Los viajes y la cultura material. Una aproximación a los traspasos materiales y culturales entre los viajeros europeos y los indígenas patagónicos durante los siglos XVI y XVII

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Por Pablo Castro Hernández*

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Los viajes europeos en la Patagonia y las relaciones con los pueblos aborígenes.

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El estudio cultural de los pueblos indígenas a través de las crónicas y relaciones de los viajeros y conquistadores europeos, nos plantea diversas problemáticas en torno a los encuentros, traspasos y construcciones culturales que forja el europeo sobre el mundo americano. Si bien con las fuentes de los exploradores y viajeros que recorren el Nuevo Mundo notamos cómo se establecen registros de los lugares y pueblos que vislumbran, estos mismos documentos nos entregan referencias sobre las prácticas, costumbres, formas de vida y cultura material de estas comunidades. Ahora bien, es importante tener en cuenta que la visión que se construye sobre estos lugares y pueblos posee el lente del conquistador, es decir, es una descripción y mirada realizada por el mundo europeo, quien define los parámetros de estas representaciones sobre la otredad a partir de sus propios códigos, visiones y perspectivas culturales.[1] En este sentido, el Nuevo Mundo se aprecia como un lugar que ofrece nuevas oportunidades y variedad de deseos, tanto así que en la imaginación europea el continente americano se presenta como un territorio raro y misterioso.[2] En otras palabras, es un territorio vasto y desconocido, cubierto de grandes recursos naturales y gentes extrañas para el mundo occidental.[3]

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De esta manera, las relaciones que sostienen los europeos con el mundo indígena a través de las fronteras del territorio americano no dejan de resultar inquietantes y novedosas para ambas culturas que se encuentran, lo que permite al viajero y conquistador construir una imagen de la otredad nativa basada en ese amplio universo inexplorado e inédito.[4] Mediante las fronteras se establecen encuentros que generan percepciones y miradas que traspasan las barreras materiales y construyen visiones ideológicas, políticas y culturales. Sin ir más lejos, las categorías que usualmente se formulan de dicha otredad aborigen se abocan a perspectivas de inferioridad y salvajismo, donde se construye una condición incivilizada de los indígenas, la cual oscila hacia un sentir barbárico, pagano y demoníaco.[5] Desde otra mirada, también se concibe a este ser como una criatura inocente, extraña y maravillosa, integrante de una América mágica y fabulosa, ya sea por las novedades y exotismo de su flora y fauna y la vida cultural de sus pueblos.[6]

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Bajo nuestra perspectiva, si bien dichas visiones culturales e historiográficas nos permiten aproximarnos a los elementos ya mencionados, resulta necesario rescatar el valor de las fuentes europeas como un medio para conocer la cultura y la vida material de los grupos aborígenes. En nuestro caso particular, el presente estudio analiza el valor de las relaciones de viajes de los siglos XVI y XVII, donde se relatan encuentros con indígenas en la frontera de la Patagonia y Tierra del Fuego.[7] Cabe señalar que a través de estos documentos no sólo se habla de imposiciones culturales, políticas y religiosas, las cuales representan las categorías tradicionales del dualismo indígena –como buenos salvajes e indios bestiales-, sino que también nos develan dimensiones materiales e inmateriales de las sociedades nativas.

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En este sentido, los encuentros y traspasos materiales entre europeos e indígenas generan una ruptura para la vida cotidiana de ambos mundos, rompiendo la unidad de la realidad conocida y estableciendo una apertura a los nuevos objetos y especies que se observan e intercambian en la frontera. La anotación de la cultura material a través de las fuentes, se torna una vía metodológica e historiográfica valiosa para comprender las formas y elementos culturales que constituyen la identidad de los pueblos aborígenes. A través de esta misma se pueden aproximar nociones y percepciones de las culturas con las cuales dialogan y mantienen contacto. En suma, las fuentes de los viajeros y conquistadores europeos sí resultan útiles para el estudio fronterizo con el mundo americano, en cuanto entregan información sobre las formas culturales y elementos materiales que configuran su realidad cotidiana.

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Los traspasos de objetos, especies y baratijas en las relaciones de frontera: una aproximación a la cultura material de los aborígenes de la Patagonia.

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Si ingresamos a las relaciones fronterizas entre europeos e indígenas, notaremos cómo se transfieren e intercambian objetos, especies y baratijas, las cuales fluyen de un lado a otro y van ampliando el universo cultural de estos pueblos. Sin duda alguna, esto nos remite a la noción de cultura material, la cual va ser clave para la comprensión de los grados de recepción, traspaso y sincretismo que se lleven a cabo entre los elementos que circulen en las diferentes culturas.

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¿Qué significa la cultura material dentro del campo histórico? ¿Y de qué manera esto nos permite aproximarnos a las nociones culturales e identitarias de una sociedad? Según Herbert Baldus y Carlos H. Alba, la cultura material es la totalidad de bienes materiales que posee un pueblo para adornarse y vestirse, alimentarse y abrigarse, para poder luchar contra los enemigos y para traficar, para hacer música y tener diversiones, en resumen, todos los aspectos concretos de una cultura.[8] En otras palabras, es el conjunto de productos tangibles, tales como atavíos y trajes, víveres y utensilios para obtenerlos, prepararlos y consumirlos, casa y muebles, armas, medios de transporte, instrumentos de música, máscaras, entretenimientos, etc.[9]

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De esta manera, tal como señala Fernand Braudel, la vida material son los hombres y las cosas, las cosas y los hombres, esto es, alimentación, vivienda, vestido, lujo, herramientas, instrumentos monetarios, pueblos y ciudades, en suma, todo aquello que el hombre utiliza.[10] Incluso, tal como indica Nikki R. Keddie, la cultura material se puede entender como las tecnologías u objetos producidos o adaptados para el uso humano.[11] Ya Peter Burke sostiene que la mayoría de las investigaciones sobre la cultura material hacen hincapié en el clásico trío temático (comida, ropa y cobijo), centrándose a menudo en la historia del consumo, y en el lugar de la imaginación, en la estimulación del deseo de bienes.[12] Un aspecto no menor, pues tal como señala Richard Grassby, mediante la cultura material se pueden comprender las ideas abstractas y significados simbólicos de las cosas, generando imágenes, representaciones y percepciones de los productos materiales.[13]

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En cierta medida, tal como plantea Isabel Sarmiento, cada objeto del inventario material de una cultura representa la concretización de una idea o secuencia de ideas.[14] El objeto no existe al margen de su importancia para el hombre.[15] De este modo, es posible apreciar cómo los objetos resultan esenciales para la comprensión del hombre en sí, puesto que permiten aproximarse a su vida cotidiana, cultura y mentalidad, dando cuenta de significados, códigos y representaciones de las cosas, las cuales ya no se quedan en el mero carácter utilitario, sino que se expanden a dimensiones que develan marcos más amplios de la cultura de las sociedades.[16]

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Si revisamos la descripción que realiza el corsario Francis Drake sobre los indios de la Patagonia, notaremos:

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Mientras esto se hacía, se nos acercaron algunos salvajes, los que andaban desnudos llevando tan solo en la cintura una piel sin curtir, de llama u otro animal, i ceñían su cabeza con algo como guirnaldas de plumas; algunos de ellos exhibían a mas un adorno parecido a cuernos. También se notaba en su rostro gran variedad de pinturas i cada cual hacía de la mano un arco como de vara i media i dos flechas. Estos hombres son de mucha agilidad, i según se pudo ver, mui entendidos en la guerra, pues marchaban y avanzaban en buen orden, de tal modo que representaban mayor número del que realmente eran.[17]

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Claramente podemos vislumbrar cómo se describen los elementos materiales que poseen los aborígenes. Si bien se destaca el hecho de que se encuentran desnudos, también es posible apreciar cómo se mencionan sus vestiduras, tales como una piel sin curtir, la guirnalda de plumas u ornamentos parecidos a cuernos. En cierta medida, el encuentro con este tipo de objetos de los nativos, va configurando imprecisiones dentro de las cosas materiales conocidas, es decir, ya con la piel el viajero no tiene la seguridad de si es de una llama u otro animal, lo mismo sucede con los ornamentos que utilizan, que se asemejan a una guirnalda con plumas y un adorno parecido a cuernos.

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Según Olaya Sanfuentes, el europeo utiliza sus nomenclaturas al nombrar las cosas diferentes, adaptándolas a las nuevas circunstancias. La nueva realidad debe entrar en los marcos tradicionales de la lengua conocida;[18] por eso se establecen símiles con objetos conocidos para el mundo europeo. Por otra parte, se destaca la variedad de pinturas en el rostro y las armas que posee este pueblo, lo que nos permite advertir prácticas rituales y herramientas de caza o beligerancia.[19] De este modo, se puede señalar cómo el contacto con estas culturas genera una ruptura con la realidad conocida, donde objetos poco comunes para el europeo empiezan a ampliar el universo cultural del Nuevo Mundo.

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Ya Miguel de Goicueta nos narra otra descripción de los aborígenes de la zona austral de América:

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Los indios que vinieron fueron catorce hombres de razonable estatura: sus armas eran fisgas de palo de dos brazas é desta hechura é así mismo traían unos puñales de hueso de Ballena bien de dos palmos de largo é de esta forma sus vestidos eran pellejos de lobos marinos é de corzos de montes no mas largo que hasta poco mas bajo de la cintura su hechura tal cual sale del animal, traen sus bergüenzas de fuera é sus cuerpos y caras salbigados de tierra colorada con algunos reveses de negro é de blanco y unas guirnaldas de plumas de pato sobre sus cabezas.[20]

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Nuevamente podemos observar cómo los indios se pintan con pigmentos los cuerpos y usan guirnaldas de plumas de patos sobre sus cabezas. Asimismo, se destaca el hecho de que los indígenas van desnudos y algunas de sus vestimentas están confeccionadas de los pellejos de lobos marinos. Sin duda alguna, percibimos cómo utilizan los materiales propios de su entorno y hábitat natural para elaborar sus vestimentas y herramientas, tales como las plumas de patos y los pellejos de los lobos de mar. Cabe destacar que sus armas están hechas de palo y huesos de ballena, lo que también nos da cuenta de cómo se apoyan en la naturaleza para elaborar sus artefactos cotidianos.[21]

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Tal como señala Susana Bandieri, las tribus patagónicas utilizan principalmente las materias primas para la fabricación de utensilios de uso cotidiano, tales como la piedra, el hueso, el cuero y la madera.[22] En este sentido, el vínculo que se establece entre el mundo natural y el desarrollo cotidiano de estas culturas es clave para su subsistencia, en cuanto extraen los recursos con los cuales confeccionan su vida material, lo cual les permite conseguir alimentos, vestimenta e implementos de caza y guerra.[23]

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Pero bien, el navegante Pedro Sarmiento de Gamboa, también nos presenta los diferentes traspasos materiales realizados en la frontera:

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El miércoles, 3 de febrero, vinieron algunos indios naturales de esta tierra y desde un cerro alto que está sobre este puerto nos dieron voces y nosotros les respondimos con otras voces y con señas llamándolos. Ellos pusieron una bandera blanca y pusímosles otra, y vinieron bajando a la costa y por señas nos llamaron que fuésemos donde ellos estaban […] No eran más de cuatro y cinco; y a los que fueron se les dio chaquiras, cascabeles, peines, zarcillos y cañamazo para darles y trabar amistad con ellos […] Y salieron en tierra el alférez y Hernando Alonso y los halagaron y les dieron más cosas de los rescates que se llevaban para este efecto, mostrándoles por señas de qué servía cada cosa y para donde era, con lo cual ellos se regocijaron mucho.[24]

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A partir de este documento podemos notar cómo los españoles sostienen encuentros y relaciones a voces y señas con los indígenas. Claramente no hay un manejo certero de las lenguas de estas culturas, por lo cual, los gestos y ademanes resultan cruciales para todo tipo de comunicación entre estas sociedades. Ahora bien, es importante destacar los traspasos de objetos y chucherías que se realizan en este marco fronterizo, donde los españoles les dan chaquiras, cascabeles, peines, zarcillos y cañamazo, con lo cual se busca trabar amistad con los nativos.[25] No hay que perder de vista que este tipo de objetos resultan novedosos y diferentes para la cultura indígena, quienes vislumbran con cierto pasmo y asombro todo este tipo de baratijas, regocijándose mucho con este tipo de objetos que generan una ruptura dentro de su cotidianeidad.[26]

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Incluso, el corsario Francis Drake, nos muestra el tráfico de la frontera existente entre los mismos aborígenes:

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Desde la bahía (que denominamos la bahía de la Separación de los Amigos) fuimos arrojados hacia el sur de los estrechos hasta el paralelo de los cincuenta i cinco grados i medio sur; donde fondeamos entre las islas procurándonos agua dulce mui buena i yerbas de particular virtud. No lejos de este paraje tomamos otra bahía donde encontramos un hombre i una mujer desnudos, que en sus canoas traficaban entre una i otra isla en busca de alimento: ellos permutaron algunos víveres por artículos insignificantes.[27]

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Mediante este pasaje podemos observar cómo se llevan a cabo traspasos de víveres y alimentos entre una y otra isla. Si bien el mar funciona como frontera, los nativos se desplazan por medio de sus canoas para intercambiar productos, generando movilidad y dinamismo económico en estas zonas.[28] Por otra parte, resulta importante recalcar cómo también los ingleses intercambian artículos insignificantes con los indígenas, con el fin de proveerse de alimentos para su expedición.[29] En este sentido, mediante la frontera de la zona austral americana, es posible observar cómo se establecen encuentros activos y dinámicos que permiten transacciones e intercambios de objetos materiales, los cuales no sólo funcionan como un atractivo para los aborígenes, sino que también permiten obtener estados de paz para los europeos y alimentos y recursos para su subsistencia en dichos parajes.

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Algunas consideraciones finales.

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En definitiva, mediante las relaciones fronterizas del mundo patagónico, es posible notar cómo se llevan a cabo encuentros y traspasos de la cultura material entre europeos e indígenas, donde estos intercambios de objetos, especies y baratijas abren un nuevo mundo de cosas materiales para ambas culturas. En cierta medida, se genera una ruptura cultural en cuanto se quiebra la unidad de la realidad conocida y se establece una apertura a los nuevos objetos y especies que vislumbran y tienen en su poder.

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La frontera se torna un espacio de flujos y transferencias, donde los pueblos adoptan, añaden y transforman ciertos modos de su cultura, mezclándolos con otras ideas, objetos y formas de vivir. En cierta medida, sea cual sea la cultura dominante, los traspasos van y vienen para ambas culturas que establecen el contacto. En el caso de los europeos, éstos adaptan ciertas formas de vivir a los medios de subsistencia del territorio patagónico, cambiando en muchos casos su dieta alimenticia y aceptando otras formas y costumbres diferentes a las de su cultura. En el caso de los nativos, éstos integran una serie de elementos culturales y materiales propios del mundo europeo, que generan una ruptura dentro de su marco cotidiano y natural.

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Dentro de los traspasos materiales entre los viajeros europeos y los habitantes de la frontera patagónica, es posible observar las descripciones que se realizan sobre los aborígenes, las cuales nos entregan valiosos datos sobre la cultura material que poseen, esto es, sus vestimentas, utensilios domésticos, herramientas, armas, medios de transporte, etc. En cierta medida, más allá de la crítica que se realicen a dichos objetos, existe un primer nivel de acercamiento que nos devela algunos de los elementos que caracterizaban a los nativos. Si bien podríamos pensar que los viajeros también anotaron sólo los objetos que podían resultar más llamativos, dejando de lado cualquier otro tipo de elemento material, aún así no deja de ser información valiosa la que entregan, puesto que son cosas que conforman parte de las culturas retratadas, materiales que utilizan en su día a día, configurando sus prácticas y actividades de subsistencia.

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En definitiva, mediante las relaciones y traspasos de elementos materiales e inmateriales en la frontera patagónica, podemos notar cómo se torna una vía metodológica para el estudio de las culturas en el campo historiográfico. A través de esto, es posible comprender cómo se construyen dos entidades culturales a través de transferencias, intercambios y sincretismos, las cuales también se nutren de la curiosidad, el asombro y el exotismo, que se tornan los ejes motores para el desarrollo de estos encuentros y contactos en la frontera. Junto con esto, la lejanía del espacio patagónico, como un margen fronterizo, también contribuye a configurar un plano exótico y maravilloso, donde las rarezas de la humanidad, flora, fauna y objetos, incentivan el desplazamiento a estos lugares distantes y desconocidos. En este sentido, el viaje hacia los confines del mundo no sólo devela algunas dimensiones materiales e inmateriales de los pueblos aborígenes, sino que también nos aproxima a la construcción cultural e identitaria que realiza el mundo europeo sobre la otredad: una frontera lejana, extraña e incógnita que representa una realidad diferente al mundo conocido.

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* Pablo Castro Hernández es Licenciado en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Magíster © en Historia mención Arte y Cultura de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.


[1] Todorov, Tzvetan, La conquista de América. El problema del otro, Siglo XXI, Buenos Aires, 2008, p.13

[2] Householder, Michael, “Eden’s translation: women and temptation in Early America”, Huntington Library Quarterly, vol. 70, núm. 1, 2007, pp.12-14

[3] Zavala, Silvio, “The American Utopia of the Sixteenth Century”, Huntington Library Quarterly, vol. 10, núm. 4, 1947, pp.338-339

[4] Apreciar la situación de la frontera como problema histórico, nos conlleva a considerar una serie de elementos políticos, económicos, sociales y culturales que se relacionan de manera constante en este tipo de zonas divisorias. Según María Ximena Urbina, la frontera es una palabra de origen latino, que proviene de frons, luego frontis, traducido como frente. Como adjetivo, frontero o frontera, significa lo que está puesto y colocado enfrente (para quien lo mira desde dentro, desde ‘lo uno’ en oposición a ‘lo otro’), y como sustantivo, quiere decir el extremo o confín de un estado o reino. En este sentido, la frontera se debe entender primero como un límite [Urbina Carrasco, María Ximena, La Frontera de arriba en Chile Colonial. Interacción hispano-indígena en el territorio entre Valdivia y Chiloé e imaginario de sus bordes geográficos, 1600-1800, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valparaíso, 2009, p.27]. Junto con esto, tal como sostiene Guillaume Boccara, la frontera describe una realidad de zona de contacto entre dos entidades política y culturalmente diferentes, generando también una construcción retórica, material e ideológica en torno a los espacios fronterizos [Boccara, Guillaume, “Génesis y estructura de los complejos fronterizos euro-indígenas. Repensando los márgenes americanos a partir (y más allá) de la obra de Nathan Wachtel”, Memoria Americana, núm. 13, 2005, p.32]. Sin ir más lejos, tal como agrega Elena Altuna, las fronteras son franjas de intercambio de bienes simbólicos y materiales; son lugares donde entran en contacto cuerpos, ideologías, visiones de mundo, lenguas y no meramente espacios geográficos [Altuna, Elena, “Introducción: Relaciones de viajes y viajeros coloniales por las Américas”, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, Año 30, núm. 60, 2004, p.13]. En este sentido, es posible apreciar cómo la frontera se torna un espacio de tránsito donde circulan una serie de elementos propios de las culturas que se encuentran en contacto, donde este tipo de transferencias generan rupturas dentro de la cotidianeidad de estas comunidades.

[5] El hombre salvaje es una criatura imaginaria cuya figura proviene de una serie de criterios culturales donde las ideas de locura y herejía se contraponen al ideal europeo de racionalidad y fe. Los apelativos negativos reflejan el temor a caer en el error y se usan para definir el estado de una persona y para mostrar nociones antagónicas como las de civilización y barbarie. De hecho, el mecanismo que se utiliza es de autodefinición a través de negación: el hombre civilizado es tal porque no es salvaje y este último no vive de acuerdo a los cánones del mundo civilizado, por lo que se le considera primitivo y marginalizado [Sanfuentes, Olaya, Develando el Nuevo Mundo. Imágenes de un proceso, Ediciones UC, Santiago, 2009, pp.178-179]. Para una mayor revisión sobre la noción de barbarie, salvajismo e inferioridad en el indígena americano, véase: Todorov, Tzvetan, La conquista de América. El problema del otro, Siglo XXI, Buenos Aires, 2008; O’Gorman, Edmundo, La invención de América, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1995; Fontana, Joseph, Europa ante el espejo, Crítica, Barcelona, 2000; Gruzinski, Serge, La guerra de las imágenes: de Cristóbal Colón a Blade Runner (1492-2019), Fondo de Cultura Económica, México, 1994; Ramírez Alvarado, María del Mar, Construir una imagen. Visión europea del indígena americano, Colección América, Sevilla, 2001; Carreño, Gastón, “El pecado de ser otro. Análisis a algunas representaciones monstruosas del indígena americano”, Revista Chilena de Antropología Visual, núm. 3, Santiago, 2003, pp.33-58; Nieto Orriols, Daniel, “La tradición clásica en las imágenes de América: pervivencia de los modelos y tópicos grecolatinos en la Conquista”, Revista Historias del Orbis Terrarum, núm. 8, Santiago, 2012, pp.87-106

[6] Poco a poco iba develándose una geografía exótica, con una multiplicidad de paisajes, variedad de climas, diversidad de plantas y animales. América fue entrando en los barcos y en los objetos de los descubridores en formas de indios, papagayos, ovillos de algodón, frutas y trozos de oro. El mundo europeo se encuentra con una nueva flora, fauna y humanidad que le asombra y deslumbra por las rarezas y riquezas de estas tierras lejanas e incógnitas [Cfr. Rojas Donat, Luis, Para una meditación de la Edad Media, Ediciones Universidad del Bío-Bío, Chillán, 2009, pp.403-404]. Para una mayor revisión sobre el concepto de una América mágica, exótica y fabulosa, véase: Magasich, Jorge y De Beer, Jean-Marc, América mágica. Mitos y creencias en tiempos del descubrimiento del nuevo mundo, LOM, Santiago, 2001; Rojas Mix, Miguel, América imaginaria, Lumen, Barcelona, 1992; Lira, Margarita, “La representación del indio en la cartografía de América”, Revista Chilena de Antropología Visual, núm. 4, Santiago, 2004; Castro Hernández, Pablo, “Monstruos, rarezas y maravillas en el Nuevo Mundo. Una lectura a la visión europea de los indios de la Patagonia y Tierra del Fuego mediante la cartografía de los siglos XVI y XVII”, Revista Sans Soleil, Estudios de la Imagen, núm. 4, 2012, pp.30-52; Rivera, Fernando, “Paraíso caníbal. Cosmografía simbólica del Mundus Novus”, Tabula Rasa, núm. 10, 2009, pp.265-306

[7] Cabe mencionar que las fuentes seleccionadas para el presente estudio corresponden a una serie de relatos de viajes europeos realizados a la Patagonia y el Estrecho de Magallanes durante los siglos XVI y XVII, donde se presentan las diferentes relaciones culturales que mantienen con los nativos y la construcción de imágenes  que realizan del mundo indígena. Dentro de los documentos escogidos, encontramos la obra del cronista italiano Antonio Pigafetta, titulada Primer viaje alrededor del mundo (1524), donde se narra la expedición de Fernando de Magallanes y la descripción de nuevos lugares del mundo, tales como el Estrecho de Magallanes, el océano Pacífico y la Patagonia. En el mismo documento podemos vislumbrar la anotación de costumbres, prácticas y elementos materiales que poseen los distintos pueblos indígenas de la zona austral del continente que recorren. Del mismo modo, se ha considerado la Relación del viaje al Estrecho de Magallanes del navegante y explorador español Juan Ladrillero (1557-1559), donde se relata la expedición a la entrada occidental del Estrecho y los canales patagónicos, mostrando las diferentes relaciones que mantienen con los indígenas y las descripciones culturales y cotidianas que se realizan sobre los mismos, ya sea en torno a sus vestiduras, alimentación, armas y transportes. Junto con esto, se ha optado revisar el Viaje del Capitán Juan Ladrillero al descubrimiento del Estrecho de Magallanes del escribano español Miguel de Goicueta (1557-1558), quien narra la expedición de Juan Ladrillero desde otra de sus naves al mando del piloto Francisco Cortés Ojea. A partir del documento podemos vislumbrar las relaciones que se establecen entre españoles e indígenas, ya sea en acuerdos, conflictos o parlamentos en la frontera, y las diferentes anotaciones que se realizan sobre el modo de vivir de los pueblos patagónicos. Por otra parte, se examina el Diario del corsario inglés Francis Drake (1577-1579), en el cual narra su viaje desde Inglaterra hasta el Pacífico, cruzando por el Estrecho de Magallanes, llegando posteriormente al Virreinato del Perú y la costa norte de California cercana a la Nueva España. En este escrito es posible observar la descripción de algunos pueblos, sus costumbres y actividades, como también su cultura material, vestimentas, armas y herramientas. Asimismo, se ha considerado la obra del explorador y navegante español Pedro Sarmiento de Gamboa, titulada Viajes al Estrecho de Magallanes (1579-1580), donde se relata la exploración por los canales patagónicos y el Estrecho de Magallanes y los distintos traspasos materiales e inmateriales que se establecen entre el mundo europeo y los aborígenes de la zona austral americana. Finalmente, se revisa la Relación diaria de los navegantes holandeses Jacobo de Mayre y Guillermo Cornelio Schouten (1619), quienes emprenden una expedición que tiene como objetivo encontrar una nueva ruta hacia el Pacífico y las islas de las Especias, evitando la exclusividad de las rutas del Estrecho de Magallanes y el cabo de Buena Esperanza y encontrar el supuesto continente austral, conocido como Terra Australis. En este documento se aprecia la flora y la fauna de la zona austral americana, la cual constituye la base de la cultura material de los grupos indígenas que habitan los confines del mundo.

[8] Baldus, Herbert y Alba, Carlos H., “Cultura material”, Revista Mexicana de Sociología, vol. 9, núm. 2, 1947, p.171

[9] Idem.

[10] Braudel, Fernand, Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII, tomo I, Alianza, Madrid, 1984, pp.1-8

[11] Keddie, Nikki R., “Material culture and geography: toward a holistic comparative history of the Middle East”, Comparative Studies in Society and History, vol. 26, núm. 4, 1984, p.710

[12] Burke, Peter, ¿Qué es la historia cultural?, Paidós, Barcelona, 2006, p.90

[13] Grassby, Richard, “Material Culture and Cultural History”, The Journal of Interdisciplinary History, vol. 35, núm. 4, 2005, p.591

[14] Sarmiento, Isabel, “Cultura y cultura material: aproximaciones a los conceptos e inventario epistemológico”, Anales del Museo de América, núm. 15, 2007, p.221

[15] Ibíd., p.225

[16] Ahora bien, es importante tener en cuenta que dentro del debate de la cultura material, ésta no se basa sólo en nociones de imágenes y representaciones construidas a partir de los artefactos u objetos. En relación a esto, tal como considera Jean-Marie Pesez, la noción de cultura material no posee valor por sí misma, sino que sólo lo tiene si se revela útil, es decir, la cultura material tiene una evidente relación con las restricciones materiales que pesan sobre la vida del hombre, por lo cual, la materialidad desde el momento en que se expresa de manera abstracta deja de tratarse de cultura material [Pesez, Jean-Marie, “Historia de la cultura material”, Clío, núm. 179, 2010, p.226]. Junto con esta acepción, J. S. Gasiorowki, define la cultura material como el conjunto de grupos y actividades humanas que responden a una finalidad consciente y poseen un carácter utilitario realizado en objetos materiales [Sarmiento, Isabel, Op.cit., p.221]. De esta manera, es posible vislumbrar como los artefactos y las cosas nos aproximan a elementos culturales y cotidianos de los grupos humanos, lo que nos permite reconstruir significados y valores que constituyen las estructuras identitarias de una sociedad. Ya Norman Pounds señala que la cultura material se define como los distintos modos en que se han satisfecho las necesidades humanas elementales de comida, cobijo y vestido, pero donde la misma categoría de necesidad ya no es adecuada de utilizar en cualquier contexto, sino que se tiene que considerar la propia naturaleza de progreso de las culturas, donde la satisfacción de una carencia facilita la satisfacción de otras [Pounds, Norman, La vida cotidiana: historia de la cultura material, Crítica, Barcelona, 1992, p.23]. En este sentido, la cultura material de cada sociedad va a estar ligada a sus propios contextos y necesidades humanas, donde los objetos y artefactos van a surgir en la medida que sean útiles y necesarios para el desenvolvimiento cotidiano de una determinada cultura, adquiriendo una finalidad de uso consciente en la vida del hombre.

[17] Francis Drake, Expedición de Francis Drake, Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, Año VI, Imprenta Nacional, núm. 29, Valparaíso, 1880, p.536

[18] Sanfuentes, Olaya, Op.cit., p.211

[19] Según Susana Bandieri, las plumas de avestruz eran esencialmente apreciadas para las prácticas rituales de estos pueblos patagónicos, en tanto que los pigmentos de origen vegetal, mineral o humano –como la menstruación femenina-, se usaban para decorar vestimentas, mantas, viviendas y cuerpos. Del mismo modo, señala que los calzados y el quillango, manto con la piel hacia adentro usado para la vestimenta de hombres y mujeres, estaban confeccionadas de pieles de guanaco. En el caso de las armas, éstas son esenciales para la caza de grandes animales en los valles cordilleranos y en la meseta patagónica, siendo la base de sustento de los grupos indígenas del continente [Bandieri, Susana, Historia de la Patagonia, Sudamericana, Buenos Aires, 2009, p.38].

[20] Miguel de Goicueta, Viaje del capitán Juan de Ladrillero al descubrimiento del Estrecho de Magallanes, Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, Año V, Imprenta Nacional, núm. 29, Valparaíso, 1879, p.505

[21] Los viajeros holandeses Jacobo De Mayre y Cornelio Schouten, en su recorrido por la zona austral americana, dan cuenta de su fauna y entorno natural: «Aquí vimos innumerables pinguinas, y muchos pefcados menudos y millares de ballenas, de manera que andavamos barloventeando por no dar en ellas» [Jacobo de Mayre y Guillermo Cornelio Schouten, Relación diaria, Colección Biblioteca Nacional, Madrid, 1619, p.9]. Claramente podemos notar cómo esta anotación que se realiza de la fauna nos permite comprender que tipos de animales rondaban por dicho espacio, los cuales integraban a su dieta alimenticia, o bien utilizaban para fabricar sus herramientas y utensilios. Incluso, Juan Ladrillero señala refiriéndose a la cultura material de los indígenas del Estrecho de Magallanes: «Su traje es de cueros de lobos i de nutrias; atados por las gargantas, que les llegan hasta las rodillas, manteniéndose de lobos marinos que matan, i de marisco, i pescado, i de ballenas, que dan en tierra; i cómenlo crudo, i otras veces lo asan poca cosa. Sus armas son unos dardillos de madera blanca, i dagas de hueso de ballena i de animales» [Juan Ladrillero, Expedición de Juan Ladrillero, Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile, Año VI, Imprenta Nacional, núm. 29, Valparaíso, 1880, p.490]. A partir de este fragmento, también notamos cómo se utilizan los cueros y pieles de lobos marinos para realizar sus ropajes, o cómo se alimentan de otras especies –mariscos, pescados y ballenas varadas-, e incluso, cómo confeccionan sus armas con madera blanca o huesos de ballenas y otros animales. En cierta medida, esto resulta fundamental dentro de sus actividades cotidianas, lo que les permite abrigarse, conservar una dieta alimenticia y tener herramientas para acceder a los distintos recursos que le permitan su subsistencia.

[22] Bandieri, Susana, Op.cit., p.38

[23] Cabe destacar cómo las culturas patagónicas, sean pescadores, cazadores o recolectores, logran adaptarse a las más difíciles condiciones ambientales, en la medida que conceden a la naturaleza un rol fundamental dentro de su existencia, resultando vital transmitir ese conocimiento para asegurar su supervivencia como cultura; por ello, estas culturas nómades bautizaron cerros, lagos, ríos y volcanes, sintetizando un vínculo entre naturaleza y hombre [Said, Jaime, Patagonia, Editorial Patagonia Media, Santiago, 2011, p.74].

[24] Pedro Sarmiento de Gamboa, Viajes al Estrecho de Magallanes, Alianza, Madrid, 1988, p.102

[25] El cronista Antonio Pigafetta nos muestra un interesante caso de traspasos materiales: «El comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por primera vez veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él. Le dimos cascabeles, un espejo pequeño, un peine y algunos granos de cuentas» [Antonio Pigafetta, Primer viaje en torno del globo, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, 1970, p.23]. A partir de este fragmento podemos notar cómo hay traspasos de diversos objetos al aborigen, pero del cual el espejo resulta totalmente novedoso para su realidad. En cierta medida, este objeto donde se refleja el aborigen, causa sorpresa y miedo por no comprender que significa, echándose espantado hacia atrás. En este sentido, los objetos y artefactos traídos por el mundo europeo al continente americano establecen un quiebre con las cosas conocidas y alimentan la curiosidad y novedad que traen los forasteros.

[26] Asimismo, el escribano Miguel de Goicueta nos relata otro caso de intercambios fronterizos: «Mandó el capitán no los enojásemos porque quería asimismo asegurarlos hasta la partida por llevar algunos que le pareciesen para lenguas é así el propio capitán les dio anzuelos para sus pesquerías é torsales de oro para sus cuellos é muñecas é otras cosas con que se fueron contentos y otro día siguiente vinieron 16 indios a los cuales salió el capitán é le presentaron un zurron de cuero de lobo lleno de tierra colorada con el cual presente nos reímos mucho y el capitán les dio medallas hechas de estaño é llantos de paños de colores y otras cosas é viscocho é trigo cocido lo cual no querían ni sabían comer» [Miguel de Goicueta, Viaje del capitán Juan de Ladrillero al descubrimiento del Estrecho de Magallanes, Op.cit., p.505]. Claramente podemos apreciar cómo hay traspasos de elementos materiales entre una y otra cultura. En primer lugar, el capitán les da anzuelos y torzales de oro a los indígenas, lo cual genera gran alegría entre los mismos. Posteriormente, los nativos llegan con un presente para los hispanos: una bolsa grande de cuero de lobo marino. Finalmente, el capitán les da medallas de estaño, paños de colores y otras baratijas, e incluso, trigo cocido, donde rechazan lo último por no saber comerlo. En cierta medida, estas transferencias que realizan por medio de presentes y entrega de baratijas, nos dan cuenta del traspaso material que se genera en la zona fronteriza. Más aún, resulta interesante destacar las actitudes y comportamientos que surgen a partir de estos objetos, donde los indígenas se contentan por los objetos que animan su curiosidad, en tanto que los españoles aceptan sus presentes en la medida que también les permite evitar conflictos con estos pueblos.

[27] Drake, Francis, Expedición de Francis Drake, Op.cit., pp.544-545

[28] Hay que tener presente que la fabricación de canoas a base de cueros de lobos de mar, las que se inflaban y transformaban en canoas, con una estructura plana de madera en el medio, les permitía navegar por los canales y fiordos del sur, dentro de las aguas internas y protegidas del océano Pacífico, dando así una solución a la comunicación con sus islas, permitiéndole desplazarse libremente por los archipiélagos y fiordos patagónicos [Said, Jaime, Op.cit., p.53].

[29] Resulta interesante mencionar el caso que señala Antonio Pigafetta sobre el encuentro que mantienen con un patagón: «Pasó algunos días en nuestra compañía, habiéndole enseñado a pronunciar el nombre de Jesús, la oración dominical, etc., lo que logró ejecutar tan bien como nosotros, aunque con voz muy recia. Al fin le bautizamos dándole el nombre de Juan. El comandante le regaló una camisa, una chupa, pantalones de paño, un gorro, un espejo, un peine, cascabeles y otras bagatelas, regresando entre los suyos al parecer muy contento de nosotros. Al día siguiente obsequió al capitán uno de esos grandes animales de que hemos hablado, recibiendo en cambio otros presentes a fin de que nos trajese aún algunos más» [Antonio Pigafetta, Primer viaje en torno del globo, Op.cit., p.25] Mediante este extracto podemos notar cómo se traspasan objetos materiales, generando un sincretismo cultural, en la medida que el nativo empieza a utilizar los ropajes de los europeos y los integra a su realidad. Por otro lado, en estas relaciones fronterizas también se desplazan elementos inmateriales, como es el caso del nombre de Jesús, donde le enseñan palabras y oraciones cristianas. Asimismo, es posible observar cómo el aborigen retribuye los objetos y baratijas dados por los europeos, y le entrega al capitán un animal como obsequio. Sin duda alguna, esto resulta valioso para los viajeros, considerando la dificultad de acceder a la alimentación en dichos parajes, por lo cual, le entregan otras bagatelas que le llamen su atención con el fin de incentivar el envío de otros animales que sirvan como recursos para el mantenimiento en la zona.

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Fuente de la imagen: Indígenas en el Estrecho de Magallanes.

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