Fotografía Postmortem, mecanismo de perpetuación del rito mortuorio

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Por Juan Ignacio Cordero*

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El poder de las imágenes puede ser mayor que el generalmente admitido, las respuestas que dan no pueden ser relegadas al pasado o a contextos atrasados y provincianos. Hay que tener en cuenta el filtro y el carácter propio de nuestros tiempos, con la cual se ha perdido el contacto con las reacciones, ya que se reprimen ante la racionalidad de los actos.

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Roland Barthes en un ensayo sobre fotografías en el que admite que en un principio propuso hallar la esencia de la fotografía, pero en que finalmente descubrió que sólo se podía hablar de la respuesta, concluye que para contemplar de manera íntegra una fotografía es preciso combinar a dos voces: la banal (lo que todo el mundo ve y sabe) y la voz de lo singular (para impregnar lo banal de todo el sentir de una emoción que sólo le pertenece al que ve la fotografía).[1]

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En cierto modo, se debe esforzar por prescindir de la carga educativa en la contemplación (consciente de que nunca se logrará) y sumirse en un estado “primitivo y salvaje”. La fotografía puede ser locura o mansedumbre, mansa si conserva un realismo relativo, atenuado por hábitos estéticos o empíricos; loca si el realismo es absoluto y, por decirlo, original. La sociedad se aplica en amansar la foto, atenuar la locura que amenaza con estallar ante los ojos del que la contempla, esto logra acentuar el principal obstáculo para comprender las respuestas y aprender las lecciones que encierra la historia.

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Los que visualizan las fotos de forma analítica, culta y con naturalidad, se transforman en grandes formalistas, negándose a las fuentes del poder dentro y fuera del visualizador. También se omite los aspectos del sentimiento que normalmente no dimanan de la cognición, sino que se consideran tan refinados y singulares que sólo pueden explicarse con los datos y evidencias históricas.

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Lo que plantea David Freedberg respecto al tema es examinar las consecuencias de la separación entre la imagen y el mundo que nos rodea.[2] Vislumbrar las consecuencias permite el tipo de análisis histórico descartado por las pruebas, recogido en tiempos y lugares muy distintos, de la inapelable confusión entre imagen y prototipo. Significa además, liberar la vista de la necesidad de asignar cuadros, esculturas y otras artísticas e iconográficas a contextos y cánones adecuados. Por estas razones se debe otorgar a las imágenes toda la importancia que merecen por pertenecer a la realidad y no puramente al ámbito de la representación, ver la fotografía como una realidad histórica viva es la forma correcta en nuestra aproximación.

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La fotografía es inmortal, ya que es reproductiva y reproducible, está viva, presente y real, gracias a la reproducción todas las imágenes se han convertido en realidad y en testigo de lo que son, de lo que han sido y por ende, de lo que siempre perdurará. La foto es realidad, no es mala, corruptora ni engañosa y no debe por qué perder su aura, siempre y cuando seamos conscientes de que su poesía o su prosa no se esconden en su distanciamiento de la realidad, sino en la posibilidad de integración de la creatividad del ojo en la receptividad categórica de los sentidos.

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Las sociedades construyen, según sus sistemas de valores y creencias, una interpretación cultural del fenómeno de la muerte reflejándolo en la actividad ritual. El rito, en su sentido amplio, es una unidad simbólica definida culturalmente por los miembros de una sociedad determinada, que designa actos o sucesión de actos no instintivos que no pueden explicarse racionalmente como medios para la consecución de un fin. Los ritos no son estáticos, sino que son tributarios a las causas que lo originaron.

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La fotografía postmortem formaba parte del rito del duelo, es decir, en el ámbito de la imagen no se puede representar al muerto. Esta pintura o fotografía era un elemento fundamental del rito, que da cuenta de la necesidad de los padres de detener el tiempo en una imagen vital. Tal elemento ritual hacía más soportable su pérdida.[3]

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Una fotografía cobra valor como objeto de evocación hacia los muertos. Si bien no considera a la muerte como un pasaje sino que la percibe como punto final, para él también la idea de evocar a quienes ha perdido está presente. Esta forma de evocar a los muertos, propone el recuerdo de momentos y lugares felices como mecanismo o alternativas a los ritos tradicionales, que son la manera de seguir sintiendo a las personas que han perdido.[4]

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Los padres de los niños que podían pagar una pintura seguramente no eran de sectores populares. Se aprecian las diferencias de clase en los vestidos con que lo visten llenos de encajes, telas finas y pedrería, y los objetos con que los rodean, almohadas llenas de encajes, cama, brocados.[5] Que los niños sean pintados como si fueran mayores que la edad a la que realmente llegaron antes de fallecer es un dato elocuente, refleja un deseo de prolongar la vida, aunque sea en la pintura, una manera de realizar en la fantasía algo que la muerte truncó antes de tiempo.

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La mayor parte de las fotografías mortuorias de niños, en el caso chileno, se ubican entre 1890-1920. Este tipo de imágenes, que desde una apreciación desde el presente, provocan un rechazo y hasta miedo al observarlo, fueron mucho más que un registro documental, llegando a cumplir una función de preservación del recuerdo del angelito. Los estudios de Andrea Cuarterolo resaltan que el costo de la fotografía postmortem era más bien elevado, más de lo común, la otra evidencia es lo relacionado al esfuerzo que se hacía, incluso entre familias que no poseían mayores recursos, para conservar una imagen que evocara al ser que se había perdido. Por entonces, según la autora, la concepción tradicional del cuerpo, no disociado de la persona ni siquiera después de la muerte, le otorgaba a estas fotografías un valor sentimental más que profundo.[6]

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La forma en que los niños eran retratados adoptaba distintos formatos: a veces se simulaba que el niño estaba vivo y despierto; en otras ocasiones se daba la impresión de descanso y sueño; finalmente, se podrá preferir un formato mortuorio, estaba claro que se estaba frente a un cuerpo muerto.

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La mayor parte de las imágenes postmortem de niños, muestra a los niños solos o juntos a otros niños muertos, cubierto con ropajes de encaje. Hay fotos que reproducen a los niños como “angelitos” con sus respectivas alas, pero también existen aquellas en que están acompañados por uno o ambos padres, sosteniendo en sus brazos al infante fallecido. Aunque en su mayoría son bebes de pocos días, también hay registros de niños de hasta 7 años aproximadamente.

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La mayoría de las imágenes que Cuarterolo cotejó muestran a niños más bien de sectores acomodados, pero también, como se explicó anteriormente, se puede suponer que los sectores populares con mejores ingresos,[7] como los obreros calificados y especializados, también pudieron utilizar los servicios de un fotógrafo, por lo menos ya entrado en el s.XX.

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Fotografía mortuoria y su declive

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Especulación sobre sus causas posibles.

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“Dios creó al hombre a Su imagen y ninguna máquina construida por el hombre puede fijar la imagen de Dios[8]

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Aunque la fotografía mortuoria existió probablemente en los países al que la técnica llegó, sobre todo en la expresión infantil tuvo fuerza en los de raíces católicas más fuertes, en los que también existía la costumbre de la celebración a los niños difuntos. En gran parte de la América Católica, el patrón espiritual que determina tal comportamiento ante la muerte deriva del dogma católico.

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Sin embargo, pese a la difusión de la fotografía mortuoria, su declive llegó pronto. En este sentido, si se equipara tradición y folklore, y si aceptamos la noción de que “la materia folclórica” debe tener “por lo menos medio siglo de antigüedad” como práctica continuada, la fotografía mortuoria en pocos casos alcanzaría esta categoría. Sin embargo, más allá de la etiqueta que le adjudiquemos a la práctica, ésta existió por tener un sentido para quienes la hacían posible, no sólo el fotógrafo sino sobre todo los familiares de los difuntos, sus amigos y compadres, es decir, por esta vía, la gente común de estos pueblos que le pedían al artesano de imágenes una última de sus difuntos queridos, como para que no se fueran del todo.

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Estas prácticas empezaron a desaparecer en distintos momentos desde la segunda mitad del s. XX. Culpables de esto fue según Luis Ramírez Sevilla en el caso azteca, la influencia religiosa que tuvieron los sacerdotes de éstos pueblos.[9] Existía la idea de que la foto guarda el alma del angelito, poniéndose en forma contradictoria al ritual de exequias, modus operandi[10] sacerdotal tras la muerte de los fieles, donde el sentido cristiano de las exequias, donde se plantea un sentido de conservación del cuerpo del infante con imagen de muerto del ser querido, entre la muerte y la sepultura, se debe afirmar la fe en la vida eterna, afianzar su fe en el ministerio pascual y la resurrección de los muertos. Ante la realidad de la muerte, la Iglesia proclama con fe y esperanza que la vida no termina con la muerte. La persona humana ha sido creada para vivir eternamente por sí misma y su alma y no por la ayuda de una foto.

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Por otro lado, estaban los agentes modernizadores, tales como maestros, médicos y autoridades sanitarias. Todos ellos, junto con sus marcos reglamentarios y normativos. Estaría las tradiciones en pugna y bajo presiones de agentes externos a las comunidades, que de distinta manera habrían incidido durante en este periodo en su cambio cultural, de la aceptación al rechazo de esta práctica.

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Entre las presiones modernizadoras se enfatiza a las del tipo estatal, como por ejemplo los promotores educativos o sanitarios, operando en discursos modernizadores contra los anacronismos del pasado y costumbres insalubres de la gente, lo mismo que los planteamientos de algunas normas promovidas por médicos y maestros. Existían también disposiciones sobre los plazos máximos en que las personas fallecidas debían ser inhumadas, refiriéndose que las condiciones para los muertos por cólera, peste o tifus.

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Hay que reconocer que en muchos pueblos la presencia del personal médico, que no era masiva a fines del s. XIX e inicios del XX en las zonas rurales. Sus prácticas en las comunidades se convirtieron en un permanente combate contra las costumbres y prácticas de estas poblaciones, vistas como ignorantes e insalubre. Los informes sanitarios que estos hicieron en aquellos tiempos fueron ilustrativos de esta lucha por la salud pero también era una lucha cultural, contra el orden y costumbre social.

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A modo de conclusión, el tema del diálogo entre lo moderno y lo tradicional, la problemática y el choque con las resistencias y tradiciones existentes, hacen que las ideas y representaciones sociales de la muerte infantil toman tintes y colores particulares en cada sociedad a lo largo de los años, pero existe algo que está alejado del discurso de la medicalización, que es la realidad viva, los contextos donde se objetivan y anclan  las ideas: la realidad chilena en ese sentido era muy cruda, la muerte estaba más cerca de lo que se pensaba, haciendo que el actuar de los hombres frente a la pérdida de un hijo/a se vea desde lo espiritual y sacro. La Historia tiene muchos antecedentes en relación a hijos muertos, y cómo ese acto de la vida hace cambiar sus aprehensiones y realidades frente a esta cruda vivencia.

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La sensibilidad de la sociedad hacia la situación del niño aumentó al mismo tiempo grado que la “cuestión social” bullía y demostraba los riesgos de la modernización. Las disputas ideológicas se desataron, enfrentándose distintas visiones de la sociedad, pero detrás de estas divisiones también se escondían ciertos consensos entorno a los niños. De hecho, el futuro del Estado en el s. XX dio sus primeros pasos en torno a las políticas de protección a la infancia, porque hasta las visiones más viscerales aceptaban la urgencia por salvar a los niños de los peligros que los acechaban y la realidad que se abría desde la perspectiva de los datos de mortalidad, como se anclaban y se objetivaban prácticas, por algunos sectores resistidos y perseguidos.

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Así el tema de las representaciones sociales que tienen que ver con aspectos de la realidad o con cuestiones sociales significativas, éstas son construidas a partir de los procesos de interacción y comunicación social, de las conversaciones de la vida cotidiana, la recepción de los medios. Las representaciones son construcciones simbólicas, es decir, no es un constructo interno en la mente de los individuos que toma el lugar del objeto que está siendo representado, sino mecanismo de evocación y sentimientos generalizados hacia un objeto o realidad de la vida, que en este caso de estudio es la muerte.

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* Juan Ignacio Cordero Pérez esLicenciado en Historia de la Universidad Católica de la Santísima Concepción y Magíster © en Historia con mención Historia Económica y Social de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.


[1] Crítico literario, sociólogo y filósofo francés. Nacido en Cherburgo, su padre era subteniente de la Marina y murió en 1916. La familia vivió en Bayona hasta 1924, fecha en la que se trasladó a París, donde Barthes terminó sus estudios de bachillerato en el Lycée Montaigne y Louis-le-Grand. Obtuvo el título de bachiller en 1934, y en 1939 la licenciatura en lenguas clásicas de la Universidad de la Sorbona. Entre 1934 y 1947 contrajo una tuberculosis que le obligó a pasar mucho tiempo en diversos sanatorios, donde completó sus estudios leyendo a Marx y a Michelet. En 1946 comenzó a colaborar en Combat, un periódico de izquierdas, y sus artículos se recopilaron en El grado cero de la escritura (1953). A partir de 1948 fue lector en las universidades de Bucarest y Alejandría, y posteriormente trabajó como investigador en lexicología y sociología en el Centro Nacional de Investigación Científica de París.

[2]  Freedberg, David, El poder de las imágenes, Editorial Cátedra, Madrid, 1992, pp. 475-487

[3] Para profundizar más en el tema sobre la fotografía postmortem como mecanismo de perpetuación del rito mortuorio, véase: Platero, Carolina, Representaciones Sociales sobre la muerte, Tesis de grado para optar a Licenciatura en Comunicación social, Universidad Nacional de La Plata, Facultad de Periodismo y Comunicación Social, Ciudad de La Plata, Prov. De Buenos Aires, Argentina; Rojas Flores, Jorge, Historia de la infancia en el Chile Republicano 1810-2010, Ocho libros editores, Santiago de Chile, 2010; Vicuña Cifuentes, Julio, Romances populares y vulgares recogidos de la tradición oral chilena, Imp. Barcelona, Santiago 1912; Vicuña Cifuentes, Julio, Mitos y supersticiones recogidos de la tradición oral chilena, Imprenta Universitaria, Santiago de Chile, 1915; Cavieres, Eduardo, Ser infante en el pasado. Triunfo de la vida o persistencia de estructuras sociales. La mortalidad infantil en Valparaíso 1880-1950”, Revista de Historia social y de las mentalidades, núm. 5, Invierno 2001; Malvido, Elsa, La muerte en la Lírica infantil colonial mexicana, Revista Cultura y Religión, Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAB, Junio 2008; Pelegrín, Ana, Romances del repertorio infantil en América, Anales de Literatura Hispanoamericana,  Universidad Complutense de Madrid, 2001, núm. 30; Sáinz Domínguez, María de las nieves, Las canciones infantiles: ¿un recurso para la enseñanza de la historia? Campo Abierto, vol. 25, núm. 2, 2006.

[4] El acto de fallecer es antes que nada una realidad sociocultural. Por lo tanto la muerte despliega en el plano de la conciencia individual y grupal conjuntos complejos de representaciones (imágenes, sistemas de creencias o valores) y provoca comportamientos diversos de los grupos o de los individuos (actitudes, conductas, ritos), según los casos, los lugares y los momentos. Las nuevas ciencias del hombre han puesto en uso las nociones de diacronía y sincronía, que ayudan al entendimiento del proceso en sí. Como muchos hechos de representaciones que se sitúan en el ámbito de la larga duración, la actitud frente a la muerte puede parecer casi inmóvil a través de periodos muy largos de tiempo, presentándose como una acronía, o con ausencia de factores temporales. Y sin embargo hay elementos de cambios que intervienen, a veces lento y que a veces pasan desapercibidos. Para mayor información respecto al tema, véase: Ariés, Philippe, Historia de la muerte en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días, Quaderns Crema S.A., Sociedad Unipersonal, Barcelona;           Berger, Peter L. Y Luckmann, Thomas, La construcción Social de la realidad, Amorrtu Editores, Buenos Aires, 1968.

[5] Colin, Araceli, Cuerpo del niño, representación del Ángel, ponencia en el XXV Colloque du groupement des anthropologistes de langue francaise, L’homme et ses images, Mesures, representations, constructions, Universidad de la Mediterrané, Marsella, Francia, Julio 2001, en el marco de la realización del doctorado en Antropología en la UNAM. La versión francesa se intituló “Corps de l’enfant, representation de l’ange”.

[6] Cuarterolo, Andrea: “La visión del cuerpo en la fotografía mortuoria”, Aisthesis, núm. 35, Santiago de Chile, 2002, pp. 50-55

[7] Es difícil estimar el grado de generalización que llegó a tener éste tema, lo que es seguro es que la fotografía mortuoria o postmortem llegó a todo grupo social; a la falta de dinero se llegaba a pagar o realizar trueque por gallinas, huevos y otros artículos.

[8] La cita completa es la siguiente: “El deseo de captar los reflejos evanescentes no solamente es imposible como se ha demostrado por las investigaciones alemanas realizadas, sino que el solo deseo de conseguirlo es ya una blasfemia. Dios creó al hombre a su imagen y ninguna máquina construida por el hombre puede fijar la imagen de Dios, ¿es posible que Dios hubiera abandonado sus principios eternos y hubiese permitido a un francés de París dar al mundo una invención del Diablo?…” planteamiento dado por el diario alemán Leipziger Stadtzeiger, poco después que se diera a conocer el sorprendente invento del daguerrotipo el 19 de agosto de 1839. Extraído en http://www.revista.unsj.edu.ar/revista15/asi_eramos.htm

[9] Ramírez Sevilla, Luis, “La vida fugaz de la fotografía mortuoria: Notas sobre su surgimiento y desaparición”, Relaciones, Revista de El colegio de Michoacán, año/vol. 24, núm. 094, Zamora, México, pp. 178-179

[10] Ibíd., p. 179

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Fuente de la imagen: fotografía post mortem.

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