La re-significación del honor durante la primera mitad el siglo XIX en Latinoamérica

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Por Valentina Bravo Olmedo*

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Honor se puede definir en dos conceptos duales: el primero como honor=precedencia (Estatus, rango, alta cuna) y el segundo, como honor=virtud (vista ésta última como integridad moral) [1]. A partir de éste último la historiadora Consuelo Figueroa ahonda y lo define como “un anhelo personal a cumplir, en consonancia con los valores y conductas impuestas por la sociedad al individuo para validar su aceptación.”[2] Debido a esto, el concepto de honor se relacionó con una opinión ligada a la sociedad, la cual validó su significación, en donde la mantención de éste, implicó el resguardo de las apariencias.

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De esto se puede afirmar que “dentro de la sociedad existen así diversas jerarquías, cada una con su propio ideario honorífico según el grupo al cual se pertenezca”[3]. Es así como “las clases más bajas, podrían sentirse dignos de honor, solo eran los de las elites quienes lo defendían en términos exclusivos. Para ellos, el honor fue el carácter distintivo que racionalizó la existencia de la jerarquía colonial”[4].

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Durante el siglo XVIII hubo una homogenización social en  Latinoamérica.  En este lugar, los mestizos crecieron en dimensiones aritméticas y comenzaron a adquirir poder económico,  provocando una “traslación valórica desde principios como la estimación, la hidalguía y el honor hacia fines como la riqueza y posesiones económicas”[5], permitiendo que valores como el honor relacionado con limpieza de sangre, se fueran degradando, aun cuando las  autoridades españolas constituyeron barreras para frenar su ascenso[6].

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Asimismo, en la primera mitad del siglo XIX, es visible una continuación de los valores, costumbres e ideales de la época colonial donde hombres y mujeres se sintieron sujetos pertenecientes de honor.  A pesar de esto, Verónica Undurraga sostiene que “el honor no era ya atributo de nobles o hidalgos, sino que también era vivido por individuos de los grupos medios y populares de la sociedad”[7], por lo que éste fue re-significado, abordándolo desde perspectivas de tipo familiar, de comunidad y social basándose, principalmente, en una buena reputación y fama pública.

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A partir del último punto se puede afirmar que hombres y mujeres de la primera mitad del siglo XIX se sentían pertenecientes de honor desde su cotidianidad pues es desde ahí que intentaron respetar los ideales, normas sociales, culturales y católicas, aún cuando su contexto vivencial muchas veces no se lo permitía[8]. Esto explica la dificultad para respetar ideales, por lo que se escondían en ellos, “representando” en el imaginario de la comunidad una buena fama pública.

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La reputación y la fama pública, como entorno social de la comunidad, establecieron códigos de honorabilidad como normas. Y, en base a esto, se vigiló, juzgó y trasmitió oralmente las opiniones sobre las personas. De tal modo que se obedecieran los parámetros morales. De esta manera, hombres y mujeres se escondieron bajo códigos ideales que implantó la sociedad y que ellos mismos defendían a través del chismorreo[9]. A pesar de esto, los ideales defendidos fueron altamente transgredidos según historiadores estudiosos del Chile Tradicional[10].

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El honor comenzó a ser visto, más bien, como el aparentar una reputación dentro de los parámetros ideales de la cultura de la comunidad, es decir, como una “fama pública”, ya que “la representación de honor vinculada al linaje y limpieza de sangre, siempre debió ser acreditada en una “reputación y fama” que fuesen “notorias” y, por tanto, válidas socialmente.”[11]  Así lo confirmó Juana Barreta, de la localidad de Rancagua en 1834: “el honor no es sino la opinión de los que nos conocen”[12]. De esta forma, el honor se relacionó con el comportamiento de una persona en medio de una  comunidad, en la cual su sujeción a conductas y acciones exigidas, le hacían ocupar un puesto dentro del imaginario social. Así, la opinión ajena se volvió importante y el honor comenzó a traducirse en respeto público.

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Esta fama pública, o sea el honor de una persona, era vigilada y juzgada por parte de la comunidad, donde era trasmitida a través del rumor a toda la vecindad. Como lo manifestó Manuel Manchado: “Yo creo que la buena o mala reputación de Doña Micaela no consiste en mis palabras si no en su buena vida y costumbres…”[13].  El miedo a tener una mala fama pública, obligó a las personas a comportarse  y a seguir las líneas ideales de comportamiento, así un hombre no podía andar borracho o dejar a la deriva a su familia, ya que eso afectaba su honor masculino y viril.

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Por otro lado, las mujeres no podían andar solas en las calles, ya que eso traslucía ser activa sexualmente; también era deshonroso para una mujer tener hijos como madre soltera; andar borracha, de fiesta, etc. A pesar de estos ideales, había muchos hombres y mujeres que transgredían estas normas sociales.

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Un ejemplo de la re-significación del honor es visible en la apropiación del apelativo “don” y “doña” como mecanismo de prestigio social pues éste fue un calificativo aplicado a los primeros hombres que llegaron a la Américacolonial, y que durante el siglo XVIII emergió como una denominación entre los magistrados, juristas, autoridades, entre otros[14]. Así lo establece Rodríguez, mencionando que “Entre los peninsulares y los criollos el título de “don” o “doña” fue el distintivo que los separó de los mestizos y de las castas. Don y doña distinguían a las personas que podían demostrar su condición de blancos y su origen legítimo.”[15] Por ende, sólo personas prestigiosas en su nobleza, linaje y limpieza de sangre, podían ser dignas de merecer ese trato honorable.

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Sin embargo, según los códigos tradicionales, una persona sin nobleza ni status social – racial no fue digna de este apelativo. Entonces, el auto designarse los apelativos “don” y “doña” fue un intento de movilidad social, ya que las personas que se sintieron dueñas de ese tratamiento honorable, creían que lo merecían por su buen comportamiento dentro de la comunidad.

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De lo anterior se concluye que este apelativo honorable, heredado del siglo XVIII, fue re-significado en el siglo XIX, connotándose como buena reputación social. De esta forma, se puede hablar de una democratización del apelativo, ya que la palabra no perdió su valor, sino que comenzó a adquirir un significado diferente, relacionado con el reconocimiento social hacia los méritos sociales.  

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En resumen, el honor fue transversal en la sociedad de la primera mitad del siglo XIX, re-significándose según su estrato social, reputación, fama pública, etc., que tuviese esa persona en la comunidad. Es así que la condición racial, económica, social y sexual no marginó de poseer honor, debido a que su significado se adaptó según la fama pública que tuviese esa personal en el imaginario social.  De esta forma se aparentó una reputación determinada dentro de los parámetros ideales de la cultura del honor de una comunidad o vecindario, dando una posición y una imagen dentro de ella, una “fama pública”. Es por esto que el honor, como virtud, fue el que priorizó en la primera mitad del siglo XIX. Incluso, el honor vinculado con el linaje debió ser acreditado con una buena fama pública. Así surgió un sistema donde los ideales fueron altamente respetados, al menos en las apariencias, pero profundamente transgredido en la realidad.

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* Valentina Bravo Olmedo es Licenciada en Historia y Bachiller en Humanidades de la Universidad Andrés Bello. Realizó el Programa de Pedagogía para Licenciados en la misma casa de estudios.


[1] Patricia Seed, Amar, honrar y obedecer en el México colonial. Conflictos en torno a la elección matrimonial, 1574-1821, Alianza, México, 1991, p.88.

[2] Consuelo Figueroa, “El Honor femenino” en Diana Veneros Ruiz-Tagle (ed.), Perfiles Revelados: Historias de mujeres en Chile Siglo XVIII-XX, Universidad de Santiago, Santiago, 1997, p.66.

[3] Consuelo Figueroa, “El honor femenino: ideario colectivo y prácticas cotidianas”, en Diana Veneros (ed.) en Perfiles Revelados. Historias de mujeres en Chile, siglos XVIII-XX, Editorial Universidad de Santiago de Chile, Santiago, 1997, pp. 63-89.

[4] Ann Twinam, “Honor, sexualidad e ilegitimidad en la Hispanoamérica colonial”, en Sexualidad y matrimonio en la América Hispánica: Siglos XVI, XVIII, Asunción Lavrin (comp.), Grijalbo, México, D.F., 1991, p.131.

[5] Arturo Grubessich, Rasgos de la trasformación social chilena en el siglo XVIII, en Cuadernos de Historia 15, Departamento de Ciencias Históricas Universidad de Chile, Santiago, 1995, pp.183-198.

[6] La Corona a través de las Reformas Borbónicas trató de impedir la traslación del honor del linaje hacia la reputación, comoLa Real Pragmática sobre matrimonios, remitida en 1778 en América, que apuntó a mantener la igualdad social y racial.

[7] Verónica Undurraga, “Los rostros del honor. Identidades, representaciones y prácticas culturales de los grupos medios y populares en el Santiago del siglo XVIII”, Tesis para optar al grado de doctor en historia, Universidad Católica de Chile, Santiago, 2008, p.18.

[8] Entiendo por contexto vivencial relaciones clandestinas, hijos ilegítimos, relaciones extra matrimoniales, violencia intra-familiar, alcoholismo, aprovechamientos y/o engaños económicos, robos, etc.

[9] Entiéndase chismorreo como una cadena de información, en la cual se trasmitieron “noticias” de la comunidad. Es a través de éste que se controlaba el honor de las personas. Véase Salinas René, “Fama pública, rumor y sociabilidad.” En Lo público y lo privado en la historia americana, ed. Fundación Mario Góngora, Santiago, 2000, pp.133-154.

[10] Como René Salinas, Igor Goicovic, Verónica Undurraga, Alejandra Araya, entre otros.

[11] Undurraga, Op.cit., p.116.

[12] Archivo Histórico Nacional, Fondo Judicial de Rancagua, Juana Barreta, 26.

[13] Archivo Histórico Nacional. Fondo Judicial de Santiago, Manchado, 8.

[14] Fréderique Langue., Aristócratas, honor, y subversión en la Venezuela del siglo XVIII, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, 2000, p.297.

[15] Pablo Rodríguez, Seducción, amancebamiento y abandono en la Colonia, Fundación Simón y Lola Guberek, Bogotá, 1991, p.59. 

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Fuente de imagen: Mujer lectora del siglo XIX