Colores y matices de la historia. El estudio del pasado y sus formas de aproximación al conocimiento histórico

 

Por Pablo Castro Hernández*

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Adentrar en el estudio histórico, conlleva una serie de problemáticas, las cuales se plantean en relación al modo de conocer la verdad. De hecho, uno de los mayores conflictos al cual se ve involucrado el historiador es definir, o más bien, precisar –de manera objetiva y neutral- lo que se entiende por verdad en un determinado contexto histórico. El estudio del pasado se torna complejo, puesto que en primer lugar, existe cierta distancia –de corta o larga duración- con el fenómeno o suceso que se revisa, asimismo, puede darse que el investigador haya estado o no presente en el suceso que se estudia, e incluso, pueden existir diversas interpretaciones sobre los fenómenos del pasado. Todo esto nos habla de una infinidad de posibilidades, las cuales dentro del estudio histórico, condicionan miradas y establecen formas de comprensión de la realidad pasada.

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Considerando estos aspectos, el objetivo del presente análisis, es efectuar una mirada al estudio histórico y la comprensión de la verdad en la historia. Sobre esto, resulta interesante cuestionar, ¿de qué modo el historiador se puede aproximar al pasado? ¿La Historia debe ser concebida como una ciencia o como un arte en el plano del conocimiento? ¿Cuál es la importancia de la Historia –y su(s) verdad(es)- en la comprensión del mundo del pasado? La historia y sus formas de aproximación al conocimiento plantean ciertos problemas, en la medida que, se torna complejo determinar una verdad absoluta. Ahora bien, según las interrogantes planteadas, cabe señalar que el historiador construye su historia como parte de un arte dentro del conocimiento. No se puede concebir la historia como ciencia, puesto que la historia no es un procedimiento de estudio mecánico –el método varía según la fuente del estudio- ni menos una rama del conocimiento basada en leyes –no hay determinismo o condiciones fijas en los sucesos históricos-. La historia es parte de un entramado de fenómenos únicos e irrepetibles, los cuales fluyen en el espacio y el tiempo, conformando parte de una totalidad dentro de la realidad histórica. La verdad en la historia es el reflejo de la construcción de un relato, visión e interpretación que tiende hacia una objetividad, pero que, finalmente, por las condiciones en las cuales el historiador lleva a cabo su investigación, se torna una historia ‘matizada’, o si deseamos precisarlo más, una aproximación histórica al mundo del pasado.

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Ahora bien, uno de los grandes problemas de la historia, es definir la forma y método de trabajo que permita al historiador acceder –o más bien, aproximarse- a una verdad más pura de los sucesos o fenómenos del pasado. El problema de una historia como ciencia o una historia como arte, nos da cuenta de las diversas vías y modos, por los cuales el historiador puede canalizar sus perspectivas de comprensión y análisis en busca de una verdad. Si consideramos la visión estructuralista, notaremos que el empleo de teorías, hipótesis y mediciones en la historiografía, acercan a la historia más al status de ciencia que al de disciplina.[1] Claramente, el efectuar modelos, o bien, estructuras que permitan establecer ciertas teorías de carácter más ‘medible’ y ‘cuantificable’, presentan una historia que va a tender hacia una mayor ‘exactitud’.

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Para el historiador Julio Aróstegui, la característica más decisiva y diferenciadora del conocimiento científico -con respecto a las otras formas de saber- es la de su proceder sistemático y su sujeción a las reglas de comprobación de todo lo que se afirma como pretendida verdad científica.[2] En este sentido, la ciencia se define como una forma de conocimiento sistemático-explicativo, no contradictorio, sino fáctico y testificable.[3] Pero, de esta situación, cabe cuestionarse, ¿puede la ciencia acceder de un modo más certero a la verdad histórica? ¿O las explicaciones del saber científico se pierden en una vana ilusión de una historia objetiva? La ciencia, caracterizada por su rigurosidad, sistematicidad y organización en la reconstrucción de datos, otorga respuestas y explicaciones de los fenómenos que se estudien.

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Para el historiador chileno Claudio Rolle:

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La arremetida de las disciplinas que se denominan “ciencias sociales” arrastraron a la historia consigo estableciéndose una fuerte tendencia a una aproximación analítica y abstracta de las vidas de los hombres y mujeres del pasado, contribuyendo así a la ilusoria idea de una historia objetiva y científica. Se fueron perdiendo reglas y secretos del oficio que en importante medida estaban radicadas en el arte del relato y se impusieron las leyes de la lógica de las ciencias con su veneración por un preciso tipo de documentación y métodos que privilegian lo que en jerga se suele llamar “dato duro”.[4]

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Claramente notamos una crítica al conocimiento y método científico, puesto que la ciencia, en su afán de explicar certeramente los fenómenos históricos, descuida el arte del relato, un elemento fundamental a la hora de reconstruir la historia o las historias del mundo pasado.[5] Por otro lado, el gran problema que surge a partir de la historia como ciencia, es su carácter explicativo, que debe ser coherente en todas sus partes y no contradictorio. Por ende, se genera cierto categorismo en el escenario histórico, los hechos no pueden ser y no ser una cosa al mismo tiempo. Respecto a este punto, que he optado por destacar, resulta difícil pensar en una historia categórica, ya que la historia –desde su partícula más ínfima- se compone de matices, lo cual va a tender a generar mayores interpretaciones que explicaciones de los fenómenos históricos. Esto es importante, puesto que la historia, más allá de explicar, medir o cuantificar datos, tiene como finalidad, buscar una mayor objetividad a partir de las interpretaciones –las cuales con sus diversos matices- entregarán un abanico más abierto en las posibilidades de comprensión de la realidad histórica.

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Ahora bien, ¿en qué medida la historia como arte nos permite aproximarnos a la verdad y objetividad del conocimiento histórico? La historia como un arte, contrapunto de la ciencia, nos da cuenta de una historia basada en la narración, que en muchos casos, tiende hacia una mayor ambigüedad y multiplicidad de perspectivas, lo cual, sin duda, permite una mayor interdisciplinariedad en el uso de fuentes y no limita sus resultados a verdades absolutas o explicaciones irrefutables. El arte se va renovando. La historia es un arte que se escribe una y otra vez, en uno y varios contextos. Para Golo Mann, la historia es un arte que reposa sobre conocimientos.[6] A diferencia de la ciencia, que estructura todo y se enfoca en su rigorismo analítico, el arte permite una nueva posibilidad de conocimiento, aproximándose a diversas expresiones del saber histórico, rompiendo con las leyes que determinan los fenómenos y dando paso a las interpretaciones de cada proceso en la historia. Asimismo, hay que tener en cuenta que cada historia es subjetiva –en la idea de la historia como arte-, por lo cual, el historiador sólo puede trabajar fragmentos de la historia, retazos que establece en su lienzo narrativo, con un pincel que es su propio contexto, formación y pensamiento.[7]

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De este modo, la historia se torna un arte subjetivo, donde cada historiador construye –o más bien, pretende obtener- a partir de los documentos ciertas verdades objetivas o interpretaciones que buscan, de uno u otro modo, comprender los fenómenos del pasado.[8]

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Por otro lado, el historiador Johan Huizinga, señala que:

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Gracias a la nueva teoría del conocimiento, la Historia tiene hoy más conciencia que nunca de la plenitud de su valor y de su intangibilidad. En su carácter inexacto, en el hecho de que no puede ser jamás ni necesite ser una ciencia normativa, es precisamente donde reside su propia seguridad.[9]

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La historia, intangible e inexacta, no puede ser concebida como ciencia. Cada historia que se relata posee matices, perspectivas o ambigüedades en sus conceptos. Los elementos que conforman los procesos y fenómenos no pueden ser vistos de manera tajante y categórica. Si analizamos el caso de las mentalidades o el estudio de las culturas, notaremos como los conceptos que se trabajan no se pueden reducir a categorías dicotómicas, ya que entre cada polo del concepto existe una gama de posibilidades que le otorga ciertos matices a su significado.[10]

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Por último, si efectuamos un balance final, notaremos que la verdad en la historia –haciendo un ejercicio ‘escéptico’ y ‘relativista’- no puede ser considerada como algo ‘categórico’ y ‘absoluto’. La verdad es una y múltiple y, ésta misma dependerá, del estudio analítico y documental que se lleve a cabo en torno a las fuentes. Por otro lado, toda verdad –que refleja un estado de objetividad última- es, finalmente, una verdad fragmentada, propia de cada historiador y su relato histórico. Ahora bien, esto no quiere decir que la historia no exista y, por ende, no existan verdades en la misma, sino más bien que la historia en sí, en sus conceptos, desarrollos, procesos y fenómenos, se halla repleta de múltiples posibilidades y, junto con ello, de matices que otorgan disímiles imprecisiones o inexactitudes que el estudio científico no podría concebir en su trabajo de laboratorio.

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Finalmente, hay que comprender que la historia como arte, resulta un medio fundamental para acceder y entender de manera más íntegra las diversas estructuras que conforman la realidad histórica. La idea de un arte subjetivo, con variadas interpretaciones, las cuales permiten generar debates y discusiones en el ámbito de las ideas, sin duda que se vinculan mucho más al concepto historiográfico que una historia marcada por su rigorismo científico y estructural que coarta todo conocimiento del mundo histórico. Para Claudio Rolle, la historia no escapa de lo subjetivo, es un saber fragmentario, conjetural y propositivo, fuertemente limitado en sus medios de alcanzar certidumbres, pero que mediante el uso de otras formas y expresiones, puede establecer nuevos retazos en la construcción histórica.[11] Dicho de otro modo, la verdad y objetividad en la historia sólo se pueden alcanzar –o más concretamente, establecer una aproximación– a través de la comprensión de los diversos fragmentos que se construyan en torno a los procesos históricos y culturales. La verdad histórica mediante el arte nos aproxima al mundo del pasado, pero, más allá de eso, otorga nuevos colores y matices a las dimensiones de la historia, renovando su concepto y la comprensión de la realidad.

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* Pablo Castro Hernández es Licenciado en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Estudiante de Magíster en Historia con mención en Arte y Cultura de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

 


[1] Fermandois, Joaquín, Narración y teoría: una anotación sobre la facultad interpretativa del lenguaje de la Historia, Revista Universitaria, núm. 16, Santiago, 1985, p.59

[2] Aróstegui, Julio, La investigación histórica: teoría y método, editorial Crítica, Barcelona, 2001, p.42

[3] Ibíd.

[4] Rolle, Claudio, La Ficción, la Conjetura y los Andamiajes de la Historia, Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 2001, pp.1-2. En http://www.hist.puc.cl

[5] Del mismo modo, en esta misma línea crítica, el historiador Joaquín Fermandois señala que el uso estricto de modelos priva al historiador de aproximarse a la multiplicidad y elementos de disciplinas auxiliares, donde se encuentra el pluralismo intelectual como método. [Fermandois, Joaquín, Op.cit., p.62]

[6] Fermandois, Joaquín, Op.cit., p.63

[7] Cabe destacar que Joyce Appleby menciona que no se puede ignorar la subjetividad del autor y, por lo mismo, hay que reconocer desde el inicio que todo relato es fruto de la curiosidad de un individuo particular y cobra forma bajo el influjo de sus atributos personales y culturales. [Appleby, Joyce, et. al., La verdad sobre la historia, editorial Andrés Bello, Santiago, 1998, p.237]

[8] Según el historiador chileno Héctor Herrera Cajas, a cada historiador le corresponde una responsabilidad personal de dar respuestas a los problemas que trate. Asimismo, cabe destacar que será la respuesta comprometida –como actitud histórica- la que permitirá que pueda resolver y comprender las estructuras de la realidad histórica. [Cfr. Herrera Cajas, Héctor, El presente, tiempo de la acción, Mapocho, I, 1963, p.4]

[9] Huizinga, Johan, El concepto de la Historia y otros ensayos, Fondo de Cultura Económica, México, 1946, p.71

[10] Esto podemos vislumbrarlo, por ejemplo, con el estudio de los viajeros medievales a oriente, quienes construyen imágenes de las criaturas que ven o escuchan, formando representaciones ambiguas de las mismas. Esto es importante destacar, ya que no son imágenes dicotómicas, entiéndase, ‘positivas’ o ‘negativas’, en un carácter moral, sino que más bien reflejan esta ambigüedad que permite que la criatura sea ‘buena’ y ‘mala’ al mismo tiempo.

[11]Cfr. Rolle, Claudio, Op.cit., p.8