Deconstruyendo al otro: discursos sobre la infancia marginada en Chile a comienzos del siglo XX

Bartolomé Murillo, Muchacho espulgándose o joven mendigo, 1645

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Por David Rojas Contreras

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El discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse.

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Michel Foucault[1]

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A través de la historia se han construido categorías sociales que definen y delimitan el cuerpo de los sujetos, categorías cuya identidad surge a través de dispositivos discursivos que le controlan y le someten dentro del sistema de relaciones y de producción. Provocando una imbricación dialéctica entre grupos de poder y grupos marginados, los con parte y los sin parte[2]. En la medida en que los grupos sociales se superponen, aquellos que ostentan el poder desarrollan estrategias para dominar o anular al otro. En  ese contexto de relaciones, el presente ensayo pretende abordar cómo los grupos dominantes construyen estrategias basadas en estereotipos que les permitan afianzar el poder sobre la cultura.

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La Historia y las Ciencias Sociales se han esmerado en ser reflejo de la realidad social que relatan, mas han terminado narrando discursos parcelados y olvidando en el camino –tal vez intencionalmente- a varios actores sociales que podrían aportar en esa construcción.

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Es entonces, que ese análisis sesgado y fragmentado de una sociedad con protagonistas parciales y limitados, no da cuenta de la magnitud ni de la complejidad que presenta el entramado social.

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Pero, en las últimas décadas, la democratización del conocimiento, nos ha llevado a poner atención en otros actores sociales, antes no valorados, marginados, observar a aquellos a quienes, durante siglos, se les ha negado el derecho a la existencia como objeto de estudio, y que por mucho tiempo no tuvieron discurso propio.

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La Reestructuración y revisión de los marcos teóricos de izquierda y el florecimiento de movimientos sociales durante el siglo XX permiten la visualización de actores emergentes[3] y a su vez, las temáticas que los involucran se vuelvan objeto de estudio, valorando la cultura, sea como resultado de procesos económicos, políticos, sociales etc. o como herramienta de la hegemonía. Por su parte, la diversidad de herramientas metodológicas que ofrecen los estudios culturales permite abordar las problemáticas sociales y culturales desde diversos ángulos disciplinarios.[4]

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Lo concreto es que se redescubren y valoran actores sociales como las mujeres, los niños, los colonizados, los indígenas, los esclavos, los enfermos, los proletarios etc. Quienes desde las sombras intelectuales han construido y transmitido cultura, formado parte de la sociedad y testigos experienciales de la historia.[5]

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Es precisamente en este aspecto en el que se focaliza este trabajo, ya que resulta interesante abordar en el complejo entramado social, cómo se construyen los discursos que, manejados desde los grupos dominantes, pueden difundir una verdad o excluir de ella, y es que, en palabras de Foucault, el discurso es el poder por lo que, y por medio de lo cual se lucha[6]. Entonces, la palabra, como mecanismo del poder, puede fortalecer, anular o tergiversar sujetos sociales.

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Mediante las ideas emanadas en los discursos se dibuja y desdibuja al otro a través de estereotipos. En palabras de Homi Bhabha:

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…Se intenta crear una imagen del Otro colonizado que pueda entenderse a través de su incorporación a los modelos creados por el grupo dominante, pero siempre remarcando que aún es diferente…[7]

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Ese ‘otro’ marginado resulta, entonces, contradictorio pues se le pide que aprenda y reproduzca la ideología dominante, pero no se le reconoce como parte de ésta. Es cierto que Bhabha plantea su teoría hacia el sujeto colonial, pero, estimo puede ocuparse a todo sujeto alienado, a cualquier otro sujeto discursivo. 

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Considerando las figuras iconos de la vulnerabilidad y la falta señaladas por Levinas –el pobre, la viuda, el huérfano y el extranjero- tomaremos la figura del huérfano y analizaremos los discursos estereotipados que se han construido en torno a él.

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Aries señala que la idea de infancia es una construcción moderna, junto con la escuela, siendo esta creación el punto de partida para ver la infancia como un tema en sí mismo[8].

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A comienzos del siglo XX surge con fuerza la infancia como tema de discusión para la opinión pública chilena. En ese entonces la Sociedad de las Naciones, en 1924, adoptó la declaración de los derechos del niño, basada en la Declaración de Ginebra[9].  Esto sin duda se transforma en un hito para la historia de la infancia por cuanto el mundo político los considera, por primera vez, como sujetos con posesión de derechos.

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En ese contexto nos preguntamos, cuáles son las motivaciones que llevar a considerar a los niños en la agenda pública, cuáles son los estereotipos construidos en torno a la infancia, y especialmente qué discursos configura la clase dominante sobre los niños sin padres.

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Hijos de nadie, foco de delincuencia

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El régimen portaliano impuso la idea de centralismo y orden[10] en el imaginario de la elite nacional, desde inicios de la República. Es a partir de esta idea centralizadora que el Estado es visto, y se ve a sí mismo como una figura protectora, donde dentro de sus atribuciones cabe preocuparse de cada uno de los habitantes del país.

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Desde el siglo XIX el Estado inicia una preocupación por los infantes desposeídos[11], Gabriel Salazar nos expone algunos casos en que la intervención estatal del siglo XIX se hace presente ante situaciones de invalidez social y económicas asombrosas[12]. Este paliativo, a pesar de que se gestó en parte por lo extraordinario del caso, es una evidencia del intento paternalista estatal durante dicho siglo.

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La paternidad comenzó a ser despojada de su inviolable carácter privado y el cuidado de los hijos pasó a ser un asunto con implicancias sociales. Se reafirma que a falta de una paternidad real, es el Estado quien asume la paternidad nominal, aunque con el furtivo fin de controlar.

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En 1928 se legaliza la práctica paternalista del Estado con la promulgación de la Ley 4447[13], normativa que fija la creación de la Dirección de protección a Menores y otras disposiciones en las que se oficializa el cuidado de los niños sin hogar por parte del Estado.

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Art. 4.o Créase la Dirección General de Protección  de Menores […].     Deberá, además, informar a las autoridades  educaciones correspondientes acerca de la enseñanza de  la moral y de la higiene que se dé en todas las ramas de la instrucción y en todas las instituciones educacionales[…].    Deberá, asimismo, velar por la moralidad de todos los espectáculos públicos, formulando ante quien  corresponda, los denuncios que procedieren[14]

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Destaca dentro de las tareas de la nueva institucionalidad el rol moralizante, es entonces cuando cabe preguntarse qué esconde este discurso paternalista del Estado

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Art. 6.o En el asiento de cada Juzgado de Menores que se cree en virtud de esta ley, habrá un establecimiento que se denominará Casa de Menores, destinado a recibir a éstos cuando sean detenidos o deban comparecer ante el juez […][15]

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Y es que a partir del análisis de esta ley que se puede identificar claramente una asociación entre huacho y delincuencia, y es que podemos apreciar que la voluntad política de la época pretende resolver los focos de violencia o caos que amenacen la idea de orden a través de un mayor control sobre los hijos de nadie. Es en este punto donde cabe detenerse, por cuanto el huacho, es considerado por la alta sociedad, que a la vez es la gestora de estos proyectos,  como un peligro latente para la decencia y seguridad del conjunto social. Es por lo anterior que sería posible mencionar que es esta sección de la ley la que está totalmente dirigida a los sectores populares.

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Residuo del sistema productivo

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En el contexto de la misma ley podemos ver cómo, junto al rol controlador, surge además el de instructor, con la creación de un Reformatorio para reinsertarlo al sistema productivo.

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Art. 10. Créase en la provincia de Santiago un Reformatorio de carácter industrial y agrícola, para niños varones, que desarrolle sus actividades en ambiente familiar, y que se denominará Politécnico Elemental de Menores “Alcibíades Vicencio”[16]

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Una de las posibles respuestas a esta situación es que el ideal de progreso, aún permanente en el ideario de la elite, la entronización de uniones ilegitimas, el concubinato y la madre soltera, eran vistos como el producto de una sociedad que no había logrado el estadio del progreso[17].  Chile ya era un país libre, ahora faltaba conseguir el progreso, pero con tal cantidad de niños desarraigados, no se podría avanzar hacia ese ideal.

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Cabe destacar que desde la segunda mitad del siglo XIX, alcanza notoriedad las escuelas de oficios, el gran interés hacia la infancia, y especialmente en este segmento, está el que se transformen en material útil al sistema productivo.

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Llama la atención que en aquella época hubiese más interés de reubicar e instruir a un niño sin hogar que erradicar el trabajo infantil, muy común para entonces.

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El deber moral de la elite católica de proteger al desvalido

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Desde la iglesia y los sectores católicos de la elite, también emanó una visión sobre este grupo: los niños desarraigados de los sectores populares, hacia quienes la alta sociedad,  por  un “afán caritativo” o “deber moral” de buen cristiano, se hizo cargo de algunos de estos muchachos abandonados[18], no obstante esa caridad, más que una intención filantrópica o paternal, fue para cumplir con una exigencia social de la época, era bien visto amparar niños huérfanos aun cuando el vínculo resultaba siendo entre amo-sirviente[19].

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El cuidado de niños, es una práctica heredada del siglo XIX, puesto que durante aquella centuria era común ver el “desfile de huachos” desde las casas de acogidas y las de expósitos a las casas de familias adineradas sin ningún vínculo biológico. Esta práctica es conceptualizada por Nara Milanich como la “circulación infantil[20]” que tenía como fin limpieza de los huachos, ilegítimos o huérfanos.

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La idea del desvalido adquiere gran repercusión en los círculos literarios a nivel nacional e internacional a durante el siglo XX, Baldomero Lillo, nos ofrece una primera mirada, en sus obras como “Era El Solo” donde ilustra las penurias de la soledad y la desarticulación familiar[21]

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En sus obras hay una clara intencionalidad crítica con respecto al trato dado por la elite a los trabajadores y a todo el sector popular, sus propias vivencias personales les permiten dibujar con mucho detalle los cuadros que relata.

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“Era el Solo” relata las penurias de Gabriel, un huérfano, huacho por la muerte de sus padres, a quien Lillo describe a través de la mirada del ‘huacho desvalido’. Pero lo importante de su relato es, también, la figura de  ‘Doña Benigna’ pues ella encarna el discurso de las elites con respeto al huérfano proletario, “minuciosamente relató las contrariedades que ese monstruo de ingratitud le proporcionaba con su rebeldía y soberbia en cada minuto de su existencia”[22]. Para ella (y en definitiva para la elite) el huacho no es desvalido, sino un ‘huacho delincuente’ o en su defecto un potencial delincuente.

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Podemos encontrar cierto grado de ironía por parte de Lillo en sus personajes como en Benigna, quien golpeaba a su antojo al muchacho, pero quien a su vez buscaba victimizarse en su rol de cuidadora del salvaje:

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– ¡Ah, no se imagina usted lo que me hace sufrir este chiquillo! En el poco tiempo que lo tengo en casa me ha hecho salir canas verdes.

Doña Encarnación la interrumpió sentenciosa:

-Pesada cruz es hacerse cargo de hijos ajenos. También a mí me hablaron para que adoptase a una de las mujercitas hermanas de este niño. Ahora me alegro de no haberme dejado convencer, porque me habría pasado lo que usted, comadre[23].

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La mirada que nos entrega Lillo es totalmente opuesta a los argumentos dados por Benigna en sus diálogos, las contradicciones de dicha mujer son en el fondo las contradicciones de la elite evidenciada por el autor. La caridad que se realiza al recoger a un huérfano no implica afecto y el cuidarlo es un compromiso moral y social, la caridad para con el huérfano pasa por instruirlo y corregirlo, entregarle una formación valórica y de orden:

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A estas criaturas les viene esa soberbia de familia. El padre era una pólvora. ¡Pobrecito! Dios lo tenga en su santa guarda; pero creo, y él me perdone, que educó muy mal a sus hijos. Tenía tan regalones y consentidos que, según dicen, no les pegó nunca. Yo, en su lugar, llevaría a este niño a la Casa de Huérfanos, porque ¿Qué obligación tiene usted de atormentarse por una persona que no es de su sangre?

Es que prometí enseñarlo y educarlo, y yo soy esclava de mi palabra. A la verdad, una no tiene peor enemigo que su buen corazón[24].  

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Henos aquí el punto de encuentro entre estos dos discursos sobre el niño huacho; como delincuente y cómo desvalido. En ambos casos, el protector, sea el Estado o una familia distinguida, al asumir su rol debe velar por, al menos, alfabetizar al niño[25], educarles es clave pues en todos los casos, pues de no instruirlos, será un errante, un causal de calamidades. Esta imagen se repite en otros relatos de Lillo como Juan Fariña[26].

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A modo de conclusión

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La infancia antes de constituirse como sujeto de derechos, comienza a aparecer en la escena pública por los intereses que poseen los grupos dominantes sobre los niños sin hogar de los sectores populares. En torno a los cuales se construyen discursos estereotipados, según las necesidades del Estado o de la Elite y la creación de mecanismos de control.

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A comienzos de siglo XX el Estado considera de interés las problemáticas de la infancia, en especial el segmento de los niños sin hogar de los sectores populares –en pleno apogeo de la cuestión social-, por cuanto constituye, una futura ‘amenaza’ a la seguridad ciudadana y a las buenas costumbres. Es entonces que la infancia continúa insertándose dentro de políticas amplias en que el niño se entiende como:

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  • Individuo de paso: El niño como individuo en crecimiento alistándose para la adultez, guiado por el adulto, enseñado por éste.
  • Individuo limítrofe: Tanto en lo intelectual y en lo social, con el fantasma del niño vagabundo y delincuente, que debe ser rescatado y luego guiado.

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La idea de orden obliga a considerar al niño, en especial a aquel sin una estructura familiar ‘ordenada’ para poder ingresarlo a las necesidades estatales, ejercer sobre él un control, control que los padres biológicos no ejercieron o no pudieron ejercer, por ende el Padre Estado debe suplirlo.

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Por tanto el control del niño responderá a:

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  • Una necesidad de orden social en el contexto de la cuestión social y las movilizaciones obreras puesto que el huacho proletario es un futuro delincuente, un desadaptado o antisistémico que se debe recoger y reincorporar al sistema.
  • Una cuestión moral, pues en la visión más conservadora (que incluso hoy se puede encontrar), el huacho es el producto del pecado y como tal debe cargar con sus estigmas justificando las desigualdades a las que se le somete.
  • Una motivación económica ya que el huacho es el residuo del modelo capitalista que el estado y la oligarquía buscan reciclar, o como nos lo plantea Foucault, al aludir al biopoder como “un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo; y como éste no pudo afirmarse sino al precio de la inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción y mediante un ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos” [27].
  • Una distracción política ante la crisis del parlamentarismo, ya que el tema de la infancia podía ser usado como una válvula de escape a las presiones y discusiones ínter oligárquicas.

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Por tanto, las disposiciones emanadas de la ley buscan controlar los cuerpos en función del sistema de producción vigente[28]. Es decir, la normativa analizada no demuestra necesariamente un respeto filantrópico hacia el niño, sino la conservación del mayor número posible de sujetos abandonados para incorporarlos cuanto antes al mundo del trabajo[29].

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* David Rojas Contreras es Profesor de Estado en Historia y Geografía de la Universidad de la Serena y Estudiante de Magíster en Estudios Culturales de la Universidad Arcis.

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[1]Foucault, M., El Orden del Discurso, Tusquest Ed., Buenos Aires, 1992, p.6  

[2] Galende, F., Ranciere, Una Introducción, Ed. Quadrata, Buenos Aires, 2012, p. 5 y ss.

[3] Williams, R., Marxismo y literatura, ed. Península, Barcelona, 1980

[4] Moraña, M., Nuevas Perspectivas desde/sobre América Latina: El desafío de los Estudios Culturales, Ed. Cuarto Propio, Santiago, 2000

[5] Jorge Rojas Flores señala que Las referencias a la infancia han estado siempre presente en la historiografía nacional, pero su logar ha sido marginal, la situación de los niños está subordinada a la acción de los adultos. En Los Niños y su Historia: un acercamiento conceptual y teórico desde la Historiografía, Ed. Pensamiento Crítico, 2001

[6] Foucault identifica al menos tres sistemas de exclusión del discurso: lo prohibido, la locura y la coacción de la verdad. Foucault, M. El Orden…, op. cit.,1992

[7] Bhabha, H. El Lugar de la Cultura, Ed. Manantial, Buenos Aires, 2002

[8] Ariés, P., El Niño y la Vida Familiar en el Antiguo Régimen. Ed. Taurus, Madrid, 1987

[9] Rojas, J., Los derechos del niño en chile: una aproximación histórica, 1910-1930, en  Revista de Historia nº 40, Universidad Católica de Chile, Santiago, 2007, p.130

[10]Simon Collier, La Construcción de la República 1830-1865. Política e Ideas, Ed. UC, Santiago, 2005, p.94

[11]Salazar, Ser niño huacho en la historia de Chile (siglo XIX), LOM, Santiago, 2006, p. 80. Gabriel Salazar entrega estadísticas de nacimientos ilegítimos desde 1848 hasta 1916, basadas en la Sinopsis Estadística de Chile del año 1916. Las estadísticas ponen en evidencia el  aumento del nacimiento de ilegítimos desde un 21.6 % en 1848 hasta un 38.1% en 1916.

[12]Salazar, Op. Cit., pp. 13-19, caso de Rosaria Araya, quien tras tener un parto múltiple, fuera de lo común, muere dejando a sus cuatro hijos huachos. Al enterarse el gobernador de la provincia de Illapel, don José Simeón, envió un oficio al intendente de la provincia, quien a su vez informó del caso al ministro del interior de la fecha, don Manuel Montt. Debido a lo extraordinario del caso el secretario de Estado “decretó que los hijos de Rosaria Araya fueran alimentados y más tarde educados a cuenta del Tesoro Público”, ayuda que según investigaciones del citado historiador tuvo duración de tres años.

[13]Ley de Menores nº 4.447,  publicada el 23.10.1928 Chile.

[14]Ley de Menores nº 4.447.

[15] Ídem.

[16] Ídem.

[17]Montecinos, S. Madres y Huachos,  op.cit., p. 51

[18]Esta idea se desprende del libro Subterra de Baldomero Lillo. Además es posible inferirla a través del estudio de  Jorge Rojas en  Juegos y alegrías infantiles, en Historia de la vida privada en Chile, vol II. ,2006,. p 379, donde comenta las fiestas que la alta sociedad organizaba en navidad para los niños pobres, segmento donde el huacho se incluye.

[19]Nara Milanich, El abandono como circulación en el Chile decimonónico, en Revista de Historia social y de las mentalidades, nº 5, Santiago, 2001 p.87

[20]Nara Milanich, op. cit., p. 80

[21]Baldomero Lillo, Sub Terra, 1963, pp. 135-152.

[22] Lillo, B. op.cit., p.140

[23] Lillo, B. op. cit., p.139

[24] Lillo, B. op. cit.,  p.139

[25]Mónica Peña Ochoa, “El Niño Como Sujeto: El Caso de La Infancia y Niñez en Chile en el Siglo XX”, Facultad de Ciencias Humanas, Educación, Lenguaje y Sociedad, Tensiones educativas en América Latina, 2004. En: http://www.fchst.unlpam.edu.ar/iciels/117.pdf

[26]Lillo, B., op. cit., p. 95

[27]Michel Foucault, Historia de la Sexualidad, La Voluntad de Saber, vol. 1, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1998, p. 101

[28]Buenaventura Delgado, Historia de la Infancia, Ariel, Barcelona, 2000, p. 159

[29] Michel Foucault, El Orden del Discurso Tusquest Ed. Buenos Aires, 1992,  p .15

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Fuente de la imagen: Bartolomé Murillo, Niño mendigo, 1645