Cultura y mentalidad: reflexiones sobre los matices de la vida cultural. Una aproximación a las representaciones, imágenes y fronteras de la historia

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Por Pablo Castro Hernández*

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La historia cultural se nos presenta ante diversas formas, objetos y métodos de estudio. La cultura de por sí es vasta, lo cual nos plantea una serie de problemáticas en torno a su concepto. Representaciones, imágenes y fronteras de la cultura, son diversos modos de acercarse a un tipo de historia que atañe a estructuras mucho más profundas que la misma sociedad y su vida económica; la historia cultural traspasa la frontera de lo material, supera lo cuantitativo a nivel económico y demográfico, y se inserta en un plano social, cultural y mental de los grupos humanos.

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Ahora bien, tal como plantea Peter Burke en su libro ¿Qué es la historia cultural?, el problema central es definir qué es la cultura. Un concepto que puede catalogarse como la vértebra fundamental de este campo historiográfico, pero que actualmente posee muchas aristas y enfoques que abren de forma ilimitada las nociones de esta área. Asimismo, junto con el problema conceptual que surge a partir de la cultura, se plantean otros escollos a nivel metodológico, en cuanto existen diversos instrumentos y vías de análisis que cruzan por la misma ambigüedad conceptual que su vértebra principal, es decir, de la vida cultural. El problema de estos instrumentos –o formas de aproximación al conocimiento-, tales como las representaciones, imágenes, fronteras culturales, imaginarios, prácticas, entre otras, si bien dan cuenta de las diversas herramientas que existen para analizar la cultura a nivel material e inmaterial, también señalan una dificultad al no establecer de forma clara los límites que existen entre los mismos, permeándose muchas veces esos conceptos en usos que puedan homogeneizar y reducir estas categorías metodológicas, sin diferenciar sus estructuras básicas de composición.

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En relación a esto, el presente análisis examina el problema conceptual en torno a la historia de la cultura y sus formas de aproximación al conocimiento histórico. De este modo, se estudia la relación cultura-mentalidad-sociedad, y cómo a partir de este engranaje se forja una nueva dinámica que permite comprender no sólo las estructuras de la cultura y sociedad a nivel material o productivo, sino que también permite adentrarse en un plano más intangible, mental y sensorial, que da cuenta de otras esferas de lo humano. La cultura representa una totalidad, pero asimismo se define como lo particular –tal como podríamos indicar acuñando la expresión de Aby Warburg- donde ‘Dios’ está en los detalles,[1] o si queremos plantearlo en relación a nuestro estudio, donde la historia se halla en estos aspectos particulares –fórmulas culturales o perceptivas- que entregan una noción más completa de la vida histórica. La cultura es la representación de la sociedad, su mentalidad y vida cotidiana, es lo que realiza consciente e inconscientemente, de manera individual o colectiva, es un todo, una forma, un comienzo en cuanto se reformula constantemente como algo ilimitado; es la imprecisión, ese detalle y noción de algo que no tiene porque tener una forma completa. En otras palabras, la cultura no es tan sólo cultura, sino que son sus matices –esos bordes o fronteras- los que permiten construir su concepto. La vida cultural se nutre de esa ambigüedad, que es núcleo, de la construcción de esta historia simbólica, cotidiana y humana, que aproxima parámetros materiales e intangibles de la sociedad y sus dinámicas en el espacio y el tiempo.

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Pero bien, centrándonos en la primera problemática del análisis, notaremos la complejidad que existe para definir los límites de una historia cultural. Claramente, tal como ya hemos esbozado, el estudio de la cultura puede ser abordado de diversas aristas. Michel de Certeau señala el caso de la articulación naturaleza-cultura, donde se puede transformar en cultura los elementos que se extraen de campos naturales, ya sea como guijarros, sonidos, plantas y glaciares que adquieren un estatuto de objetos simbólicos.[2] El historiador modifica el espacio, metamorfosea el entorno con una serie de transformaciones que desplazan las fronteras y la topografía interna de la cultura.[3] Ante esta situación, podemos notar como la cultura no se queda estática, sino que por el contrario, se reinventa en base a sus múltiples posibilidades. Tal como realiza Alain Corbin en sus estudios sobre el olor y el sonido, lo cual el autor denomina la «imaginación social», donde destaca los modos de percepción, las sensibilidades, el simbolismo de los olores y las prácticas higiénicas.[4] En estos dos casos y otros, si quisiéramos añadir, podremos vislumbrar como se amplían las fronteras de lo historiable. La cultura permite abrir el campo de estudio a nuevas vías de comprensión del conocimiento histórico. Y sin duda que esta cultura –como ya ha señalado Fernand Braudel- es base de una civilización material, donde se traspasan las barreras de la historia económica convencional para dar pie a la vida cotidiana, las personas y las cosas.[5] Ahora bien, el problema que surge acerca de la definición de cultura es otro, no tanto lo que es, por decirlo de alguna manera, sino lo que no es a un nivel conceptual y metodológico. En otras palabras, la cultura –con su base material, económica y social- se ha abierto a un plano donde lo imaginario, inmaterial, cotidiano y popular, también nos permiten explicar fenómenos y problemáticas sobre la vida cultural. Si lo vemos de esta manera, el estudio de la cultura empieza a comprender una totalidad de aspectos, donde todo lo que abarca puede ser considerado en este ámbito, tornándose difícil precisar lo que conforma o no parte de esta esfera cultural.[6]

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Pero antes de entrar en este aspecto, vayamos precisando los bordes y matices que conforman esta vida cultural. Las mentalidades conforman parte de la cultura. No hay que entender esto sólo como pensamientos o ideas de parte de una sociedad, sino que con las mentalidades, tal como señala Eduardo Cavieres, se aproxima a una forma ambigua de la historia. Esta historia la construye todo individuo a partir de las interrelaciones existentes entre su mundo interior y su mundo cultural.[7] Por otro lado, Jacques Le Goff manifiesta que las mentalidades se alimentan de lo imaginario, generando aproximaciones a conceptos identitarios, donde se representan ideas, símbolos e imágenes que tienden a reconstruir realidades sociales, estableciendo más bien una aproximación al mundo de las ideas y lo invisible.[8] Por otra parte, Roger Chartier señala que este tipo de representaciones definen la cultura y mentalidad, en cuanto son imágenes materiales o simbólicas que construyen por cada grupo o medio un ser-percibido constitutivo de su identidad.[9] Finalmente, según declara Michel Vovelle como historiador de las mentalidades, este campo no es más que la expresión más aguda de la historia social, su resultado final: nivel en que las pertenencias se inscriben en actitudes y representaciones colectivas.[10]

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En relación a esto, podemos dar cuenta de las diversas miradas que se conciben en torno al problema de la mentalidad y la cultura en las sociedades. A través de este campo es posible aproximar nociones de las estructuras mentales y psicológicas de determinados grupos, y asimismo, comprender las relaciones existentes con imágenes materiales e intangibles que cultivan una mentalidad colectiva, lo cual resulta esencial para la construcción identitaria de las culturas o para definir las actitudes y dinámicas de relación entre los grupos sociales. Pero de esta situación, es preciso cuestionarse, ¿qué rol juega la mentalidad en la construcción cultural? Claramente, tal como hemos visto, la cultura se manifiesta en diversas aristas y fronteras que empiezan a tener límites un poco difusos. Junto a las mentalidades, por esencia una historia ambigua, estas fronteras de relaciones culturales se vuelven más imprecisas, ya que existen más matices que complementan los factores de construcción histórica, es decir, los elementos que permiten comprender los procesos o problemáticas de la historia. En otras palabras –y tal como señala Peter Burke- con la idea de representación se refleja y construye la realidad social.[11]

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Ahora bien, el problema de la cultura no deja de establecer nuevas derivaciones, o mejor dicho, ramificaciones, que complejizan aún más su concepto. Existe una frontera que paulatinamente se torna difusa. Si bien podemos tener imágenes y representaciones de determinados elementos materiales o inmateriales, éstos nos permiten acercarnos en la comprensión de una estructura cultural, y de paso conocer formas sociales o modos de vida cotidiana. La cultura empieza a englobar una serie de elementos y problemáticas que advierten un giro en su definición. Pero en relación a las representaciones, que van muy de la mano a la construcción mental y cultural de una sociedad, podemos notar cómo se vuelve algo complejo de precisar. Según Roger Chartier, las representaciones colectivas, sean de carácter material, cuando sustituyen lo ausente por algo concreto y al menos parecido; o sea en la representación simbólica, como en la representación de algo moral mediante las imágenes o las propiedades de las cosas naturales, llevan a la situación de una relación descifrable entre el signo visible y el referente significado, lo que no significa que se lo descifre tal como se debería.[12] En otras palabras, existe una frontera ambigua a la hora de descifrar el significado de lo que podemos concebir como real a través de una representación colectiva. Incluso, el factor subjetivo no se puede obviar en el desarrollo de las mentalidades, ni menos en la comprensión de la cultura, pues son otros códigos los que se estudian en este campo; códigos, símbolos y estructuras, que de uno u otro modo, intentan develar nociones de elementos materiales o intangibles que definen la realidad cultural, y que dan cuenta de un imaginario colectivo que construye imágenes y representaciones que aproximan ideas de algo que se puede concebir como real, pero que cruza por una frontera mucho más ambigua en la definición cultural.

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Por último, es necesario replantear el problema de la cultura como estudio historiográfico, en la medida de delimitar el marco, o bien sus líneas centrales para otorgar una historia no tan difusa. Si bien la ambigüedad dada en las fronteras de la historia cultural da pie para que la precisión no sea tan categórica, esto tampoco debe ser motivo para que todo aspecto cultural se conciba en términos ambiguos. En este sentido, resulta importante definir de forma más clara el concepto de cultura, para otorgarle una identidad más pura en su definición y comprensión del hombre y sus modos de vida. Claramente, esto va a estar en vínculo directo con las otras vías de aproximación del conocimiento histórico, como la cultura material, la vida económica y social, o la historia de las mentalidades, pero la idea de definir de forma más precisa la historia cultural, es establecer un concepto de cultura que no globalice todos los campos como una fuerza centrípeta –o que los atraiga hacia sí- sino que pueda fortalecer justamente los detalles y elementos particulares de la historia, otorgándole una visión más propia a su concepto. Una visión que se determina en base a su ambigüedad, pero que aún se encuentra en la búsqueda de sus fronteras que permitan aproximarse de forma más precisa a la vida material e inmaterial de las personas. Una historia que permita captar esos matices propios de la realidad cultural.

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* Pablo Castro Hernández es Licenciado en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Estudiante de Magíster en Historia mención Arte y Cultura de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.


[1] Burke, Peter, ¿Qué es la historia cultural?, Paidós, Barcelona, 2006, p.25

[2] De Certeau, Michel, “La operación histórica”. En Jacques Le Goff y Pierre Nora, Hacer la Historia, vol. 1, Laia, Barcelona, 1985, p.35

[3] Ibíd.

[4] Burke, Peter, Op.cit., p.137

[5] Burke, Peter, La revolución historiográfica francesa. La escuela de los Annales 1929-1984, Gedisa, Barcelona, 2006, p.51

[6] Como señala Peter Burke, estamos en la senda hacia la historia cultural de todo: los sueños, la comida, las emociones, el viaje, la memoria, los gestos, el humor, los exámenes, etc. [Burke, Peter, ¿Qué es la historia cultural?, Op.cit., pp.48-49]

[7] Cavieres, Eduardo, et. al., La historia en controversia. Reflexiones, análisis, problemas, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valparaíso, 2009, p.95

[8] Le Goff, Jacques, “Las mentalidades. Una historia ambigua”. En Jacques Le Goff y Pierre Nora, Hacer la Historia, vol. 3, Laia, Barcelona, 1985, pp.81-98

[9] Chartier, Roger, El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural, Gedisa, 2005, pp.57-58

[10] Vovelle, Michel, “La historia y la larga duración”, Clío, núm. 177, 2009, p.272

[11] Burke, Peter, ¿Qué es la historia cultural?, Op.cit., p.97

[12] Cavieres, Eduardo, et. al., Op.cit., p.98

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Fuente de imagen: Hans Burkmair, The Young White King Being Instructed in Black Magic.

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