el apéndice final está dedicado a reflexionar sobre las posibilidades de la presente investigación para contribuir a algún tipo de cambio en el sistema educativo británico. Además, también intenta mostrar las opiniones de algunos de los “colegas”, sobre los “borradores” del autor, que después desembocaron en la obra.

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El libro de Willis es sumamente interesante para contrastarlo con otras obras clásicas del marxismo, como pueden ser las de Althusser o Gramsci, por ejemplo. Desde una perspectiva althusseriana, la escuela debería ser considerada como uno de los aparatos ideológicos fundamentales de la dominación de clase burguesa, sin embargo, esta mirada impide analizar reacciones puntuales como la de los “colegas” que, antes que producto de la “falsa conciencia”, son también respuestas, aunque inconexas, inmersas en la lucha de clases. También es pertinente contrastar este texto con los clásicos aportes de Gramsci. El concepto de “hegemonía”, por ejemplo, permite entender mejor el trabajo de Willis, ya que el ámbito escolar no es un espacio puramente coercitivo, sino que implica también cierto grado de aceptación de parte de quienes transitan las aulas como alumnos. En definitiva, el libro de Willis, a pesar de los años transcurridos desde su primera publicación, conserva una vigencia excepcional, porque hace parte de la mejor tradición marxista, dedicada a estudiar la reproducción social a través de la cultura, sostenida en un fuerte trabajo de campo empírico.

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* Alejandro Damián Rodríguez es Licenciado en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Becario Doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Contacto: arodriguez@conicet.gov.ar

Paul Ricoeur, “¿Qué es un texto?”, en Historia y Narratividad (Barcelona, 2009)

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Paul Ricoeur, “¿Qué es un texto?”. En Historia y Narratividad, Paidós, Barcelona, 2009, pp. 59-81.

Por Felipe López Pérez*

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En el ensayo “¿Qué es un texto?”, el filósofo francés Paul Ricoeur (1913-2005) intenta explicar, a través del análisis de los planteamientos epistemológicos de Wilhelm Dilthey y de la corriente estructuralista, las implicancias que tiene este concepto como base del entendimiento humano.

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En género, el texto –tanto en la mímesis como en la poiesis– puede ser abordado desde dos perspectivas o enfoques; la primera es la interpretación y, la segunda, la explicación, cuyo sentido ha zozobrado en las aguas del cientificismo, generando algunas doctrinas de la acción muy distintas a su sentido y significación prístina.

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Sobre una tipificación de la comprensión y la interpretación, elementos centrales de la explicación, Ricoeur señala que la primera es “el proceso mediante el que conocemos algo psíquico con ayuda de los signos sensibles en los que se manifiesta” (p. 65). En efecto, lo segundo, “es un sector particular de esta comprensión…” que aporta a este concepto precedente, el grado de objetivación, a través de la fijación y la conservación que la escritura le confiere a las manifestaciones del hombre, introducidas de forma duradera en los testimonios humanos y los monumentos.

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En este sentido, el filósofo francés señala que todo texto es en sí una escritura adscrita a una gramática universal, al lenguaje (subjetividad que nos funda como seres simbólicos y pensantes, y que permite la lectura de las relaciones discursivas e históricas de la sociedad occidental). Esto último se refiere al entramado de vínculos latentes y patentes entre el ser, la existencia (Dasein), el deber ser (lo ideal), el conocimiento (episteme) y los caminos imaginarios y corpóreos de la realidad. Obviamente, lo anterior está vinculado con el buen ejercicio de la razón (noumeno) y su mediación de los fenómenos intra y extra natura. Empero, lo que pretende Ricoeur no es teorizar acerca del lenguaje, sino más bien aplicar y comparar las corrientes formalistas de la lingüística estructural con la fenomenología y la hermenéutica en la vida del hombre.

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La tesis central del artículo, no es dar respuesta a la interrogante planteada en forma retórica en el título, sino por el contrario iniciar –a partir del concepto intersubjetivo de texto- un camino hacia la antropología textual, cuyos eje centrales son el sentido, la experiencia, la escritura y la memoria.

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El texto, un dispositivo de la cultura: Ricoeur y el análisis estructural del relato.

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Por una parte, la noción correlacional del texto en Ricoeur recuerda a los trabajos de estética de la creación verbal del lingüista Mijaíl Bajtín (1895-1975). Este último propuso una base de análisis de los textos fuera de la lógica del formalismo tradicional, especialmente rusos, adentrándose en los géneros discursivos y en la noción del dialogismo, es decir, en la presencia de una o más referencias explícitas e implícitas de otras obras de carácter específico y universal. La diferencia está en la connotación que se les dé a éstas y en la relación autor/lector que se produce en el seno de una cultura determinada. Asimismo, con el solo hecho de comunicar a través de los símbolos de la escritura, todo documento se desprende de la intencionalidad de su autor, guardando para sí una ideología adscrita a los valores, lo imaginario y las significaciones colectivas de una sociedad.

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Por otra, según los teóricos del “análisis estructural del relato” (Barthes y Greimas, entre otros), todo texto fue creado para su lectura, ya que estos generan un grado de intelección e imaginación en el receptor. De acuerdo a Iuri Lotman (1922-1993), especialista estonio en semiótica y cultura, un texto es un artefacto cultural que no tiene fronteras, y que habla tantas voces como enunciatarios haya (en stricto sensu, Lotman acuña el concepto de “poliglotismo”). Sobre este último punto, se puede relacionar, independiente del documento (imagen, símbolos y códigos [cultura escrita y visual]), lo condicionante que resulta su lectura e interpretación por parte del o los lectores en un contexto subjetivo determinado. Hay un punto que el lenguaje implícito y explícito del texto se apropia del sujeto y sus creencias. Por ejemplo, no es lo mismo leer un libro de amor es un marco temporal en que el lector ha terminado una relación de noviazgo de años. De seguro, su interpretación estará mediada por su pasión más que por su razón.

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En cuanto al concepto de heteronomía, término utilizado larvadamente por Ricoeur en su reflexión, se refiere a cómo un elemento de carácter imaginario, que se encarna en las instituciones y que representa el deseo colectivo de los sujetos, genera una pauta ético-moral y de acción. En este caso, un texto es heterónomo cuando construye o representa la realidad, ordenándola antojadizamente y dejando la interpretación hic et nunc (aquí y ahora) como una visión arbitraria unitaria, hegemónica y homogénea de los hechos escritos, la realidad y la memoria. Por ejemplo, el “presentismo” (propio del pensamiento racionalista occidental, y en el que se asume una explicación anacrónica) intenta establecer normas y estratagemas cientificistas en el texto, es decir, se asume como una prueba que puede ser sometida a un proceso de validez metodológico y verosimilitud. De ahí, dice Ricoeur, que exista un problema con la noción de explicación en los relatos, principalmente históricos.

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En el caso de las fuentes, testimonios y monumentos (escritos), el planteamiento del hermeneuta francés, constituye una apertura epistemológica hacia la comprensión total del espíritu del texto (autónomo e independiente del enunciador y del enunciatario) y del hombre, en donde que el individuo asume su subjetividad y la de otros.

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En cuanto a su estructura, un texto desarrolla en su poiesis, estrategias discursivas en las que se indican a los actantes los predicados de acción. Esta particularidad del relato, Ricoeur la consigna de la siguiente forma: “surge de la propia esfera del lenguaje, mediante una transferencia analógica de las pequeñas unidades de la lengua (fonemas y lexemas) a las grandes unidades superiores de la frase, como el relato, el folclore y el mito.” (p. 73)

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Siguiendo con la idea anterior, el texto es independiente en forma, en estructura y en esencia, empero, dado ese orden o esas categorías, el sujeto puede comprender y explicar el contenido latente y patente de la comunicación. No obstante, el orden del discurso, es decir, la relación entre texto y sociedad, genera un dominio sobre éste desde el o los saberes. Por lo tanto, es la cosmovisión la que se ve afecta al engranaje imaginario y la formación de objetos e instituciones configurados en el tiempo. Se trata de una normalización perenne, a través de los textos, y un control mediante las distintas tramas e ideologías en las que el hombre entiende y se explica a sí mismo.

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Respecto de la apropiación del espíritu del texto, Ricoeur señala que la lectura es una intelección, una mediación y aproximación de lo que intenta decir y no decir el texto. Es un susurro directo a las fauces de la imaginación y la memoria. El hombre como ser simbólico está sujeto a la significación, a la semántica de las unidades micros y macros del discurso. En dicho proceso confluyen, tal como se ha consignado, la subjetividad y el tiempo como medida. Asimismo, esta dinámica comprende la constitución del self, (del sí mismo y los otros) y la del sentido. Ambos elementos son simultáneos. Cuando un individuo asimila el contenido de un texto está, en lo que indica este autor, aproximando, igualando y volviendo propio algo ajeno.

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Ampliando la idea anterior, a pesar de la inmediatez presente del texto (hic et nunc), Ricoeur plantea que la “interpretación, antes de ser un el acto del exegeta, es el acto del texto como escritura, memoria y experiencia. Por lo tanto, la relación entre la tradición y la interpretación pertenecen solo al texto y no a otro. Por antonomasia, interpretar para el exegeta, consiste en ir en el sentido indicado por la relación de interpretación que conlleva el texto” (p. 79). Sobre este punto, el hermeneuta francés es claro: debe haber siempre una relación entre los distintos estratos de tiempo y de significación ad intra y ad extra del texto y el sujeto.

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Felipez López es Periodista y Licenciado en Comunicación Social y Licenciado en Historia por la Universidad Católica de la Santísima Concepción. Actualmente cursa el segundo semestre del Magíster en Historia, mención Historia Económica y Social, de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

Anthony Giddens, “La constitución de la Sociedad: bases para la teoría de la estructuración” (Buenos Aires, 1995)

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Anthony Giddens, “La constitución de la Sociedad: bases para la teoría de la estructuración”, Amorrortu editores, Buenos Aires, Argentina, 1995

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Por Lía Danae Espinoza García*

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El quehacer del historiador se ve constantemente enriquecido por la introducción de elementos provenientes de otras ciencias sociales que permiten el diálogo y el entendimiento de procesos, la introducción de nuevos conceptos y, perspectivas de acercamiento hacia un problema histórico que resulten novedosos para la explicación historiográfica.

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En este sentido, la obra de Anthony Giddens, “La constitución de la Sociedad. Bases para la teoría de la estructuración” se enmarca como un referente contemporáneo para dicha labor, a saber, porque introduce el análisis espacio temporal como un eje central en la labor sociológica, dado que sitúa el análisis de lo social en un contexto determinado, otorgando a este último un rol fundamental para la investigación social. Así, el sociólogo inglés hace hincapié en la esencia de la Historia, que entendemos como el estudio de hechos y procesos en el tiempo.

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Sobre el autor, se puede destacar que obtuvo su Maestría en la London School of Economics and Political Science, y un doctorado por la Universidad de Cambridge en 1974. En 1969 obtuvo un cargo en la Universidad de Cambridge, desde donde más tarde ayudó a crear el Comité de Ciencias Políticas y Sociales, una subunidad de la Facultad de Economía. Fue profesor titular de la Universidad de Cambridge desde  1987 y cofundador de la editorial Polity Press en 1985. Desde 1997 a 2003 fue director de London School of Economics and Political Science y miembro del Consejo Académico del Instituto de Investigaciones de Políticas Públicas. Es reconocido dentro de las Ciencias Sociales por La teoría de la estructuración  en la que explica que la acción genera estructura y la estructura genera acción, siendo esto una realidad indisoluble, presentando una visión crítica ante los postulados clásicos de la sociología.

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La obra se plantea en un comienzo como un entramado conceptual para entender Lo Social, a través de la cual se explica y fundamenta la Teoría de la Estructuración, alejándose de las dos miradas imperantes en el ámbito de la explicación sociológica, -accionalismo y funcionalismo[1] y acercándose a la mencionada teoría, la que responde al proceso que involucra al agente y a la estructura social en una relación de interdependencia dinámica, en un espacio y tiempo determinados. En palabras del autor, la teoría de la estructuración no es ni la vivencia del actor individual ni la existencia de alguna forma de totalidad societaria, sino prácticas sociales ordenadas y recursivas…los actores sociales no les dan nacimiento sino que las recrean de continuo a través de los mismos medios por los cuales ellos se expresan en tanto actores[2] entendiendo que aquellas prácticas son producidas y reproducidas.

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El diálogo entre un hecho social y el actor que lo produce, se encuentra dotado por elementos tales como la reflexividad de quien actúa, a saber, cada acción se encuentra orientada por un sentido y/o un fin. Otro elemento importante que establece Giddens, es el uso del lenguaje, en específico, la construcción de discursos, afirmando que para el estudio de cualquier teoría social, este elemento es fundamental, dado que permite desentrañar en primera instancia, las consecuencias directas de dicha acción, así como las indirectas, entendiendo motivaciones e intereses que la sustentan al analizar el actuar humano en un tiempo y espacio determinados.

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A lo largo del capítulo uno, se explica el marco conceptual que sustentala Teoría de la estructuración, y a partir de éste, los siguientes cinco capítulos, abordan explicativamente la teoría. Si bien ésta debe entenderse como una teoría social, y es más, el autor entra en diálogo con otros referentes del pensamiento social como Freud, Goffman, e incluso Foucault para determinar ciertos puntos de su planteamiento, en sí mismo, el sociólogo se vuelca a establecer la relación directa con la Historia, relación que se evidenciará a continuación.

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Giddens da un paso adelante al poner énfasis en el estudio de la vida cotidiana, al examen de lo conciente y lo inconsciente en la constitución de este parámetro de acción, y al uso de una conciencia práctica de los sujetos que actúan. Las prácticas de la vida cotidiana que se repiten, se van extendiendo en el tiempo, dando paso a la rutinización, concepto fundamental en la teoría. A través de este proceso, en que lo cotidiano se rutiniza, se constituye además la recursividad. El concepto de recursividad se fundamenta en los recursos que la sociedad utiliza para recrearse y reproducirse; estos recursos se visibilizan a través de la rutinización, convirtiéndose ésta en el elemento básico de toda actividad social inteligible, por lo que lo rutinizado se trasforma así en el fundamento material de la naturaleza recursiva de la vida social. Así mismo, la rutinización da paso a la generación de diversas instituciones sociales, en la medida en que las propiedades estructurales de los sistemas sociales existen sólo con tal que formas de conducta social se reproduzcan inveteradamente por un tiempo determinado. Para graficar estos planteamientos, es posible tomarnos de la mano del concepto de Identidad Nacional: cómo tal, entendemos una serie de prácticas sociales, cívicas y económicas  particulares de cada grupo dentro de un territorio determinado que se rutinizan, delimitado por una cohesión en base a un discurso que orienta y dirige aquellas prácticas. Dentro de una nación existen diversas prácticas sociales de copresencia, que determinan por ejemplo, las relaciones con los pares dentro de instituciones como la familia. La existencia de un concepto particular de familia, se produce en la medida en que las prácticas sociales se van reproduciendo en el tiempo, y al permanecer, se recrean a partir de recursos como la existencia de una unidad familiar nuclear, roles de padres e hijos, proveedor/ recibidor, etc.

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Otro factor que determina la teoría de la estructuración es la copresencia, a saber, la importancia de la interacción del cuerpo. El gobierno reflexivo de la actividad del cuerpo es vital para la continuidad de la vida social, así, los rasgos propios de cada sujeto al actuar, dotan a dicha acción de parámetros de análisis. Se puede desprender una investigación a partir de la postura de los actores frente a la vida cotidiana, las instituciones, los roles, entre otros, dotando así mismo a la Historiografía de nuevos elementos para la investigación de nuevas áreas dentro de un proceso histórico.

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Siguiendo con el ejemplo anteriormente dado, y a modo de desglose, dentro de una misma nación existen prácticas sociales que están determinadas por la copresencia, es decir, en que la interacción cuerpo a cuerpo es evidente y otras en las que no, pero que de todas formas, se evidencia una cohesión en relación a la persistencia de prácticas sociales que se institucionalizan, como la adhesión a un grupo etáreo de la población.  Tomemos por ejemplo el caso de un adolescente de la ciudad de Santiago, que se identifica con un sistema de normas y roles que es igual al que adhiere un adolescente de la ciudad de Puerto Montt, sin embargo, las prácticas cotidianas de cada uno de ellos se encuentran diametralmente diferenciadas, ya que sus realidades cotidianas distan mucho una de la otra, pero de todas formas, ante la pregunta sobre qué rol tengo dentro de la sociedad, ambos adolescentes están en posición de responder lo mismo.

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A partir de todo esto, queda en evidencia la existencia de una necesidad de distanciarse de los elementos objetivos del análisis de la sociedad entendido como un factor determinante, ya que la teoría de la estructuración se encuentra en el medio del dualismo entre objetividad y subjetividad. La relación entre el sujeto y los principios estructurales, que constriñen al sujeto, sin embargo, son generados por su acción proyectada en el tiempo, es una relación dinámica y dotada de sentido y capacidad de recreación y regeneración en sí misma. En consecuencia con lo anterior, el autor se inclina a definirla Historian o sólo como el estudio del cambio social en el tiempo, entendiendo la Historia con una orientación lineal, más bien, se orienta a hacer hincapié en la Historicidad, a saber, entender que vivimos en un mundo social expuesto al cambio continuo, en donde los hombres, a partir de su propia acción, son capaces de ir constituyendo las bases de la cultura y la sociedad en la que se desenvuelven, y que son ellos mismos quienes pueden crear las condiciones de cambio y continuidad, de forma intencionada o no intencionada haciendo nuevamente hincapié en la conciencia práctica de los sujetos y en las consecuencias conocidas y desconocidas de una acción específica.

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Metodológicamente hablando, la teoría de la estructuración se conecta con la investigación empírica en puntos que demandan extraer las consecuencias lógicas de tomar por objeto de estudio uno del que el investigador ya forma parte, y esclarecer las connotaciones sustantivas de las nociones nucleares de acción y estructura, en el sentido tal de afirmar que un análisis de la acción y de los actores permite entender el significado de dichas acciones y entrelazar el análisis con los principios estructurales. El análisis de estos dos elementos, otorga un entendimiento cabal de la sociedad. Si bien Giddens, como sociólogo, no se desentiende de otras herramientas de acercamiento al objeto de estudio, tales como encuestas, revisión de fuentes o documentos, si se empeña durante todo el texto a enmarcar esta teoría social como un referente interdisciplinario en que convergen diversos análisis y perspectivas de investigación del objeto en cuestión, la sociedad y la cultura, que complementan su entendimiento, abriendo el horizonte a nuevos problemas que surgen, precisamente, desde esta mirada más amplia.

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Esta obra, se traduce entonces en un referente teórico para el estudio de la cultura y las mentalidades en perspectiva histórica, en el sentido en que es capaz de posicionarse como un nexo entre dos disciplinas que profundizan en la acción del hombre y la repercusión de esta en el tiempo, por lo mismo, Giddens sostiene que “los actores son teóricos sociales cuyas teorías concurren a formar las actividades e instituciones que constituyen el objeto de estudio de observadores sociales”.[3]

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* Lía Danae Espinoza García es Licenciada en Historia con mención en Ciencias Políticas de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y estudiante de Magíster en Historia con mención en historia de Chile de la Universidad de Santiago de Chile.


[1] “La sociología accionalista define la realidad en términos de relaciones sociales. Los actores no están en la sociedad, son la sociedad. Los hombres construyen la sociedad y participan de su autoproducción. El accionalismo entonces toma a la acción no como un dato sino como un proceso de construcción de un campo histórico en las tres dimensiones de conocimiento, acumulación y modelo cultural” (vs. Zapata Francisco, Premisas de la sociología accionalista, enEstudios Sociológicos, Vol. 10, núm. 29, 1992, pág. 483).

El funcionalismo por su parte propone que las sociedades están dotadas de  mecanismos propios capaces de regular los conflictos y las irregularidades, así como las normas que determinan el código de conducta de los individuos variarán en función de los medio existentes, es esto lo que rige el equilibrio social. La sociedad se entiende como un “organismo”, un sistema articulado e interrelacionado. A su vez, cada una de estas partes tiene una función de integración y mantenimiento del propio sistema. (vs. Durkheim Emile, Las reglas del método sociológico, Fondo de Cultura Económica, México, 1986).

[2] Giddens, Anthony, La constitución dela Sociedad: bases para la teoría de la estructuración, Amorrortu editores, Buenos Aires, Argentina, 1995, Pág. 40

[3] Idem, Pág. 33

Eduardo Cavieres, et. al., “La Historia en Controversia. Reflexiones, análisis, propuestas” (Valparaíso, 2009)

Eduardo Cavieres F, et. al., “La Historia en Controversia. Reflexiones, análisis, propuestas”, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valparaíso, 2009

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Por Pablo Castro Hernández*

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El diálogo que surge al reflexionar sobre la Historia se mantiene latente al tratar sus conceptos, perspectivas y métodos, los cuales resultan esenciales para la comprensión del conocimiento histórico y del hombre en sí. Cada paso nos permite construir segmentos de la historia, como también, comprender el sentido del hombre en el tiempo y el espacio. La búsqueda del conocimiento objetivo se torna una posibilidad de construir realidad, donde confluyen los diferentes tiempos, acciones y verdades. De este modo, notamos como la historia se abre en una multiplicidad de conceptos, de lo cual se torna necesario pensar en la historia y reflexionar el modo de hacerla.

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En este contexto se sitúa la obra “La Historia en controversia. Reflexiones, análisis, propuestas”, bajo la dirección del historiador chileno Eduardo Cavieres, publicada por las Ediciones Universitarias de Valparaíso el 2009. Cabe destacar que el estudio reúne la participación de importantes académicos nacionales y extranjeros como Giovanni Levi, Howard Richards y Jonathan Pitcher, quienes han participado de los encuentros del Seminario sobre América Latina y el Cono Sur, organizados por el Programa de Postgrado del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. En cuanto a los autores, Giovanni Levi es un destacado historiador italiano, considerado como el padre de la microhistoria, es profesor de la Universidad de Venecia y autor de numerosos libros del cual destaca La Herencia Inmaterial. La historia de un exorcista piamontés del s. XVII; Howard Richards, norteamericano residente en Chile, es Doctor en Filosofía y Economía, Profesor Emérito de la Universidad de Earlham, Illinois, USA, experto en semántica, economía y otras ciencias sociales; Jonathan Pitcher es doctor en estudios latinoamericanos por el University Collegue, Londres. Ha trabajado en la University of Southern California, en la Universidad de Miami y en la University Collegue de Londres, actualmente es profesor de Estudios Latinoamericanos en el Bennington Collegue, Belmont, USA; Eduardo Cavieres es Ph.D. en Historia por la Universidad de Essex, Inglaterra, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, académico de la Universidad de Chile y Premio Nacional de Historia 2008.

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Ahora bien, este libro se plantea como una propuesta, un diálogo sobre la historia y los historiadores, donde cada autor realiza un análisis a un determinado caso; Giovanni Levi se refiere a cuestiones metodológicas y de perspectivas a sus propios trabajos, Howard Richards realiza un análisis de Foucault a partir de la historia cultural y social, Jonathan Pitcher estudia un caso de la historia social de Brasil, transformándolo en análisis de texto y de evento, de realidad social y de amnesia cultural y Eduardo Cavieres analiza la psicohistoria e historia cultural.

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Dentro de estos estudios, cabe destacar el planteamiento de Giovanni Levi, donde notamos la relevancia que otorga a los problemas en la historia, ya que éstos constituyen un aspecto central a la hora de ingresar en el campo del estudio histórico. Por lo mismo, de manera independiente al método que se utilice en el análisis –que en su caso ejemplifica con la historia local o la microhistoria- lo que se estudia son los grandes problemas vistos a través de un particular, un lugar, una situación, un documento, un cuadro. La historia no puede llegar a hacer generalizaciones porque se ocupa de situaciones particulares. Ahora bien, puede generalizar preguntas, hacer preguntas que permitan acceder a respuestas diferentes, de modo que la pregunta se torna el elemento general, pero no así su respuesta.

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Ahora la historia se hace por problemas. Para el autor esto va de la mano con los documentos, los cuales son parciales y sectoriales, ya que describen especialmente cuestiones que son un producto de la diferenciación social. De esta manera, sabemos más de los hombres que de las mujeres; sabemos más de las elites que de los pobres; de los exitosos que de los fracasados; de los viejos que de los jóvenes; de los adultos que de los niños, etc. En este sentido, y tal como explica en su obra de La Herencia Inmaterial, lo importante no es dar relevancia porque sí a un determinado hecho en relación a la cantidad de documentos existentes, sino que hay que comprender los mecanismos sociales que han permitido que existan más o menos fuentes en un determinado lugar y tiempo. Para Giovanni Levi, el problema es exactamente eso: la historia de los que no dejan archivos, porque los que dejan archivos ya se sabe que han tenido éxito –motivo por el cual han podido conservar los documentos- el asunto es explicarse por qué algunos tuvieron éxito y otros no, comprender los mecanismos sociales y problemas históricos que han desencadenado este tipo de situaciones.

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Por otro lado, dentro de las reflexiones propuestas en este libro, Eduardo Cavieres aborda el tema de la psicohistoria individual y las mentalidades colectivas. En primer lugar, aclara que la historia sigue siendo una sola y que las “nuevas especialidades” son adjetivos para un objetivo común, esto es, la recreación de vivencias del pasado y sus permanencias en nuestro tiempo. Por ende, no existe una nueva historia, sino diversas perspectivas y formas de construirla y hacerla más inteligible. De esta manera, se interna en las mentalidades, tema que trata con experticia y claridad, explicando un aspecto clave que se torna transversal al método o especialidad que se utilice en el campo histórico, esto es, las respuestas que se pueden dar a la pregunta para qué hacer historia. Y es justamente esa inquietud historiográfica la que el estudio de las mentalidades permite aproximar una respuesta, donde el estudio de lo colectivo, la psicohistoria, la cultura y las mentalidades en un carácter individual y social, reflejan la posibilidad de internarse en formas más ambiguas de comprender la historia, alejándose de los relatos o descripciones como un fin en sí mismo. Es una línea de estudio que permite comprender las conductas y comportamientos colectivos, como también, las manifestaciones grupales de los individuos del vivir en sociedad.

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En último lugar, es preciso dar cuenta del aporte historiográfico que nos deja esta obra, donde la Historia se pone al debate. Una historia que se discute, trabaja y reflexiona. La idea es proponer y problematizar, no quedarse tan solo en la descripción o el relato, sino ir más lejos, acercarse a los documentos y cuestionarlos más allá de lo evidente. El libro se adecúa a tales términos: reflexionar sobre la historia y cómo llevarla a cabo, pensar en sus mismos códigos y conceptos. La historia, que ya no se presenta tajante o como una verdad absoluta, adquiere un matiz ambiguo, lo cual no quiere decir que con esto se pierda la objetividad y todo sea parte de un mero relativismo, sino que se intenta romper con los límites. Giovanni Levi nos señala que la verdad no es automática, no está sólo en los hechos. Y es ahí donde el historiador debe comprender la complejidad de la realidad, sus verdades y no verdades, lo que no se encuentra en los límites, ese campo de la realidad que es irreproducible porque jamás va a volver a ocurrir, pero que es parte de una totalidad, de la historia y su parcialidad real y cognoscible. En este sentido, notamos como estas nuevas maneras de aproximarse al campo de lo histórico nos abren caminos y nuevas posibilidades que acercan a la comprensión del hombre y los grupos humanos en los cuales se desenvuelve, una dinámica que aproxima a la cultura, psicología y mentalidad de las personas. Otra forma de comprender la existencia del hombre y la sociedad.

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Y es así, tal como señala el mismo historiador Eduardo Cavieres, que: “en forma colectiva, en la síntesis, encontramos la historia”.

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* Pablo Castro Hernández es Licenciado en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Estudiante de Magíster en Historia mención Arte y Cultura de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.