Consideraciones en torno al uso y definición del concepto de nación

Propaganda de la Francia del Vichy

Por Alfred Hinrichsen Herrera*

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El concepto de nación ha sido ampliamente utilizado tanto en la historiografía como en las ciencias sociales, y quizás es uno de los más difíciles de explicar o definir. Benedict Anderson atribuía esta característica a la falta de un referente intelectual equivalente a Marx para el Socialismo[1], sin embargo, tras más de dos siglos de intenso debate tal situación, al parecer, ya no corresponde a la realidad. Hoy en día, gracias al desarrollo de la investigación actual, tenemos un concepto más elaborado de qué entendemos por nación y cómo se ha utilizado en distintos períodos. La primera conclusión evidente, es que el concepto es dinámico, siendo definidos y caracterizados de distintas maneras desde el siglo XVIII hasta nuestros días, en base a realidades propias de un proceso histórico que está lejos de acabar. Basándonos en José Elías Palti en su obra “The Nation as a Problem: Historians and the National Question”[2], se podría sintetizar la evolución y las formas de estudio de este problema estableciendo diversas perspectivas, las cuales no son sucesivas ni se encuentran en orden temporal correlativo, sino que han logrado coexistir hasta nuestros días en diversos ambientes intelectuales, aunque algunas son de mayor data que otras y poseen mayor reconocimiento académico. La primera de ellas son los estudios genealógicos; seguido de las perspectivas voluntaristas, modernistas o anti-genealógicas, y finalizando con los estudios postmodernistas más recientes.

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Los estudios genealógicos u orgánicos de la nación.

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La perspectiva genealógica fue la imperante desde fines del siglo XVIII hasta mediados del XX. Esta concepción tiene por premisa que la nación es un fenómeno objetivo y naturalmente concebido. Se comienza del presupuesto de que las naciones existen, constituyendo el ordenamiento natural para las distintas colectividades humanas, y por ende convirtiéndose en la esencia de la organización estatal. De esta forma, la pregunta fundamentales el ‘descubrimiento’ de la nación, sus elementos constitutivos e inalienables, como también su raíz histórica y cómo se han transmitido estos elementos en el tiempo.

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Entre los primeros y más influyentes intelectuales de esta visión se encuentran J.G. Herder (1744-1803) y J.G. Fichte (1762-1814), entre ambos definieron los elementos característicos e indispensables de la nación. En primer lugar el ‘Suelo’ entendido como el espacio físico donde se ha desarrollado la historia de la nación, o como lo denominaba Herder, la “dimensión poética de la geografía”[3] entendida como un terreno delimitado en el cual se sitúan todas las posibilidades de experiencias e influencias que pudiera tener la colectividad que la habita. De este modo, el espacio se presenta como un factor condicionante del carácter nacional al darle posibilidades limitadas de vivencias, influyendo así en la conformación de éste desde un plano cognitivo y espiritual.

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En segundo lugar se encuentra el concepto de Lenguaentendida como el medio de expresión del espíritu nacional, porque “encada uno de los idiomas están expresados el carácter y el intelecto de un pueblo […] el genio de un pueblo no se revela en ningún lugar mejor que en la fisonomía de su lenguaje”[4]. Cada lengua cumple con la función de conectarnos con nuestros antepasados, dándonos el sentido de trascendencia y pertenencia a una “Gemeinschaft”(comunidad), haciéndonos parte de este ‘proyecto histórico’ que constituye la nación. Al igual que el factor ‘suelo’, la lengua condiciona el carácter nacional al dotarlo de un modo de pensamiento y comprensión de la realidad particular.

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La composición étnica constituye el tercer elemento de la nación. La ‘raza’ se concibe como la adhesión natural e inalienable, genética si se quiere, a una comunidad específica, es la sangre como expresión de un conjunto de individuos que posee parentesco entre sí, y por ende, una constitución única de su carácter que se expresa bajo determinadas formas filiales y afectivas de relacionarse. Esta vinculación natural fundamenta el nombre otorgado a esta perspectiva de la nación como ‘orgánica’, al concebir a la comunidad como un cuerpo vivo, una entidad biológica, única e irremplazable. Según Isaiah Berlin esta perspectiva llevó irremediablemente a una concepción particularista de la historia, en el cual se exige que los modelos sociales, políticos y económicos sean nativos, o adaptados a los valores y características ‘innatas’ de la comunidad para que sean coherentes al ‘carácter’ de la nación. Esta creencia deriva en que los valores no sean universales[5]; “cada sociedad humana, cada pueblo, de hecho cada época y civilización, posee sus propios ideales, sus únicos estándares, su modo de vida, pensamiento y acción. No existen reglas o criterios de juicio inmutables y universales, en términos de los cuales diferentes culturas y naciones puedan ser graduadas en un orden único de excelencia”[6]. Anthony Smith advierte que no hay que confundir estos postulados con una actitud xenófoba o hermética frente a las influencias extranjeras, la base de este pensamiento no es ‘renunciar al mundo’ sino que adaptar estas influencias a la propia realidad y a las características de la nación[7].

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La conjugación de estos tres elementos proporciona un determinado espíritu colectivo o ‘volkgeist’, que culmina siendo la explicación de todas las diferencias reconocidas entre las distintas naciones y el fundamento principal para el ordenamiento internacional basado en el Estado-Nación. Esta forma genealógica de concebir la identidad nacional también tuvo sus representantes en Chile, particularmente a fines de siglo XIX e inicios del XX, donde los elementos expuestos fueron adaptados como criterios de juicio para fundamentar una nación chilena definida y diferenciada del resto de Sudamérica. El ejemplo más elocuente de esta perspectiva lo constituyen las obras de Nicolás Palacios[8], las que mediante un pseudo estudio antropológico e histórico pretendía comprobar cómo el chileno posee un origen étnico único, al estar formada por la mezcla de dos razas patriarcales (goda y araucana), y por sostener una lengua propia distinta al español producto de la misma síntesis. Palacios no es el único en este esfuerzo, en mayor o menor medida, con mayor aceptación unos u otros, autores como Francisco Encina[9], Joaquín Edwards Bello[10], Tancredo Pinochet[11], entre tantos otros[12], utilizan estos criterios genealógicos a la hora de fundamentar la ‘nación chilena’.

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Estudio voluntarista, modernista o anti-genealógico.

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El enfoque voluntarista se inaugura en la segunda mitad del siglo XIX por un hecho coyuntural. Frente a las pretensiones expansionistas del Imperio Alemán sobre Alsacia-Lorena -regiones con una fuerte minoría de procedencia germánica- Ernest Renan estableció su postura y abrió pasó a una perspectiva totalmente nueva en torno a la nación. El francés aunque reconocía la existencia de las naciones, y que cada una de ellas poseía un “espíritu único” argumentaba en contra de la validez de criterios objetivos en los cuales sustentarla[13].  Al contrario, señalaba que el único aspecto esencial era la voluntad de los miembros de vivir en una determinada comunidad; que este espíritu está formado por “un rico legado de recuerdos”[14] otorgado por la historia y la memoria que ha experimentado la sociedad, por lo cual, la nación sería un fenómeno creado en base a una elección racional e individual de querer ser miembro de una comunidad de derechos, deberes e historia. Como señala el mismo Renan “una nación es una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios realizados y los que se realizarán en caso necesario. Presupone un pasado, pero se resume en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida en común. La existencia de una nación (perdonad la metáfora), es un plebiscito de todos los días, como la existencia del individuo es una afirmación perpetua de vida. […] La voluntad es, en definitiva, el único criterio legítimo, al que debería acudirse siempre [para formar a las naciones]”[15]. Esto implica que la nación es un fenómeno subjetivo, una creación humana y no un hecho biológico y natural, una elección individual, y por ende un derecho renunciable al momento de no querer renovar tal plebiscito en búsqueda de una comunidad más afín al carácter o intereses personales.

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Recién tras la Segunda Guerra Mundial el enfoque voluntarista comienza a ser el predominante en Europa, promovidos especialmente por los excesos mostrados por la Alemania nazi y la aplicación de políticas racistas, de supremacía racial o eugenésicas fundamentadas en una equivocada interpretación de los postulados de Herder[16].De este modo, surge una segunda generación de especialistas que profundizaron las ideas de Renan, denominados a posteriori los anti-genealógicos o modernistas. La primera crítica realizada a la perspectiva anterior apela a la noción de ‘objetividad y naturalidad’ del concepto de nación, al contraponerlo con los principios de ‘artificialidad y novedad’. Con ello, autores como Eric Hobsbawm[17] y Ernest Gellner[18], señalan que las naciones son creaciones relativamente recientes[19], producidas para complementar y afianzar el proceso de “doble revolución” comenzada en el largo siglo XIX, entendida como la revolución liberal e industrial.

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La revolución liberal o burguesa indeclinablemente tuvo como consecuencia la destrucción de los principios de legitimidad tradicionales vinculados a la dinastía, linaje, jerarquía nobiliaria y predilección divina. Esto produjo un peligro latente de fragmentación de los Estados y pérdida de autoridad de las nuevas clases gobernantes identificadas con la burguesía. Por esta razón es que Hobsbawm señala que existió un esfuerzo consciente de parte de las elites de crear tradiciones tendientes a formar naciones, ya que ésta era considerada la forma idónea de sustentarse como clase política preeminente, al mismo tiempo que se consolidaban los nuevos Estado-Nación de reciente creación tras la caída de los estados imperiales o los procesos de emancipación. Esto se resume en la sentencia de que “Es el estado el que hace la nación y no la nación el estado”[20], entendiendo por esto que fue la elite, controlando el Estado, la que construyó una nación para legitimarse a sí misma, contradiciendo la premisa genealógica de ‘un mundo de naciones’ en la cual se afirmaba que fueron las comunidades agrupadas en lengua, etnia y suelo, las que crearon Estados para obtener la autonomía política, económica y cultural. La intención primordial era otorgar a las nuevas sociedades un atisbo de homogeneidad, que permitiera el surgimiento de Repúblicas Oligárquicas o censitarias a lo largo de Europa. Para ello los atributos de cierta colectividad en particular se enseñan como si fueran elementos compartidos, al mismo modo que tradiciones específicas que den la ilusión de trascendencia y conexión con los antepasados, se crean, re-significan y difunden entre toda la sociedad para homogeneizarla en patrones comunes, dando paso a lo que Hobsbawm denomina la “invención de la tradición”.

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Por su parte, Ernest Gellner agrega una dimensión económica al proceso de invención de la nación, al señalar la necesidad que tiene el proceso de industrialización y la consolidación del sistema capitalista de generar mercados nacionales donde los trabajadores posean un sistema económico común (moneda y legislación), como también códigos compartidos que fomenten la cooperación gremial y la movilidad laboral (lengua, costumbres, identidad, alfabetización). Por esta razón Gellner califica al nacionalismo como “una ideología de la industrialización”[21], ya que lo que se busca mediante la movilización social es una promoción de un nacionalismo económico que consolidara el mercado interno y la división del trabajo en la comunidad. De este modo, ambos autores argumentan que el concepto de nación se manipuló por parte de una elite político-económica, estableciéndose contrarios a la idea de que las naciones poseen una historicidad ‘atávica’ o secular, sino que por el contrario, enfatizan la característica artificial y novedosa tendiente a legitimar los intereses de ciertos proyectos políticos y de clase.

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En la teoría modernista la interrogante fundamental está en definir cómo se ha creado y utilizado este concepto de nación, desde un punto de vista político, cultural y social. En este sentido, la educación y la memoria se consideraron fundamentales para generar la identidad nacional. Benedict Anderson es uno de los especialistas que más profundamente ha abordado este tópico, al definir la nación como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana.”[22], recalcando que el aspecto gravitante en esta concepción es el problema de la construcción de esta ‘comunidad imaginada’ articulada en base a supuestos códigos compartidos (lengua, historia, suelo, experiencia, etnia, religión, etc), obviando por ende los aspectos que generen divergencia en ella. Por esta razón la educación formal, los simbolismos, la diferenciación frente a un ‘otro’ en el cual afianzar las diferencias, complementado con la imagen gráfica de la cartografía, se vuelven elementos indispensables en el esfuerzo de ‘inventar, crear y consolidar’ unidades nacionales.

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En Chile diversos intelectuales y políticos han concebido la nación desde un prisma anti-genealógico. Comenzando por la historiografía, desde la obra de Mario Góngora “Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX”[23], se ha establecido una suerte de consenso al señalar que fue el Estado quien se preocupó de crear la nación con el fin de sustentar la propia institucionalidad política, mediante diversas estrategias entre las que se incluyen las guerras externas, la educación pública de carácter nacional, en conjunto con  la creación de todos los símbolos y fastos propios del nuevo Estado. Entre los intelectuales, los más entusiastas o comprometidos con esta perspectiva son aquellos vinculados al internacionalismo socialista como Luis Emilio Recabarren[24]quien podría ser el ejemplo más elocuente de la denuncia sobre la instrumentalización del concepto de nación en beneficio de ciertos intereses políticos y de clase.

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Estudios post-modernistas actuales.

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La perspectiva postmodernista desde la década de 1990 se ha convertido en la predominante en las esferas intelectuales europeas. Esta corriente advierte las limitantes que posee la visión anti-genealógica de la nación, sintetizadas en dos grandes falencias teóricas. La primera guarda relación con la imposibilidad de analizar comunidades del mundo tradicional, fuera normalmente del contexto europeo,  que poseen una antigüedad y coherencia de larga data, en palabras simples, cuestionan el concepto de ‘novedad’ de las naciones y su origen en el proceso revolucionario de los siglos XVIII-XIX. Se critica también la ‘artificialidad’ atribuida a la nación, porque – en base a Anthony Smith[25]– constituye una sobredimensión de la capacidad de la elite de manipular tanto los procesos históricos, como los sentimientos espontáneamente generados por la comunidad nacional, al tiempo que un desconocimiento de los factores objetivos que generan un sentimiento de pertenencia e identidad, como la etnia y la experiencia común otorgada en un suelo determinado.

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Actualmente el problema principal radica en descubrir los alcances o las ‘fronteras’ que  posee el concepto de nación dentro de una propia comunidad nacional. Como señala Bhabha “el ‘otro’ nunca está fuera o más allá de nosotros; surge con fuerza dentro del discurso cultural cuando pensamos que hablamos, de la manera más íntima y natural, ‘entre nosotros’.”[26] Esto significa que no se pretende ‘descubrir’ o ‘construir’ una uniformidad u homogeneidad nacional, sino que identificar cómo se integran las diversas colectividades a esta concepción de identidad que pretende el marco común. La tensión está entre las diversas agrupaciones que se ven incluidas en los valores e identidad nacional frente a aquellas que no se ven representadas en esta, como pudieran ser etnias minoritarias, colectividades migrantes, regionalismos, comunidades religiosas o incluso clases sociales consideradas muy vinculadas a aspectos o valores extranjeros. La pregunta fundamental radica en establecer cómo esta diversidad convive dentro de una noción particular de identidad nacional, identificando las influencias reciprocas en este proceso, al tiempo de los criterios de exclusión e inclusión en el mismo[27].

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Homi Bhabha identifica en la generación del concepto nación dos momentos, cuyas vinculaciones son las que permiten la construcción y sociabilización de ella. La primera es la denominada ‘preformación’, entendida como la existencia de aspectos objetivos y originales que posibilitan una identidad dentro de la comunidad (etnia, suelo, valores consustanciales a la nación, experiencia histórica, etc.). Haciendo eco de las palabras de Anthony Smith, sin ciertos criterios objetivos que permitan una vinculación entre la comunidad, es imposible que una elite logre ‘construir’ un concepto de nación. Señala que las elites se limitan a intentar manipular aspectos preexistentes en la comunidad, re-significarlos, promoverlos o atenuarlos, pero resulta totalmente infructuoso ‘inventar’ tradiciones cual si fueran ‘tabula rasa’. Este intento de moldear las condiciones objetivas preexistentes es lo que denomina Bhabha como la etapa ‘pedagógica’ de la construcción de la nación, siendo esta fase correlativa a la primera. Cuando existe una descoordinación de estos elementos es cuando surgen las ‘fronteras’, recalcando que es prácticamente inevitable que esto ocurra, ya que las tradiciones nacionales que se pretenden promover normalmente “resultan ser tanto actos de adhesión y establecimiento como momentos de repudio, desplazamiento, exclusión e impugnación cultural”[28] a ciertas agrupaciones tanto dentro como fuera del Estado.

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Por su parte Nicola Miller[29] explica los desafíos actuales del estudio del concepto de nación en un contexto latinoamericano. Miller, señala que tanto la perspectiva genealógica como anti-genealógica poseen limitaciones importantes en su aplicación ya que ambas se pueden aplicar sólo parcialmente en la región. Identifica tres diferencias o aspectos a considerar, relativas al rol del Estado, la falta de homogeneidad étnica, y el rol de la Hispanidad, que generan esta particularidad.

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Establece que para la mayoría de los comunidades nacionales existía desde la colonia una conciencia de su singularidad e identidad, antes incluso de alcanzada la emancipación y conformado la institucionalidad del Estado[30], por lo que la historiografía sobredimensiona esta supuesta ‘invención de la tradición’ o la subordinación de ella a la preexistencia de la institucionalidad política. Por otra parte, hay que advertir las condiciones materiales efectivas en la conformación del ‘imaginario nacional’, al ser más fácil realizarlo en Estados exitosos y estables que en aquellos afectados por las guerras civiles características del siglo XIX en la región. En cuanto a la etnicidad reconoce la intención de los proyectos nacionales de integrar las distintas colectividades étnicas y regionalismos existentes en un solo discurso, enfatizando la búsqueda por plasmar una visión que establezca la unidad de ellas en base a un proyecto histórico común enmarcado en la República y la Independencia. Por otra parte, este esfuerzo es dual ya que tiende al reconocimiento de las virtudes específicas de las distintas comunidades que se integran al Estado, exaltándolas en la narración y construcción de esta ‘nación común’.

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La visión del extranjero, del ‘otro’, juega un rol primordial como contrapunto a la hora de afianzar el propio proyecto nacional. En este sentido, Miller argumenta que las fronteras de la comunidad son bastantes más tenues en Latinoamérica que en otras regiones – como Europa – debido a la Hispanidad, entendida como el legado en religión, lengua, etnia y experiencia histórica producto del pasado colonial común del cual emergieron todos los distintos Estados Nacionales. Sin embargo, esto no significó que no se intentara diferenciar estos aspectos, especialmente en la lengua la pretensión de originalidad ha llevado a que durante gran parte del S.XIX e inicios del S.XX se intentaran comprobar las particularidades entre el chileno con la lengua española[31] a modo de ejemplo.

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Esto lleva a Nicola Miller concluir que la construcción de la nación en la “experiencia latinoamericana no fue ni basada en la imitación ni en la construcción de modelos propios, esto significa que las identidades nacionales siempre han sido variadas [multifold], siendo creadas y recreadas en un proceso continuo de negociaciones y renegociación con tanto los ‘otros’ fuera, como con los ‘otros’ dentro del Estado”[32]. Dicho de otro modo, el concepto de nación en América Latina posee una realidad única, que se fundamenta en su maleabilidad, plasticidad y capacidad de adaptación a distintos fenómenos o elementos considerados ‘exógenos’.

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Finalmente, viendo las tres formas de estudio – genealógico, modernistas y postmodernistas –  podemos apreciar la gran flexibilidad o ductilidad que ha caracterizado la construcción del concepto de nación a lo largo de su historia. Se podría señalar que una de las esencias del concepto de nación, y por ende del nacionalismo que surge de la utilización política de éste, ha sido históricamente su adaptación a diversos proyectos políticos e intelectuales. Realizando un breve recorrido podemos ver cómo fue instrumentalizado para la independencia y construcción de los Estados a lo largo de todo el siglo XIX y XX; cómo fue movilizado para alcanzar homogeneidad social o proyectos de industrialización y consolidación del mercado nacional de estados de las más diversas improntas ideológicas a lo largo de todo el siglo XX; y como actualmente, gracias a los estudios más recientes, ha sido utilizado para identificar las fronteras, y por ende, demostrar la diversidad existente dentro de los mismos estados nacionales. Quizás esta maleabilidad sea una de las razones del éxito del concepto de nación a pesar de su relativamente corta historia, pero al mismo tiempo, esta naturaleza polisémica ha generado una gran dificultad a la hora de definir, conceptualizar y estudiar el concepto de nación hasta nuestros días.

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* Alfred Hinrichsen Herrera es Licenciado en Historia con Mención en Ciencia Política y Magíster © en Historia con Mención en Historia Política y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.


* Este artículo está basado en el proyecto de tesis para optar al grado de Magíster en Historia mención Política y Relaciones Internacionales en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

[1]Anderson, Benedict, Comunidades Imaginadas, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1993.

[2] Palti, José Elías, “The Nation as a Problem: Historians and the National Question”, en: History and Theory, Volume 40, N°3, October 2001.

[3] Herder, J.G, Ideas para una Filosofía de la Historia de la Humanidad, Editorial Losada, Buenos Aires, 1959, p. 225

[4]Ibidem, p. 273

[5]En Occidente, desde la fundación del estoicismo en el siglo I A.C. se fue desarrollando el concepto de ius naturale que apelaba a ciertos atributos, derechos y características que vinculaban a todos los hombres como especie, que eran otorgadas por la divinidad a nuestra naturaleza y las cuales no se pueden negar, quitar o abolir por ninguna institución humana. De este modo, el ius civile, o el derecho positivo, de los hombres, debía vincularse y asemejarse lo más posible a estos principios éticos universales, a medida que más se asemejaran se estaría en un “recto gobierno”, mientras el omitirlos era una de las causantes más importantes para establecer la tiranía o alguno de las degeneraciones de las formas de gobierno. Esta tradición que fundamentaba “lo correcto de lo incorrecto” en política, es lo que Herder y Fichte rompen definitivamente con su teoría de un mundo de naciones, en el cual cada comunidad establece su propio criterio de lo justo, injusto, correcto o incorrecto. Vs. Sabine, George, Historia de la teoría política, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2010; Strauss, Leo & Cropsey. Joseph, Historia de la filosofía política, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2010.

[6] Vs. Berlin, Isaiah; La Declinación de las ideas utópicas de Occidente en: Revista de Estudios Públicos, Número 53, 1994.

[7]Smith, Anthony, Culture, Community and Territory. The politics of Ethnicity and Nationality” International Affairs, Volume 72, N°3, July 1996, p. 458

[8] Vs. Palacios, Nicolás; Raza Chilena. Libro escrito por un chileno y para los chilenos, Editorial Chilena, Santiago, 1918;  Palacios, Nicolás; Decadencia del espíritu de nacionalidad, Conferencia en Salón Central de la Universidad de Chile, 1908.

[9] Vs. Encina, Francisco; Nuestra Inferioridad Económica, Editorial Universitaria, Santiago, 1986.

[10] Vs. Edwards Bello, Joaquín; Nacionalismo Continental, Editorial Zig-Zag, Santiago, 1968; Edwards Bello, Joaquín, El Roto, Editorial Universitaria, Santiago, 2007

[11] Vs. Pinochet, Tancredo; La Conquista de Chile en el Siglo XX, Imprenta La Ilustración, Santiago, 1909.

[12]Vs. Gazmuri, Cristián, “Testimonios de una crisis Chile: 1900-1925” Editorial Universitaria, Santiago, 1980; Vs. Góngora, Mario, “La Crítica Nacionalista” en Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Editorial Universitaria, Santiago, 2010, pp. 119-129.

[13] “El hombre no es esclavo de su raza, ni de su lengua, ni de su religión, ni del curso de los ríos o de la dirección de las cadenas de montañas.” En: Renan, Ernest, ¿Qué es una nación?, Editorial Elevación, Buenos Aires, 1947, p. 42

[14]La memoria histórica debe formarse, y debe ser una memoria placentera, que incentive la vida en comunidad y la existencia de la nación. Es por ello, que conjuntamente con recordar es necesario olvidar aquellos elementos traumáticos que podrían seguir repercutiendo fomentando una división en la nación.

[15]Ibidem, pp. 40-41

[16]Isaiah Berlin se ha ocupado de realizar esta diferenciación, al desvincular a los pensadores románticos del siglo XVIII como los precursores o ideólogos de los brutales atropellos del nazismo en el siglo XX, es más, identifica a Herder como un pacifista y un humanista al ser “…realmente, uno de esos pocos pensadores del mundo que adora las cosas por ser lo que son, y que no las condena por no haber sido de otro modo. Para Herder todo es encantantador. […] Si hay algo que le desagrada a Herder es la eliminación de una cultura por otra.” Berlin, Isaiah, Las Raíces del Romanticismo, Editorial Taurus, Madrid, 2000; Vs. Berlin, Isaiah, “Contra la corriente. Ensayos sobre historia de las ideas”. Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2006

[17] Vs. Hobsbawm, Eric; Nación y Nacionalismo desde 1780, Editorial Crítica, Barcelona, España, 1992; Hobsbawm, Eric; Invención de la Tradición, Editorial Crítica, Barcelona, 2002.

[18] Vs. Gellner, Ernest; Naciones y Nacionalismo, Alianza Editorial, Madrid, 2008.

[19]“la característica básica de la nación moderna y de todo lo relacionado con ella es su modernidad […] Antes de 1884, la palabra nación significaba sencillamente <<la colección de los habitantes en alguna provincia, país o reino.>> y también <<extranjero>> […]la versión definitiva de <<la nación>> no se encuentra hasta 1925, momento en que se describe como <<conjunto de personas de un mismo origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común” en: Hobsbawm, E., Nación…, Op. Cit., pp. 23-24

[20]Ibidem, p. 53

[21]Ibidem, p. 43

[22] Anderson, B., Op. Cit, p. 23

[23] Góngora, M,Op. Cit.

[24]Vs. Recabarren, Luis Emilio; Patria y Patriotismo, Imprentas Unidas, Antofagasta, 1971.; Recabarren, Luis Emilio; Ricos y Pobres, Conferencia dictada en Rengo, 3 de Septiembre de 1910. 

[25]Vs. Smith, Anthony; Nationalism and Modernism: A Critical Survey of Recent Theories of Nations and Nationalism. New York and London, Routledge, 1998.

[26] Bhabha, Homi, “Introducción. Narrar la nación” en: Bhabha, Homi (comp.), Nación y Narración. Entre la ilusión de una identidad y las diferencias culturales, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 2010, p. 16

[27] Vs. Chatterje, Partha; La Nación en Tiempos Heterogéneos. Editorial Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2008.

[28] Bhabha, Homi, Op. Cit., p. 16

[29] Vs. Miller, Nicola; “Historiography of Nationalism and National Identity in Latin America”, Nations and Nationalism, Volume 12, N°2, 2006

[30] En el caso chileno, se suele señalar las contribuciones del Abad Juan Ignacio Molina, mediante la realización de sus obras: “Compendio de la Historia Geográfica, Natural, y Civil del Reyno de Chile (1776); Ensayo sobre la Historia Natural de Chile (1782), Ensayo sobre la Historia Civil de Chile (1787), entre otras,  escritas en el exilio producto de la expulsión de los Jesuitas,  como un antecedente de “identidad nacional” y conciencia de esta particularidad en fechas tempranas, anteriores incluso a la emancipación.

[31] Vs. Palacios, N., Raza chilena…, Op. Cit.

[32] Traducción propia, la cita original en inglés es la siguiente: “Latin American experience were neither models nor imitations mean that its national identities have always been multifold, created and re-created in a continuous process of negotiation and re-negotiation with both, the ‘others’ without and the ‘others’ within [the State]” en Ibidem, p. 217

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Fuente de la imagen: Propaganda de la Francia del Vichy – 1941 – Lema francés republicano de “liberté, egalité, fraternité” es reemplazado por “travail, famille, patrie” (Libertad – Igualdad – Fraternidad reemplazado por Trabajo – Familia – Patria)