Algunos presupuestos antropológicos relacionados con el estudio de la historia

 .

Por Pablo Follegati Tefarikis*

Leer en PDF

 .

Un sintético adagio reza: “a veces, los árboles no dejan ver el bosque”. Esta idea, que se puede aplicar donde quiera que sea posible que un intelecto corra el riesgo de perder la visión de conjunto por culpa de una colección más o menos numerosa de datos o “partes”, puede, por desgracia, hacerse frecuentemente efectiva en el estudio de la historia. A esta capacidad de “ver el bosque” la llamaremos, capacidad de síntesis, y trataremos en este artículo de acercarnos al papel que esta fundamental operación mental juega en el estudio de la historia.

 .

La tesis es la siguiente: si en el estudio de la historia desaparece la inclinación a la síntesis, perdiéndose así la dimensión sapiencial inherente a toda actividad teorética humana, el estudio de la historia queda momentáneamente sin norte, dejando por ello de cumplir su papel.

 .

El estudio de la Historia no puede ser un juego. El interés histórico es algo inherente a la naturaleza humana, y esto es no algo de lo que toda disciplina pueda decir de sí misma. El hombre, por ser tal, está inclinado a conocer su pasado, en la medida en que éste le pueda servir para el conocimiento de sí mismo y de su propia realidad. Dado que el hombre es una inteligencia “incorporada” y está por ello sometido a las categorías del tiempo y el espacio, no puede entenderse y pensarse a sí mismo de modo integral y en abstracto. El ser del hombre está distendido en el tiempo[1], y consta de un origen que supone unas determinadas circunstancias familiares y culturales. El pasado de un hombre es también de algún modo ese mismo hombre, y nadie puede conocerse y entenderse a sí mismo sin considerar esta dimensión. Es fácil para cualquier historiador y persona de buen sentido entender los riesgos que se corren en un pueblo cuando éste olvida o desprecia su propia Historia: quedará fácilmente a merced del ideólogo de turno. Si no se sabe quién se es, habrá que esperar que otro me lo diga.

 .

Es algo natural, entonces, que los hombres, por la intrínseca apertura de su entendimiento a todo lo real, deseen conocer el origen no tan solo personal sino aquel origen que diera sentido al mismo mundo que habita. Más allá del modo en que lo busque, el hombre está abierto a las preguntas fundamentales de la existencia, inherentes a todo hombre en cuanto tal. El interés por el pasado (el origen) y por el futuro (su destino) está de algún modo implícito en toda búsqueda humana de saber.

 .

La inclinación al conocimiento de las matemáticas o de la química, por citar un par de ejemplos, son hábitos adquiridos que pueden estar o no en una persona, porque no se constituyen como saberes que el hombre desee conocer por el mismo hecho de ser hombres. El pasado humano, o más bien aquello que se preserva del pasado en el presente y que por esa razón nos constituye es, por el contrario, objeto de espontáneo interés.

 .

Obviamente no queremos decir que esta inclinación natural alcance a la Historia en cuanto disciplina teórica. Nos referimos tan solo a ese deseo de todo hombre de conocer el pasado de modo tal que le sea posible realizar una síntesis vital, ubicarse lo mejor posible en el mundo en que vive y entender fundadamente quién es, y en qué consiste y hacia donde parece ir el mundo en el que le tocó vivir. 

 .

No obstante la diferencia recién señalada entre la Historia como disciplina particular y el interés existencial en la historia que habita en todo hombre, no se puede soslayar el hecho de que, en último término, la primera solo adquiere sentido en relación con la segunda. La disciplina histórica es tan solo aquella dedicación más o menos profesional que unos pocos realizan precisamente en atención al interés que el conocimiento de la historia despierta de modo natural en los hombres, y que está motivado a su vez por la radical inclinación humana a la sabiduría: esto es lo que le da sentido a la profesión.  De lo contrario, el saber histórico corre el riesgo de no pasar de ser un divertimento intelectual, un hobby más o menos refinado.

 .

Es necesario, entonces, que los historiadores no olviden, cualquiera sea su ámbito de estudio histórico, la inclinación a la síntesis a la que naturalmente tiende el entendimiento humano y tratar de relacionarla hasta donde sea posible, con la Historia.

 .

La síntesis dice relación con “lo uno”. Realizar una síntesis consiste en aquella operación intelectual por la que se entiende unitariamente alguna multiplicidad de conceptos o datos. (En este sentido, todo concepto es una cierta síntesis, es unidad). Solo en ella se puede dar un significado[2]. Desde antiguo se vio la intrínseca relación entre la síntesis o unificación conceptual con el entender en cuanto tal. “Si no unificas, no entiendes”, decían los antiguos. Ahora bien, la historia supone de entrada el conocimiento o contacto con algo tan plural y concreto como la vida misma. La historia trata, en una primera aproximación, de hechos concretos, de aquellas realidades pasadas que, en cuanto que tienen su fundamento en los actos libres de los hombres, son únicas e irrepetibles; en una palabra, y por oposición por ejemplo a las matemáticas, su ámbito está en lo singular y no en lo abstracto. Todo ser histórico es singular.

 .

La historia trata también de realidades que están distendidas en el tiempo, de aquello cuya unidad no se da de buenas a primeras y de un solo golpe: supone sucesión, transcurso, sumatoria o incluso “colección”. Al mismo tiempo, una narración no se puede entender hasta que no acaba: solo cuando se establece algún tipo de límite es posible propiamente entenderla. Solo desde algún final o límite temporal que actúe como tal se puede dar razón y vislumbrar el sentido de esta sucesión de hechos relacionados entre sí. En otras palabras, la narración no tiene plena inteligibilidad sino hasta el momento en que se puede hacer síntesis, hasta cuando se puede “ver” algún tipo unidad de aquella sucesión de la que hablamos, unidad que vendrá dada por la conexión mejor o peor hecha que el historiador o narrador haya sido capaz de realizar[3].

 .

Esto es lo que explica que sea natural y necesario que en la historia se establezcan o acuerden límites temporales de modo tal que la búsqueda que realiza nuestro entendimiento sea, aunque difícil, posible. Por esto es necesaria la periodificación[4].

 .

Todo dato concreto de la historia, para que tenga finalmente algún tipo de significación, necesita ser subsumido en una unidad mayor, sin la cual el dato, aunque no pierda realidad, no puede significarse ni entenderse propiamente. “Andrés Bello nació en Venezuela” es un dato: que esto importe y tenga relevancia –mucha o poca, lo mismo da el caso- es algo que sólo lo puede dar el historiador quien intentará establecer relaciones de causalidad, contextualizando, poniendo en relación unos hechos con otros, los que, por sí mismos, serían incapaces de explicarse. La Historia trata de contar o narrar, y para esto necesita conectar, buscar coherencia en lo que parece caótico y atomizado. Por ello la historia es también “indagar” -como lo siguiere su etimología-, y trata de sacar a luz esa unidad y significado que en principio solo parece ininteligible azar. 

 .

La labor del historiador es, por tanto, materialmente esa indagación en búsqueda de datos significativos y formalmente es el intento de comprensión que se intenta llevar a cabo a través de una unidad coherente de sentido. Ese enlazamiento de hechos, de asociaciones y relaciones más o menos complejas que se pueden hacer una vez analizadas unas determinadas fuentes, pretende explicar una parte del pasado que pervive de alguna manera en el presente, haciendo posible que este también tenga un significado, un sentido.

 .

Pero la labor de la Historiografía no puede quedar ahí. La dimensión temporal de la vida humana obliga no tan solo a explicar el presente por un pasado de algún modo todavía vivo, sino a proyectarla hacia el futuro. El presente es también proyección, posibilidad abierta de lo que todavía no es, pero pudiera ser. Quien pretende explicar una parte del pasado y relacionarlo con la vida presente tiende, de un modo u otro, a proyectarlo hacia el futuro.

 .

No se trata de que el conocimiento de la Historia tenga por finalidad formal el predecir o “anunciar” el futuro, sino que le es inseparable su vocación a la proyección hacia “adelante” de aquello que parece ser el curso o marcha de la Historia. Si un aspecto central de labor del historiador es buscar el significado de la Historia, es consecuencia natural que aquel significado esté también proyectado, en la medida en que el pasado queda patente a los hombres de hoy, y condiciona su actuar a futuro, sean los actores concientes o no de ello.  Muchos y muy importantes historiadores lo han intentado con toda naturalidad.

 .

La búsqueda de un curso de la Historia, de un telos o meta hacia la que se dirija (o, en el peor de los casos de una estructura de la Historia como en el caso de Spengler, que una vez conocida permite prever lo que acontecerá en la evolución de una cultura) imposible de ver sin una atenta consideración del pasado, ha estado explícitamente presente en la labor de la historiografía de los tiempos modernos[5]. También, y con toda propiedad, está presente en la visión de la Historia de la tradición cristiano-occidental[6].

 .

La cosmovisión del historiador: el punto de partida.

 .

Pero como es sabido, el historiador no “parte de cero”, no llega neutro a ejercer su actividad.  Ella supone una mirada anterior, un punto de partida que está fuera o más allá de la labor del historiador en cuanto tal, y de la cual no puede prescindir. Todo historiador tiene una cosmovisión en la cual tiene cimentada su mirada, y desde la que se apoya para interpretar el mundo del pasado, que investiga; el del presente, que desea explicar y el del futuro, que pretende proyectar.

 .

Esta visión, no es un problema historiográfico: es ya de teoría de la historia, o de filosofía de la historia, pero su consideración no es, formalmente considerada, algo propio de la historiografía. Supone una toma de posición por parte del historiador, una creencia previa, un sustrato de ideas que no provienen de la misma Historia ni como objeto de estudio ni como disciplina, sino que es ya un problema filosófico-religioso que la trasciende.

 .

¿Qué supone esta cosmovisión? En primer lugar, una idea acerca de qué sea el Hombre y cuál sea su origen y su destino. Esta pregunta, que es esencialmente religiosa, pero filosófica por extensión[7], es naturalmente anterior a la labor historiográfica en cuanto tal. No importa que el historiador tenga la justa pretensión de ser lo más “objetivo” posible y apegado a los hechos que se pueda: esto, más que pretensión es una exigencia mínima, pues otra cosa sería ya falsear o manipular la Historia. Sin apego a la verdad de los hechos se es solo un remedo de historiador, lo que es distinto a ser un mal historiador. Este último podrá estar desinformado, ser poco preciso y desprolijo en su investigación, pero el primero falla en lo básico de su pretendida labor y es más bien un ideólogo.

 .

Pero una cosa es el amor a la verdad de lo sucedido y la capacidad de investigación para desentrañarlo, y otra distinta es la labor de comprenderlo e interpretarlo o darle significación. El mismo criterio de selección de datos y hechos y la posterior correlación que intente establecer entre ellos será tributaria, en mayor o menor medida, de aquella mirada que tenga acerca de qué sea el Hombre y cuál sea su destino[8].

 .

Además del recién mencionado, existe un segundo aspecto que está también incluido en aquella cosmovisión que decimos es necesaria al historiador y que le sirve de punto de partida: la de cuál sea su concepción acerca de lo que constituye “el sujeto último de la historia”.

 .

¿Qué es finalmente lo narrado? Es cierto que la materia de una narración es la sucesión de hechos a los cuales el historiador da una unidad de sentido. Pero ¿qué sustenta dicha ligazón, qué hay detrás de ella que la haga posible? Una cosa son los acontecimientos que constituyen una narración, pero otra distinta es aquello de lo que trata dicha narración. Este sustrato corresponde a ese sujeto último de la Historia[9].

 .

El contraste de la historia con una biografía ayuda a graficar lo que se queremos decir. Cuando se realiza una biografía, aquello que está “antes y después” de toda narración es una persona. No puede ser de otro modo. Lo que se pretende explicar en ella es el curso de una vida -a la par que su influencia o aportes a la humanidad o a una cultura en particular-, de alguien que, con toda la evolución que haya tenido en el tiempo, permanece de algún modo él mismo (de otro modo no podríamos titular la biografía con un nombre). En tal caso, aquella persona será el sujeto de la biografía.

 .

Pero ¿sucede lo mismo con la Historia en general? ¿Cuál es su sujeto? De entrada, pareciera que el sujeto de la historia es múltiple. Puede ser una nación y su proyección en el Estado, una institución, una idea, o una dimensión de la vida como la religión, el arte, la economía, una clase social, unas mentalidades, unos valores. Pero cualesquiera sea el objeto particular que se estudie en cada caso, subyacerá a él un “sujeto” más universal que justificará aquel esfuerzo en particular, al que podemos llamar “sujeto último de la Historia”.

 .

De entrada, no parece tan complicado notar que detrás de los múltiples sujetos posibles de la Historia recién nombrados, aparece, como englobándolos a todos, el género humano. Esta noción es la que permite la posibilidad misma de historia. El sentido último de la Historia se corresponde con el destino final del género humano.

 .

Pero ¿cuál es el origen del género humano? ¿Cuál es el anhelo más profundo del Hombre? ¿Para qué fue hecho? O bien, dado que el hombre carece de una naturaleza y de una finalidad intrínseca y su existencia es fruto del azar cósmico, ¿qué debe hacer, a qué debe tender cada hombre en esta vida, a qué el género humano en su totalidad? ¿Qué es aquello que en último término se narra cuando se escribe la Historia?

 .

De las respuestas a estas interrogantes se puede ver con un poco más de claridad cuál es la dimensión sapiencial de la que veníamos hablando implícita a la labor del historiador.

 .

El sentido último de la Historia del género humano es donde vienen a parar la multitud de conocimientos humanos y a encontrar en él su definitivo sentido. Respecto de él se puede pretender entender a un mismo tiempo el presente y el curso del género humano hacia adelante, al mismo tiempo que permite interpretar y comprender “hacia atrás” toda la historia del Hombre.

 .

Aquí es donde la Historiografía tiene su máximo desafío al mismo tiempo que su último límite: el conocimiento del fin de la Historia no es ya un tema de la misma Historiografía, pero al mismo tiempo es de modo virtual su temática más importante y está siempre de algún modo latente. Todo historiador no puede sino pretender explicar y desentrañar el pasado en orden a entender el presente; pero el conocimiento del fin último de la Historia, en cuanto permite conocer su sentido último, es el nivel más profundo posible de explicación.

 .

Por ello es que todo intento historiográfico está penetrado más o menos directamente de estas cuestiones últimas denominadas de “carácter sapiencial” y le son, como hemos pretendido mostrar, inseparables. Es también aquí de donde el historiador debe tener su inspiración, en orden a que su labor pueda convertirse en un aporte a la consecución de aquella síntesis de vida, que es donde viene a encontrar su sentido todo conocimiento humano, pues, según la feliz expresión de Santo Tomás de Aquino, “todas las ciencias y artes se ordenan a una única cosa, a saber, a la perfección del hombre, que es su felicidad”[10].  

 .

***

 .

* Pablo Follegati Tefarikis es Licenciado en Historia y Periodista de la Universidad Gabriela Mistral. Realizó el Diplomado de Teología en “Iniciación Bíblica” en la Pontificia Universidad Católica de Chile y el Postítulo en Fundamentación Filosófica en la Universidad de los Andes. Profesor de las cátedras de “Antropología Filosófica” y “Ser Universitario” de la Universidad Finis Terrae y Profesor de Filosofía, Historia de la Cultura y de los electivos de Antropología y Filosofía de la Historia en el Colegio San Francisco de Asís


[1] Haeffner, Gerd, Antropología Filosófica, ed. Herder 1986, pp. 95 y ss.

[2] Kahler, Erich, ¿Qué es la Historia?, Fondo de Cultura Económica, 1985, Cap. 1.

[3] La temática de la estructura narrativa de la vida humana y de la necesidad del fin para una comprensión adecuada de la misma, está ampliamente tratado en Peña Vial, Jorge, La poética del tiempo. Ética y estética de la narración, Ed. Universitaria, 2002, en particular en el cap. 7, pp. 72 y ss.

[4] Para que ésta sea posible es necesario que el historiador realice una elección, la de los márgenes que constituyan un periodo, que será aquella que, según su juicio y en consideración de los datos de que dispone, parezca la más plausible, la más razonable. Será por tanto, arbitraria, no queriendo decir con esto nada negativo: supone nada más que existe de hecho una elección que no por ser tal (un acto que finalmente pertenece a la voluntad, que responde a un “querer”) deja por ello de ser imprescindible ni queda descalificada de antemano. Es sin más, necesaria aunque pudiera perfectamente ocuparse provisionalmente. Sin estos márgenes mentales, decimos, es imposible realizar ningún tipo de síntesis.

[5] Así, Hegel, con su pretensión de haber descubierto la racionalidad última de la Historia anunciando en un determinado momento, en 1806, el “fin” de la misma; Marx, quien figuró como un profeta incluso en vida; Spengler, quien no se demora ni una línea en expresarlo en la introducción a La decadencia de Occidente (“En este libro se acomete por vez primera el intento de predecir la Historia”); los ilustrados, con todas las diferencias y matices entre ellos que se puedan aducir, tuvieron como dogma la “fe en el progreso del hombre”, anunciando luego de un estudio “científico” de la Historia, la necesidad del progreso del género humano, adelantando cómo sería el futuro una vez perfeccionado el conocimiento de la ciencia; en Comte tenemos una “sociología” de la Historia, una “física social” que pretende mostrar de modo necesario los “estadios” por donde ha pasado la humanidad, en cuál se encuentra la época en la que vive y hacia dónde camina. En fin, todos estos teóricos de la Historia, a cuyas escuelas se integraron una gran cantidad de connotados historiadores, veían como algo natural la preocupación por el futuro.

[6] De hecho, toda noción de la Historia como tendiendo hacia un fin último o “eschatón” tiene su evidente raíz en la tradición judeo-cristiana.

[7] Tomamos el vocablo religioso en un sentido amplio, más bien referido a aquella dimensión humana por la que le es natural al hombre relacionarse con el misterio de la existencia, con la divinidad y con su origen y destino, que a aquel concepto más bien de tipo sociológico relativo al conjunto de símbolos y ritos con los que cada cultura pretende relacionarse con la divinidad.

[8] Es muy distinto asumir que en el hombre existe el Pecado Original que no hacerlo. Una serie de consecuencias se seguirá de si se asume este dogma cristiano o si se asume una posición racionalista y liberal al estilo de Locke, Spinoza o Hobbes, según la cual el hombre es un ser que persigue ante todo su propio bienestar y que por eso “entra” en sociedad. De la visión de Marx saldrá otra mirada, otra de los existencialistas, etc. También la visión que podemos llamar positivista y cuyo método historiográfico pretende ser una “física social”, en el sentido de una ciencia que tiene el ideal de realizarse con total abstracción de la persona del investigador y de sus creencias, supone una mirada específica acerca de la libertad humana y del curso de la Historia: la pretendida objetividad científica es también una toma de posición y supone también una concreta cosmovisión.

[9] La noción aristotélica de cambio ayuda a captar la distinción. Según el estagirita, para que haya cualquier cambio o movimiento es necesario un sustrato en el cual dicho cambio se realice, sea ya un cambio sustancial o accidental. A la pregunta “qué es lo que cambia” pongamos por caso, en una piedra que se enfría (cambio accidental), se puede contestar que es la temperatura, aquello que va dejando de ser de un modo para pasar a ser de otro; pero es más propio contestar que lo que cambia es precisamente la piedra, por ser ella el sujeto del cambio, aquello en lo que la temperatura varía. Siempre que haya cualquier tipo de movimiento o cambio se requiere de algo que esté al comienzo y al final del mismo. Del mismo modo con la historia: los cambios o sucesos que estudia suponen necesariamente un sustrato en el cual ellos ocurren y que será lo que permita que dicha sucesión sea inteligible. 

[10] Proemio del Comentario a la Metafísica de Aristóteles.

 .

Fuente de imagen: Paul de Rapin, Writing History with Father Time at her feet.